Johann Wolfgang von Goethe nació un 28 de agosto de 1749, en Weimar, y murió un 22 de marzo de 1832, en la misma ciudad. Fue un hombre de mundo que intentó acercarse a todas las áreas de conocimiento que tuvo a su alcance, por lo que fue una especie de hombre de Renacimiento tardío. Es considerado el último gran universal, incluso por encima del esplendor de los grandes novelistas europeos del siglo XIX, ya que Goethe aparece en los programas de estudio de todas las principales universidades del mundo, tanto en el estudio de las Letras como en breves apariciones en áreas de la Física, Botánica, Biología, Filosofía y Derecho.

Solo dentro de la literatura cultivó básicamente todos los géneros literarios que estuvieron en boga en su tiempo, y aunque en cada uno de ellos no revolucionó e innovó, en definitiva aportó, como apuntaron posteriormente una gran parte de todos los filósofos y críticos alemanes que dedicaron un poco de tiempo a su obra, entre los que se pueden mencionar a Nietzsche, Marx o Schopenhauer.

Goethe gozó de popularidad desde la época de sus mismos contemporáneos. Fue testigo de muchos avances que estaban ocurriendo en el mundo en aquella época, por lo que conoció una edad crítica e ilustrada, o como prefieren decir unos, edad de la razón. Es decir, perteneció y coincidió con una de las sinergias intelectuales más afortunadas de la historia. Y en medio de ese esplendor, a Goethe se le consideraba un genio: algo que en un siglo de grandes como Kant, Fichte, Herder, Schiller, Schelling, Hegel o Holderlin implicaba ser un coloso en el que se conjuntaban una gran serie de virtudes.

Mientras que ahora se puede ser intelectual en una sola área, en aquella época un genio era aquel en quien se unían la ciencia, la ética y el arte. Es decir, el conocimiento científico por sí solo y en estado puro carece de toda forma de moral, por lo que es necesario que una persona dedicada a la ciencia tenga algo de política en la sangre (los propósitos éticos, procedimentales y morales para la raza humana), lo cual abona espiritualmente si se trata de alguien con interés en las artes y las cultiva. Eso hizo que en su época a Goethe se le considerara un hombre completo, un showman, un polímata.

Y aunque ahora existen cientos de ensayos que abordan los diferentes esoterismos en Goethe, en realidad él creía que toda forma de conocimiento (incluido el espiritual) solo podía alcanzarse por una profunda experiencia humana. En otras palabras, el gran genio alemán consideraba que lo fundamental es vivir de verdad, con todo y los posibles miles de matices que cada uno de nosotros pudiera interpretar. Así que si usted conoce a alguien a quien le gusta llegar hasta el final en todas las áreas de su vida, posee más de ser humano clásico que de contemporáneo: posee algo de goethiano, sin duda.

A esto se debe añadir, por supuesto, que con todo y su gran genio Goethe pasó toda su vida tratando de comprender el significado de la vida humana, incluyendo las relaciones interpersonales. Él creía con suma firmeza que solo conociendo la totalidad de la otra persona era posible acceder al máximo posible a la experiencia humana, y que la suma de todas esas experiencias podían brindarle un espejo local de su época.

Claro está que como hombre de mundo estaba consciente de la cultura local y de los pequeños provincianismos y limitaciones. Pero esa filosofía de vida le permitió conocer a profundidad a la mayoría de personas que tuvo a su alrededor, además que contribuyó a reflejar el alma de su época en cada una de sus obras literarias. Eso hace de Goethe uno de los hombres más universales de la historia, ya que su observación y sensibilidad en estado puro se unieron a su intuición creadora. En suma, pertenece a esa lista selecta de personas a quienes se les considera de los grandes estudiosos de la conducta humana.

Esa visión totalizante e interrelacionada de la vida y el mundo influyó incluso en la concepción del Absoluto en Hegel (uno de los temas truculentos de la filosofía moderna). Aunque Goethe rehuía un poco a la discusión metafísica e idealista, dada su tendencia a la prueba positiva en sus estudios sobre Botánica, Morfología (biología) y Óptica.

Pero es importante matizar que aunque no comulgaba con la idea de la profundidad metafísica (en ese sentido contemporáneo con el que ahora se comprende), sí consideraba importante que la experiencia directa con el mundo no fuera necesariamente para propósitos utilitaristas, sino para comprender las cosas en sí. Es así que cuando estudió las plantas, los colores o las formas esqueléticas fue con la finalidad de comprender en el sentido amplio, y que la comprensión nos hiciera mejores a nosotros mismos. Podría extenderme con esto, pero usted y yo sabemos cuán utilitario es nuestro siglo, por lo que sería un poco inútil argumentar sobre las evidentes diferencias de nuestras épocas.

Y aunque ahora se mantiene en gran discusión entre los especialistas en este autor, se sabe que Goethe desdeñaba profundamente el romanticismo, aunque fue prerromántico cuando era joven. En realidad es más cercano al ideal clásico griego, como se puede ver en la mayoría de su obra de madurez, donde podemos ver que para él el arte es el estudio de la naturaleza (frase amplísima por la que han corrido ríos y ríos de tinta).

Sobre el Fausto

Es imposible no comentar un poco de Goethe sin hacerlo de Fausto. Es el lugar común por excelencia, a la hora de escribir sobre este autor. Si no ha leído esa obra y detesta las interpretaciones y los spoilers antes de la experiencia personal de la lectura, puede prescindir de mi comentario a continuación, ya que contendrá todos esos pecados.

Fausto, personaje que desde el principio de la obra siente el vacío y el tedio de la vida, ha cruzado todas las áreas del conocimiento y es un compendio de sabiduría y erudición. Sin embargo, nada lo hace feliz y por eso decide suicidarse. Está a punto de hacerlo, pero lo detienen las campanas de la Pascua. Más adelante se encuentra con Mefistófeles, quien trata de convencerlo de darle todo lo que desee, a cambio de su alma. Fausto acepta e incluso matiza el trato: si llega a un instante de verdadera felicidad, por la que valga la pena llevarse el solo recuerdo a la eternidad, entonces en ese mismo momento morirá. Así es como hacen el pacto.

Fausto obtiene juventud y conoce a una joven hermosa llamada Margarita (o Gretchen). Por una serie de hechos ella termina encarcelada y mata al hijo no legítimo que tiene con Fausto. Él intenta salvarla de todos sus infortunios, pero ella muere en brazos de Fausto y casi al borde de la locura. Pero por su arrepentimiento, una voz nos indica que se salva. Más adelante, en lo que ya se considera la segunda parte de la obra, Fausto viaja en el tiempo, conoce y ayuda con su sabiduría y conocimiento a un emperador, conoce a Helena de Troya, tienen un hijo que se llama Euforión (quien muere en circunstancias similares a las de Ícaro) y obtiene tierras cerca del mar, las cuales hace prosperar e incluso las extiende hacia el fondo del océano, como si ahora luchara contra la naturaleza.

Con esas tierras artificiales dentro del mar, Fausto crea su sociedad ideal y próspera (con una gran cantidad de crímenes de lesa humanidad, pero que nadie en el pueblo está básicamente enterado), donde por fin se alcanza la utopía de la paz y la justicia. Sin darse cuenta, Fausto alcanza por fin la felicidad, con la cual quisiera que el tiempo jamás pasara y se congelara en ese instante: por lo tanto, en ese preciso segundo, muere.

Mefistófeles se da por victorioso y sus criaturas están a punto de llevarse el alma de Fausto, pero un coro de ángeles le crean un cerco alrededor, lo protegen y guían el alma de Fausto al cielo. Ese coro diría algo como: “A quien siempre aspira y se esfuerza, a ese salvar bien podemos”. Pero en todo esto siempre estuvo la súplica y el perpetuo amor de Margarita (ahora llamada la penitente).

Sobre salvarse si hacemos el bien o si creamos más allá del desinterés inmediato, que nos conlleve al autosacrificio en pro de un futuro mejor para los seres humanos que vienen, es una infinita discusión que no se ha logrado calmar en 200 años de disputa filosófica. Sobre si un bien mayor que se asienta sobre un mal pasado, también ha traído debates éticos y políticos de toda clase. Incluso sobre si el amor es más fuerte sobre todas las cosas también ha generado sus truculencias (ya lo dijo Nietzsche: “Todo lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal”).

Por todo eso y mucho más, que sería imposible abarcar en este resumen-comentario, Fausto es la confrontación del ser humano contra el universo. Es la fusión del espíritu clásico con el moderno y es la punta de lanza que nos muestra que nuestra insatisfacción, nuestra incomprensión del mundo, nuestra inconformidad con la naturaleza, debería de ser suficiente para que seamos condenados por toda la eternidad, pero que el amor, la búsqueda desinteresada, e incluso el niño espiritual como eterno creador hacen que la humanidad tenga algo que todavía la hace valer la pena. Es una virtud y un defecto a la vez. Es poesía en estado puro.

Fausto no encuentra el sentido por el cual vivir. En ese sentido, representa el drama del ser humano moderno, quien una vez alcanzado todo pretende encontrar ahora la felicidad, lo que sea que signifique eso. En ese sentido pasamos también toda la vida justificándonos a nosotros mismos frente a todas nuestras acciones. Pero lo femenino eterno, el daimón, siempre nos llevará a lo alto. ¡Ah!, y por supuesto, esto debe recalcarse, nos guste o no, nos suene a autoayuda o no: Fausto comprende que su felicidad solo puede alcanzarla cuando decide desde el fondo de su corazón hacer feliz a los otros.


Comentario innecesario, que por lo mismo coloco hasta el final. Este post es el equivalente a un simple comentario, puesto en una publicación social cualquiera, de una red social cualquiera. JAMÁS pretendería ser algo exhaustivo y mucho menos una exégesis de una obra tan amplia como la del autor comentado. Pero es una opinión muy personal, por lo que consideré pertinente compartirla, para generar debate sano, preguntas y respuestas, para aprender entre todos los interesados. Como escribí en otra parte, si tiene interés en la vida o en la obra de Goethe, puedo recomendarle las siguientes lecturas, que le servirán un millón de veces más que este simple post:

  • Benjamin, Walter (2000). Dos ensayos sobre Goethe. Barcelona: Gedisa.
  • Eckermann, J. P. (2005). Conversaciones con Goethe en los últimos años de su vida [traducción de Rosa Sala Rose]. Madrid: Acantilado.
  • Goethe, J. W. (2010). Fausto [edición bilingüe y traducción de Helena Cortés Gabaudán]. Madrid: Abada Editores.
  • González García, José María (1992). Las huellas de Fausto. Madrid: Tecnos.
  • Hadot, Pierre (2010). No te olvides de vivir. Goethe y la tradición de los ejercicios espirituales. Madrid: Siruela
  • Luckács, György (1968). Goethe y su época. Barcelona: Grijalbo.
  • Reuter, Jas (1985). Fausto, el hombre. México: FCE.
  • Reyes, Alfonso (1993). Obras completas. Tomo XXVI. Vida de Goethe. Rumbo a Goethe. Trayectoria de Goethe. Escollos goethianos. Teoría de la sanción. México: FCE.
  • Safranski, Rüdiger. (2015). Goethe. La vida como obra de arte. Madrid: Tusquets Editores.
  • Steiner, Rudolf (1989). Goethe y su visión del mundo. Madrid: Editorial Rudolf Steiner.
  • Trías, Eugenio. (2006). Prefacio a Goethe. Madrid: Acantilado.