Creo que estaba a punto de cumplir los 18 años la primera vez que leí el Quijote. Recuerdo que lo primero que me deslumbró fue el hecho de que fuera una obra tan maravillosa, y que por ende, por solo ese hecho de ser maravillosa, había sobrevivido cientos de años. Recuerdo que me puse a investigar la biografía del autor y lo único con lo que me encontré fue que había estado preso. No tenía ni computadora, ni acceso a internet, y mi única fuente en ese momento (antes de hacerme con alguna buena enciclopedia usada) era el libro de texto de primer año de bachillerato, el cual, de todos modos, tenía en fotocopia.

En aquel entonces ya escribía. Y debo matizar la palabra, porque a los 15 años de edad comencé a escribir líneas entrecortadas que yo llamaba poesía, a los 17 años comencé a intentar mis primeros cuentos y ya para los 18 años mantenía un diario donde me obligaba cada día a parir las palabras, porque sentía que solo expulsando las ideas podía lograr escribir mejor.

Así que ante la lectura del Quijote me hice un puñado de preguntas, pero no habían respuestas para mí. De todos modos, en aquel entonces mi concepción, mi conclusión, mi respuesta final ante tal maravilla, fue la siguiente: Si una obra literaria es buena, lo suficientemente buena… si es una obra maestra más allá de toda duda razonable… lo más seguro es que sobrevivirá al tiempo, lo más seguro es que podrá prevalecer y permanecer frente a los distintos contextos y acontecimientos humanos. Sin importar lo que ocurra y pase lo que pase.

Creía que me las sabía todas, pero tanto usted como yo sabemos que era un jovencito romántico, ¿no es verdad?

Me faltaba mucho —y me faltará toda la vida, claro está— por leer, vivir y conocer. Y naturalmente desconocía que el azar y el tiempo funcionan de formas distintas. Y desconocía en su totalidad los casos de escritores que eran realmente buenos (o que al menos cumplían con la noción de talento que tenemos en la actualidad), que jamás en vida conocieron la gloria, sino hasta que se los llevó la muerte… o al revés: escritores que en vida gozaron de gran popularidad y que después de 20 o 30 años de muertos el olvido se los llevó de manera implacable. Hay variantes de toda clase para añadirlas y discutir.

Y luego uno se entera de casos de escritores todavía más graves. Escritores que dejaron alguna obra, o que se sabe y se tiene noticia de que era una obra buena, y sencillamente se perdió. Sí, lo que se llama extraviarse, perderse así, nada más, porque la vida solo es mágica en nuestras cabezas, pero en la realidad podría quemarse mañana por algún accidente la Biblioteca del Congreso y perderse una buena parte del importante legado de la humanidad.

Casos de libros perdidos hay por montones, además de casos de la obra completa de un escritor (se me viene a la mente el caso de Demócrito, a quien se le atribuyen más de cien libros, pero que apenas le sobreviven unos cuantos fragmentos). Sin ir tan lejos, hasta de Shakespeare o Cervantes hay obra perdida, o podemos mencionar a Sylvia Plath, por si prefiere recordar un caso reciente.

Pero a pesar nuestro queremos seguir escribiendo. A pesar nuestro nos siguen agradando las historias de los escritores. Y ya que vemos casos de casos (recordemos el caso de Bolaño, quien decidió que quería ser escritor a toda costa), tenemos a la mano el caso de Charles Bukowski, de quien sobrevive la leyenda de intentar salir de muladar a toda costa, cual historia de superación, y que a pesar de todos los contras del universo decidió seguir escribiendo, porque era la opción de vida que quería. Y fue afortunado, porque su lucha rindió fruto. Fue la combinación del tiempo correcto, el talento y la tenacidad.

Hay un video muy popular, que con regularidad se encontrará al buscar información sobre este escritor. Nunca está de más verlo, ya que siempre es muy interesante.

Por si no quiere abrir el video, le transcibo la conversación a continuación:

—Has dicho que el hambre no crea arte, que crea muchas cosas, pero sobre todo crea tiempo.
—Ah, sí, bueno, eso es muy básico. No quisiera utilizar tu película para decir eso. Pero tú sabes, si tienes un trabajo de 8 horas y te dan 55 centavos por hora, es eso. Si te quedas en casa no vas a obtener ningún dinero, pero vas a tener tiempo para escribir. Creo que fui una de esas rarezas de nuestros tiempos modernos que se mueren de hambre por su arte. Me morí de hambre para tener un día de 24 horas, sin ninguna interrupción. Renuncié a la comida, renuncié a todo. Era un hueso, estaba concentrado. Pero ya ves, el problema es que puedes ser un hueso muy dedicado y no ser capaz de hacerlo. Dedicación sin talento no sirve para nada. ¿Entiendes lo que digo?
—Sí.
—La dedicación sola no es suficiente. Te mueres de hambre y pretendes hacerlo. Oye, ¿lo sabes?
—Un desperdicio.
—Lo sé. ¿Y cuántos lo hacen? Se cagan de hambre en las alcantarillas y no lo logran.
—Pero tú sabías que tenías talento.
—Todos creen que lo tienen. ¿Cómo sabes que eres un elegido? No lo sabes. Es un tiro en la oscuridad, aciertas o eres una persona normal y civilizada, de 8 a 5, te casas, tienes niños, Navidad juntos, aquí viene la abuela: “Hola, abuela”, y “Hola, tú”. ¿Sabes? Mierda, yo no podía aceptar eso. Prefería matarme. Supongo que mi propia sangre no podía soportar todo eso… lo ordinario de la vida. No podía soportar la vida familiar, no podía soportar la vida laboral. No podía soportar todo lo que veía. Decidí que, o bien me moría de hambre, hacía algo, enloquecía, o lograba algo. Incluso si fallaba en la escritura, no podía hacerlo de 8 a 5. Me hubiera suicidado, o algo. Lo siento. No podía aceptar el ritmo rutinario, de 8 a 5. Jhonny Carsson, feliz cumpleaños, Navidad, Año Nuevo. Para mí esa es la más enferma de todas las cosas enfermas. Así que tenía que encerrarme y que alguien publicara mis historias en algún lado. Ahora solo me siento y bebo vino, y hablo de mí mismo, porque ustedes preguntan y no porque quiera dar respuestas. ¿Ok?
—Ok.

De esa conversación podemos revolver y revolver miles de reflexiones. Quizá la mayoría inútiles, o que terminarían en un callejón sin salida, en un pesimismo estéril. Pero este señor tiene razón: no hay motivo para crearse falsas esperanzas. Solo queda el trabajo y la dedicación. Solo queda la tenacidad, repetida al infinito. Y si el tiempo nunca llega y seguimos viviendo en las alcantarillas, que al menos sea la opción que elegimos, que sea la coherencia de nuestros actos.

Y si prefiere renunciar y vivir una vida económica más estable y desahogada, apegada al sistema, entonces también hágalo: lo importante es optar y que no haya ninguna clase de arrepentimiento. Pero es importante tener conciencia de todo lo anterior: no porque usted tenga más o menos una idea decente para escribir, quiere decir que está destinado a convertirse en la gran lumbrera de su generación. Lograr eso no dependerá solo de usted y de sus ganas. Veamos unos ejemplos.

Paco Porrúa, que por entonces dirigía la Editorial Sudamericana, leyó apenas unas cuantas páginas tecleadas a máquina, de un medianamente conocido Gabriel García Márquez (aclaración: en algunas partes de Suramérica era muy famoso, pero en el resto del mundo apenas si se sabía algo de él), y en un total acto de fe viene y publica una primera edición de Cien años de soledad, porque consideró que tenía ante sus ojos una obra excepcional. Ahora se han vendido más de 30 millones de ejemplares, pero en aquel entonces Gabo apenas lograba ediciones de mil ejemplares. Con todo y su relativa fama local.

Noviembre de 1964 fue un año clave para Jorge Luis Borges. Hasta entonces era sobre todo leído entre esnobs y círculos de intelectuales. Muchos escritores lo descubrieron y admiraron temprano, por lo que a Borges se le consideraba como un escritor para entretenimiento de escritores. Y solo entre latinoamericanos y alguno que otro español. Pero ese noviembre de 1964, en París, durante la celebración del cuarto centenario de William Shakespeare organizado por la Unesco, dio una conferencia de 17 minutos, con la que dejó deslumbrados a todos los asistentes, ya que habló en un francés pulcro, impecable, casi de una elegante tonalidad decimonónica. Antes de eso Borges trabajaba de bibliotecario, donde hasta el ordenanza le hacía bullying.

Podría empezar a enumerar casos… pero en realidad lo que quiero destacar es que las circunstancias específicas se presentaron para los escritores mencionados, y menos mal que ambos estaban listos para lo que se venía, porque tenían años de trabajo duro, de pulir el talento y sobrevivir a sus circunstancias. Pero si dichas circunstancias azarosas jamás se hubieran presentado, ¿qué habría pasado?

Al menos hasta donde podemos ver los casos de Gabo, Borges, Bolaño, Bukowski y cualquier que usted quiera nombrar: la fama los agarró trabajando, escribiendo sin rendirse, puliendo el talento sin conceder ninguna tregua al desánimo.

Y a diferencia de la mayoría que quiere destacar las borracheras y los excesos, en realidad escribir no es un oficio para vagos o bohemios. De que hay escritores así, por supuesto que los hay: pero en todos prima una voluntad férrea, unas ganas de escribir innegociables, que no se abandonan ni aunque la casa se esté cayendo a pedazos.

Es por eso que muchos escritores aconsejan con sabiduría: “Si escribes esperando obtener fama, pierdes tu tiempo”. Escribir es otra cosa: es hacerlo, muy a pesar de que el resto se siga burlando, o que sepamos que esto es un extraño placer culposo. Solo no podemos dejarlo y ya. ¿O usted sí puede?