Jorge Luis Borges tuvo obsesión con las formas definitivas, porque reconocía la brevedad de la vida y el vano y azaroso intento de permanecer en la memoria de la humanidad. Y no era falsa modestia, por supuesto. Él estaba perfectamente sabedor de que su fama era algo fortuito y que llegó cuando menos lo esperaba. Algo comenté en un post anterior, pero nada cuesta recapitular con brevedad, para efectos prácticos: Borges fue por décadas un escritor relativamente desconocido, hasta que en noviembre de 1964 salta a la verdadera fama, gracias a una conferencia sobre Shakespeare que dio en un evento de la Unesco, en París, Francia.

Pero no por esa idea de lo perecedero, en su creación literaria dejaría de pensar —con el rigor posible que la ficción le podría permitir— en las tentadoras contundencias de las formas definitivas: una biblioteca que contuviera la inimaginable cantidad de libros creados en todas las épocas, junto a sus estantes con formas geométricas y laberínticas; un poema épico que contuviera la inasible forma del tiempo y las emociones (“La página era extraña. No era una descripción de la batalla, era la batalla. En su desorden bélico se agitaban el Dios que es Tres y es Uno, los númenes paganos de Irlanda y los que guerrearían, centenares de años después, en el principio de la Edda Mayor”); un libro de arena que contuviera todo el conocimiento del universo, al cual no podemos acceder del todo y ni volver atrás; un mapa de mapas, que de exhaustivo se vuelve inútil; un planeta extraño… A eso podemos añadir que tuvo inquietudes sobre la verdad última y la inmortalidad, además que tenemos el Aleph, por supuesto, que es un punto donde convergen todos los puntos.

A pesar de todo ello, en su narrativa se puede adivinar la brevedad, el implacable paso del tiempo, como destino inevitable de todo lo que nos acaece. Estaba consciente de que al final todo es vanidad. Solía decirlo con esas extrañas alocuciones que las más de las veces parecían monólogos. Siempre subrayando con humildad la premonición de no saber lo que nos depara el destino, o que el día de mañana podríamos ser ruinas de quién sabe qué nueva civilización.

Jorge Luis Borges creció, en cierto modo, con una visión de mundo decimonónica, la cual tiene mucho de fantasiosa en cuanto al progreso humano, además que fue umbral y dintel de la tecnología moderna que nos depararía el siglo XX, por lo que fue una de las últimas generaciones verdaderamente imaginativas, con una amplitud que roza un poco lo infantil. En un mundo profundamente pragmático como en el que vivimos ahora es algo muy difícil de explicar, y sobre todo de comprender.

Solo se me ocurre el ejemplo inmediato de Charles Chaplin, quien a pesar de las maravillas de la modernidad que alcanzó a conocer, jamás afectaron directamente su método de trabajo, su inventiva, imaginación y cosmovisión posvictoriana: siempre lo hizo a la antigua, cuando uno perdía el día entero hasta que daba con la idea. Cada día tiene su afán, pero ahora vamos por la vida con demasiada prisa. Ese rigor de cada día suena ahora a ilusiones perdidas.

Pensándolo bien, si la abuela de Borges era inglesa, pues bueno… creo que habría que detenerse en otra ocasión sobre los vestigios decimonónicos en grandes figuras del siglo XX. Aunque ahora no lo vemos, marcaron un estilo único y sin precedentes. Fue un tipo de severidad y pulcritud ahora perdida, porque nos preocupa lo que implique demasiada pérdida de tiempo. Los Borges y los Flauberts son ahora especies extintas.

Jorge Luis Borges pertenece a esa generación que leía y escribía por horas, sin excusas de ninguna clase. Y no crea que lo digo sin que me afecte, porque pertenezco a esa clase social en la que muchos nos encontramos: si no trabajo no como, si no hago algo para conseguir el dólar de cada día sencillamente pasaré hambre. No tengo todo el tiempo del mundo para leer todo lo que quisiera y mucho menos escribir. Pero aquí me tiene, al menos tecleando una vez cada cierto tiempo. Porque lo cierto es que si algo —o alguien… aprovechando esta línea— nos interesa siempre hacemos tiempo, al menos un poco, sea como sea. Leer diez páginas al día y escribir mil palabras al día. Es la meta que nos queda para quienes tenemos poco tiempo.

Borges procuró aprovechar con estoicismo lo que tuvo a su disposición. Sabía que la ceguera lo alcanzaría tarde o temprano, pero memorizó todo lo que pudo, aprendió varios idiomas, y no solo para leer los originales de los autores de su preferencia, sino porque aprender otro idioma expande nuestra mente. Sabía que la filosofía y la matemática eran básicas para mejorar la comprensión y conocimiento general. Y lo mejor de todo es que sabía que aunque fuera imposible lograrlo, todo conocimiento estaba relacionado, por lo que es preciso y fundamental aprender de todo un poco.

Creo que por eso asumió con placer el trabajo de bibliotecario, del que Umberto Eco llevaría a la interesante figura de Jorge de Burgos, en El nombre de la rosa. Ser bibliotecario es de una gran paciencia y precisión, y sobre todo de un silencio y soledad a la que no todas las personas podrían acostumbrarse. Y si bien la mayoría de bibliotecas suelen ser cementerios de conocimiento, al menos en América Latina, para Borges fue la puerta al multiverso humano que representa nuestro ahora caótico e inabarcable mundo de conocimiento (Wittgenstein, como siempre, tiene razón: “El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas”). Enhorabuena, porque no está demasiado lejana en el tiempo esa figura de la que ahora podemos hablar y escribir tanto, y que podemos hacer el intento de tratar de comprender, como si se tratara de observar a un eterno niño creador.

Pero quiero ser enfático y recapitular. Si todo es vanidad, podemos optar por la posibilidad de que todo carece de sentido, por lo que deberíamos dedicarnos a disfrutar la vida al máximo. Pero también tenemos la opción de tratar de comprender este mundo lo mejor que podamos. Aunque no lo parezca a primera vista, Borges escogió una extraña combinación de ambas cosas. Fue en cierto modo hedonista al optar por la creación literaria, en lugar de intentar crear su propio sistema filosófico. Pero no podía privarse de toda la literatura que disfrutó, y de paso intentar recrear sus verdades e inquietudes personales en suposiciones, que es lo que al final representa el pacto colectivo de la ficción.

Esto puede compararse con la película The Shawshank Redemption: mientras en la prisión unos trafican cosas y otros se mantienen ocupados en los talleres, en los juegos de azar, o bueno, en lo que se le ocurra, el personaje Andy Dufresne decide esculpir un ajedrez en piedra, crear una biblioteca para los presidiarios, ayudar a otros presos a obtener sus certificados escolares o brindar educación financiera a los guardias. No olvide que en la cárcel el tiempo no pasa, por lo que debe mantenerse ocupada su cabeza, si no se quiere sucumbir.

Si todo es vano o todo es vanidad, y si esta vida es un valle de lágrimas, que es como una cárcel en la que pasamos ocupados tratando de encontrarle sentido a todo, nos queda la opción de Borges, que es la misma del ejemplo mencionado de Dufresne: hacer algo que valga la pena, aunque sepamos que no exista un fin último, porque la esperanza es buena y nos sostiene, y lo bueno nunca muere, o al menos es lo que nos reconforta creer.