El 23 de abril se celebra el Día Mundial del Libro. Pero en Grafomaniacos tenemos pasión por los libros, la literatura y la escritura. Así que para nosotros es el MES DEL LIBRO y no una celebración que se reduzca apenas a un día. De manera que el mes inicia, y con él una serie de reflexiones que esperemos que para todos sean pertinentes o dignas de mención.

En esta ocasión, tal y como debe de ser, traigo una reflexión muy personal, que espero usted me pueda seguir, para así poder dialogar. Nací en los ochenta, crecí y recibí mi formación en los noventa, en la primera década del presente siglo fui a la universidad, y luego, naturalmente, he continuado mi formación autodidacta por mi cuenta, según mi alcance y limitaciones. En ese recorrido ha sido: educación básica en centro escolar nacional, educación media en instituto nacional y formación universitaria en universidad nacional. todo eso en un país como El Salvador (con todo y los matices que usted quiera interpretar en el hecho mismo de la afirmación), con un sistema educativo que se actualizó hace apenas unos años, cuando mi formación personal ya estaba completada y ya formaba parte de la vida productiva.

Si usted es de los míos o se identifica con mi contexto, entonces recordará que no crecimos con ninguna tradición literaria concreta. Quizá la formación de algunos colegios sea tan sólida, que para cuando finalicen el bachillerato tengan una noción del canon literario europeo y mundial, o de la concepción de mundo que se ha ido formando y permeando la cultura a través de la literatura. Pero quienes estudiamos con el sistema nacional, apenas recibimos unos cuantos nombres y unas cuantas muestras. A su vez, cuando nos hablaban de las influencias de estos pocos nombres, cuyas pocas muestras literarias la mayor de las veces se repetían cada año (como Cuentos de Barro, Jícaras tristes, etc.), solían ser escritores latinoamericanos o españoles de principios del siglo XX, o a lo sumo, de mediados a finales del siglo XIX (como la Generación del 68 y 98 españolas).

Así que para nosotros, los muchachos de esa época, la tradición occidental se reducía a unos cuantos nombres, quienes a su vez tenían influencia inmediata de figuras relativamente recientes, o relativamente modernas, según el ojo que evalúe. Nuestra formación literaria no era más que un requisito o un programa por completar, sin el menor interés de que nuestra comprensión del mundo cambiara o mejorara, en tales o cuales aspectos humanísticos.

En el recorrido académico de quienes pertenecimos a esta generación previa a la Wikipedia o los miles de recursos en línea, lo más que escuchábamos del canon era Esopo, Homero, Sófocles, Cervantes, Dante Alighieri, Shakespeare, Maupassant (solo por Bola de Sebo), los hermanos Grimm, Edgar Allan Poe, Herman Melville, Jonathan Swift, Dickens, Dumas y quizá algunos otros de la tradición mundial que se me escapan. Y que conste que cuando digo que los escuchábamos, me refiero a que nos hablaban de ellos, nos mencionaban un poco de sus vidas y sus obras, pero JAMÁS los leímos, o solo nos compartían fragmentos o resúmenes escolares. Y me atrevería a decir que muchos de los maestros que tuve no tenían el menor interés en ampliar sus lecturas sobre estos mismos autores, y ya no digamos con otros de escritores de gran valía o relevancia.

Como mi mente fue siempre bastante infantil, en lo personal todos me parecían seres lejanos, sujetos que quizá habían vivido hace miles de años, cuando todas sus historias quizás fueron reales o que personajes de leyendas todavía vivían entre nosotros y no se habían ocultado del mundo.

Es por eso que (siguiendo con mi caso personal) cuando supe de la existencia de Borges, Vallejo o García Márquez, un nuevo mundo se abrió para mí. Luego quería saber quiénes influenciaron a estos. Pero los nombres y las muestras aumentaban, y luego uno se da cuenta que demasiado tarde se ha metido en esto, y que no alcanzará ni el tiempo ni la vida para leer absolutamente lo básico, pero que no por ello hay que frustrase, sino buscar qué es eso que nos impacta, o qué es eso que podría llenarnos.

Me imagino que ese sentimiento de llegar tarde es puro esnobismo, o síntomas de un incipiente ego desmedido, pero lo cierto es que uno piensa: “¿Por qué no me hablaron de este autor cuando tenía tal edad? Si lo hubieran hecho, a lo mejor me hubiera interesado más por la lectura…”, y cosas por el estilo. Es más: me ha ocurrido que recomiendo algún libro, la persona lo lee y luego se pregunta sobre por qué jamás le hablaron de ese autor tan impresionante. Me ha pasado con amigos que me dicen: “¡Jamás había escuchado de este escritor! ¿Dónde estuvo toda mi vida? Su poesía me ha marcado profundamente…”, y cosas así.

En Centroamérica hablar de lectura siempre pasa por los eternos esfuerzos incipientes, por críticas a los respectivos sistemas educativos, por la ausencia de historias de las literaturas, por la falta de interés en las otras miradas, de ese conjuntos de heterogeneidades que seguimos ignorando (y que no intentamos conocer), de las cuestiones sociales, políticas, culturales, identitarias, y en suma: el meollo de la asunto es que siempre hay otras emergencias y otros asuntos por cubrir.

Pero tenemos maestros que apenas leen 1 o 2 libros al año, que de seguro vivieron casos iguales o peores que el mío, y quizá se crearon el interés por la lectura y la enseñanza de la literatura, pero que no pudieron con la disciplina o el hábito de leer y comprar libros para la autoformación, o no saben por dónde empezar, o se conforman con lo que el programa educativo local ofrece, o esperan a que reformen las metodologías, o en fin, esto seguirá siempre igual, y lo que cada uno de nosotros podría hacer quedará siempre en lo que el resto ve y critica: todos son esfuerzos incipientes.

O podemos enseñar a nuestros hijos el hábito de la lectura, o podemos comenzar a reflexionar sobre por qué los libros no se venden en ninguno de nuestros países, o podemos realizar una catalalogación exhaustiva de nuestras publicaciones, con vistas a realizar una completa y absoluta revisión del canon, para lograr de alguna manera rescatar autores olvidados, o en todo caso reafirmar el canon literario consuetudinario.

Si el fenómeno nos sobrepasa, entonces antes de volverlo a dejar en el olvido, o sencillamente procrastinar, sería bueno crear una inmensa lista de tareas, para así por lo menos proponer algo, aunque nos toque paso a paso. ¿Qué opina?