¿Conoce algo sobre novela salvadoreña? Sea o no así, espero que lo mueva un poco la curiosidad. Y debo confesarle que tengo la impresión de que muy pocas personas leen lo que se produce en El Salvador. De hecho, son muy pocos amigos y compañeros con quienes puedo conversar acerca de este tema (aunque estoy consciente de que debe haber todo un mundillo de personas que dominan el asunto con creces), por lo que decidí desahogarme en este espacio, para poder leer opiniones sobre algo que tanto disfruto.

En particular escogí la novela, porque goza de una gran popularidad en el mundo, al menos en los últimos doscientos años, además que es el género más complejo en cuanto a producción y lectura. Percibo, además, que a veces lo que ocurre con los lectores potenciales es que desconocen el qué, cómo y cuándo se ha publicado, por lo que albergo la esperanza de que esta lista de sugerencias pueda servir a futuros interesados.

Y sé que detesta los preámbulos (debe de estar pensando: “¡Pasemos ya a la lista!”), pero me odiará antes de tiempo si solo se adelanta. Es un mal necesario hacer un par de aclaraciones.

Sobre la novela y sobre la sospechosa etiqueta de novela salvadoreña

Si hay un género que no está totalmente cerrado es la novela: y precisamente por su amplitud en estilos, formas y subgéneros es que resulta problemático a la hora de definir qué es una buena o una mala novela.

Pero si somos lo más implacables posibles (sin caer en reducciones absurdas), una novela tiene que contarnos algo, tiene que tener personajes, o al menos uno que hable de los demás. Los diálogos y los escenarios son relativos, pero un ambiente, una voz, un estilo… ¿verdad que es problemático? Hay demasiados tipos de novelas. Me quedo con la definición de María del Carmen Bobes Naves (alguna vez la usé para dar clases, ya que aunque no lo parece es MUY completa y se puede interpretar cada porción):

La definición podría concretarse diciendo que la novela es un relato de cierta extensión que, tomando como centro de referencias la figura fingida de un narrador, presenta acciones, personajes, tiempos y espacios, convirtiendo a alguna de estas categorías en la dominante en torno a la cual se organizan las relaciones de las demás en un esquema cerrado o abierto, o simplemente se superponen sin más relación que la espacial del texto. El narrador es el centro para señalar las distancias, las voces, los modos y los aspectos en la presentación de todas las unidades y categorías narrativas, siguiendo un esquema de relaciones o negándolo.

Ahora bien, problematizada la novela como posible categoría entrópica definitoria (sin caer por ello en una pseudoproposición nomotética), nos queda ahora la peligrosa etiqueta de novela salvadoreña. Es decir, ¿se puede hablar de novela salvadoreña?

Si nos atenemos al lenguaje (jerga, argot, modismos, dialecto y el infinito etcétera), entonces toda obra histórico-costumbrista sería la única con esa salvadoreñidad. Si fuera por el aspecto social o por el tratamiento de los hechos y aspectos antropológicos (comida típica, folklor, fuentes populares), entonces quedaría excluida el grueso de toda nuestra producción local. ¿Qué nos queda entonces? ¿Serán novelas salvadoreñas solo aquellas que se acercan a categorías concretas relacionadas con la identidad cultural (machismo, patriarcado, cultura y sociedad, etc.)? ¿O serán solo aquellas que buscan la condición o carácter de salvadoreño, el sentimiento de pertenencia a este territorio que llamamos El Salvador? De ser así, entonces solo podrían serlo aquellas que aluden a territorios locales específicos o atienden a lo que para algunos fue el proyecto de nación.

O en todo caso, ¿será una buena novela salvadoreña aquella que tiene méritos estéticos? Y de ser así, ¿quién es quién y qué es qué para definir los méritos?

Ahora lo sabe: el problema no es cosa simple. Para hablar de novela salvadoreña se debe tener claro que lo fundamental es que hemos convertido esa cosa inasible, esa extraña condición de salvadoreñidad, que se siente y se lleva en el alma, pero que es MUY difícil de establecer con palabras. Pero en esta ocasión haremos a un lado estas problemáticas y hablaremos de novelas salvadoreñas. Y de las que a título personal considero recomendadísimas.

Y no, no lo hice perder su tiempo al leer los anteriores preámbulos. Su sola mención forma parte de una declaratoria de conciencia: novela salvadoreña entonces será aquella cuyos autores se identifican con El Salvador, aunque no necesariamente traten sobre asuntos salvadoreños (no olvidemos que es un derecho legítimo buscar la universalidad). Debe tener carácter estético y búsqueda de literariedad, pero no necesariamente es un fin último o en sí mismo. Pero sobre todo debe contarnos algo, debe prevalecer su carácter de género.

Justificación y advertencia

Envejecer bien o no —el famoso paso del tiempo—, no es un rasgo que determine la buena o mala literatura, pero lo cierto es que la permanencia o no en el tiempo podría significar vida o sepultura para un texto literario. En El Salvador se adolece a nivel editorial, porque se carece de buena difusión, por lo que también resulta complicado determinar si el paso del tiempo ha hecho su buen trabajo o no. Es, pues, una tarea pendiente de maestros, instituciones, escritores y amantes de la literatura nacional.

En lo personal, la novela salvadoreña es uno de mis disfrutes predilectos, aunque no sabría explicar por qué. Mi papá me inculcó el gusto por la literatura desde que era un niño y la biblioteca de mi hogar tenía en aquellos años, principalmente, libros de y sobre El Salvador. De seguro eso fue determinante. Así que antes de llegar a la tradición universal, primero me familiaricé con las formas, estilos y búsquedas de los escritores salvadoreños. El lenguaje, las descripciones de los lugares, la toponimia: todo aprendí a sentirlo mío. Pude recibir con asombro y sorpresa cuando comencé a leer lo que me ofrecía el mundo (aunque eso ya es otro tema), pero jamás perdí la pasión por lo local. De hecho, puede leer mis breves comentarios sobre Claudia Lars o Roque Dalton.

Así que escribir esto es como saldar una deuda muy personal. Me queda, entonces, una advertencia muy importante:

Esto NO ES UN TOP. Tampoco es una lista de “lo mejor”. Para hacer un verdadero top se requiere conocer al menos el 75 % de la producción de novelas salvadoreñas. He leído varias a lo largo de mi vida, pero estoy lejos de llegar a las 350 (o más) que se pueden encontrar enlistadas. Hay que añadir que sería bueno recuperar la mayoría de esos textos, ya que algunas me resultaron IMPOSIBLES de ubicar (ni bibliotecas públicas, ni privadas, ni universidades). Incluso me quedó la impresión de que algunas ya no existen.

Así que, como no he leído todo lo que hay, estas recomendaciones parten de lo más hondo de mi subjetividad y con toda seguridad dejé fuera de la lista algunos tesoros escondidos. Si me hicieron reír, llorar, me dieron horas de reflexión y miles de emociones encontradas, entonces me pareció que se trataba de novelas recomendables. Y si están en esta lista tan mía y subjetiva, debo añadirle que me estremecieron cuando las leí, y que por ello decidí que eran novelas salvadoreñas recomendadísimas.

Y bien… ahora sí… comencemos con la lista.

* * *

Cenizas de Izalco (1966), de Claribel Alegría

portada cenizas de izalco

Si usted nació a mediados de los ochenta o en los noventa, quizá no pueda recordar la sensación extraña de cuando la realidad es densa, como si algo estuviera a punto de reventar. Esa certeza de que algo se fracturará el ambiente y que el mundo que conoce jamás volverá a ser igual, tal y como ocurrió a principio de los ochenta, cuando iniciaba el conflicto armado. Cenizas de Izalco, a través de su lenguaje, tiene el mérito de hacernos sentir que algo malo está a punto de ocurrir. Todo enmarcado y ambientado en aquel 1932 que le cambió la historia a El Salvador.

El asma de Leviatán (1990), de Roberto Armijo

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Densa y espiritual, pero al mismo tiempo con una gran cantidad de visiones que se amalgaman en un relato que va in crescendo. Por momentos ofrece una prosa demasiado poética, pero al final la historia (entrelazada con las múltiples historias) de Siete Pañuelos es recompensante. Es un interesante retrato de eso que adolecemos siempre en América Latina y que no es urgente para siempre, lo cual es la autodeterminación de los pueblos.

Catleya Luna (1974), de Salarrué

portada catleya luna

Con toda probabilidad es el intento más serio de novela que tuvo Salarrué en su vida. Eso no significa que esta sea ni la mejor ni la peor: es solo una experiencia estética entre las múltiples que el autor experimentó. En esta historia hay verdades evidentes, otras universales y unas que pueden resultar iniciáticas. Para muchos es un relato pretencioso, pero en realidad el autor fue honesto y expuso dudas espirituales a granel. De repente la realidad de los personajes resulta tan apabullante, que puede llegar a sentirse como un espejo surrealista. Por cierto, si se da la oportunidad de leerla será como enfrentarse a dos novelas en una.

Yo soy la memoria (1983), de Hugo Lindo

portada yo soy la memoria

En una sociedad (¿utópica, distópica?) donde todo está organizado por roles, Medilón de Opas es la Memoria. En el momento de la transferencia le fue depositado todo el conocimiento de su civilización, por lo que puede evocar cualquier cosa que se le ocurra, incluso por trivial que parezca. Al ocurrir esto, él decide narrarnos algunos hechos y circunstancias de la sociedad en la que vive. Aunque parece una premisa básica, en realidad nos transportará hacia un relato ingenioso, poético e imaginativo.

El desencanto (2001), de Jacinta Escudos

portada el desencanto

Jacinta Escudos es una excelente novelista, por lo que me resultó complicado decidirme por una para incluir en la lista. Sin embargo, opté por esta porque considero que es una buena manera de acercarse a su obra por primera vez. La historia de Arcadia es presentada sin tapujos y con un estilo directo, implacable, como pocos novelistas lo han intentado en El Salvador. La narración nos es presentada sin juzgar moralmente a los personajes, lo cual puede llevarnos a varias sonrisas o escándalos, en dependencia del nivel de conservadurismo que tenga.

Hombres contra la muerte (1942), de Miguel Ángel Espino

portada hombres contra la muerte

En un lugar de Belice, donde están ocurriendo una gran cantidad de injusticias y el ambiente está tan tenso que se sienten los vientos de rebelión, en una zona rural, entre hacienda y bosque en estado puro, convivirán una gran cantidad de personajes que provocarán una avalancha de eventos que van de la acción a lo trágico. Recuerda un poco las novelas de corte indigenista, pero eso no le quita el mérito y el estilo propio que el autor alcanzó.

Noviembre (2015), de Jorge Galán

portada noviembre

¿Ensayo, entrevista, thriller, informe, testimonio? Sería solo una miscelánea, de no ser por el poder esclarecedor del lenguaje: sencillo y rico a la vez, con esas frases contundentes cargadas de poesía, con una extraordinaria carga emocional implícita y explícita. Podemos hablar en este caso de una novela collage. En ella narra desde varios puntos de vista sobre lo acontecido el 16 de noviembre de 1989, en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas: el asesinato de seis sacerdotes jesuitas, una empleada doméstica y su hija.

Un día en la vida (1980), de Manlio Argueta

portada un dia en la vida

Con una voces femeninas extraordinariamente bien definidas, vemos pasar un día en la vida en tres puntos de vista distintos, hasta completar 24 horas. Tres mujeres con historias desgarradoras, que nos hace comprender que solo en un día podemos contemplar toda la carga de vivir en uno de los países del último mundo, que en aquel momento en el que está ambientada la historia estaba sumido en sus peores años de la locura, histeria y destrucción colectiva.

Tirana memoria (2008), de Horacio Castellanos Moya

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Casi todos recomiendan la novela El asco, para comenzar a leer a Castellanos Moya. Pero en este caso creo que a nivel de técnica, de concatenación de historias, de variedad de estilos, esta novela gana por partida doble. Si gusta de las novelas con ambientación de época, en esta podrá disfrutar uno de los periodos más interesantes en la historia de la república: los años de Hernández Martínez y unas décadas más. Si quiere leer más, le recomiendo la reseña de un amigo.

Tierra (1996), de Ricardo Lindo

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Una recreación fantástica, para un periodo del que se ha escrito tanto y que al mismo tiempo sabemos tan poco. De todos modos el autor se ofrece a darnos una vuelta de tuerca y nos presenta de una manera muy personal qué podría haber ocurrido durante el periodo de conquista y colonización en nuestras tierras. Se mezclan escenarios y personajes históricos con evidentes personajes ficticios, pero que se encuentran dotados de gran personalidad. Por si quiere ampliar con una reseña más especializada, le recomiendo este link.

De vez en cuando la muerte (2002), de Rafael Menjívar Ochoa

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De alguna manera que todavía me sorprende y me cuesta comprender, el autor logró concatenar varias historias (como quien no quiere la cosa) haciéndolas parecer con la simplicidad de una sola. Una novela negra, con los elementos necesarios (crimen, motivos, causas, sospechosos), pero que en su momento obligará al lector a poner de su parte (sacando una sonrisa a los amantes del género), ya que el giro inusual presentará resistencias y resoluciones inesperadas. Héroes y antihéores le darán para suficiente debate.

Sonata de la violencia (2002), de Waldo Chávez Velasco

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No sé cuántas novelas de espionaje se han escrito en El Salvador, pero para el caso les recomiendo esta como un buen punto de partida. La prosa es ágil y se avanza con una gran cadena de acciones. Los personajes por momentos son arquetípicos, pero resulta entretenido por el hecho de ser salvadoreños y por relacionarse con gente gringa o europea. Luego están las intrigas y todo lo demás, pero prefiero no hacerle tanto spoiler.

Tembladerales (1957), de Cristóbal Humberto Ibarra

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Un retrato del campesinado salvadoreño que habita en las zonas más húmedas y tropicales del país. Por momentos sentía que había demasiado sufrimiento, pero al mismo tiempo ningún personaje es presentado con idealismo. Es un retrato triste y crudo, pero muy certero en cuanto al estoicismo con el que aprende a vivir nuestra gente. Al mismo tiempo, nos presenta una historia de personajes criollos y otros asentados en estas tierras, donde uno siente que solo puede atenerse a la fe o a la buena mano de Dios.

De un dios cualquiera (2012), de Mauricio Orellana Suárez

portada de un dios cualquiera

La pulcritud en el uso del lenguaje fue lo primero que me impresionó. Si usted es un lector que ama el uso de las palabras, creo que será lo primero con lo que quedará encantado. Luego solo puedo dar cuenta de una experiencia subjetiva: el relato tiene algo que me dejó con una gran melancolía. No creo que haya sido la intención del autor, sobre todo porque tiene sus propias hilos narrativos y vaivenes, incluidos algunos acontecimientos históricos de las décadas pasadas en El Salvador. No sabría definir si fue la ambientación, la voz o algo. Solo sé que la novela se lee en una o dos sesiones.

Pobrecito poeta que era yo… (1976), de Roque Dalton

portada pobrecito poeta que era yo

Novela escrita con cinco técnicas narrativas distintas (lo que ha hecho que muchos la llamen novela-collage), nos cuenta la historia de diferentes personajes, desde sus respectivos puntos de vista, pero que al mismo tiempo coinciden en un espacio (en este caso, el capítulo 3 de la novela). La acción solo justifica el eterno debate de lo que significa ser salvadoreño, sobrevivir en este país, hacerse un espacio en lo civilizado, a sabiendas de que se convive con la barbarie y la injusticia todo el tiempo. No obstante, la novela está ambientada en lo urbano, un poco al estilo de las novelas de la onda mexicana, con ese estilo gracioso y chorrarero, sorteando la tragedia como si la vida fuera una guasa y una chiripa.

Andanzas y malandanzas (1936), de Alberto Rivas Bonilla

portada andanzas y malandanzas

¿No cree que es de una absoluta genialidad poder leer una novela desde el punto de vista de un perro? Pues bueno, para los dog-lovers esta puede ser una interesante opción. La historia es dulce, a ratos tragicómicas, como la buena tradición de la picaresca española. El relato crudo nos es contado con humor, en lugar de provocar lágrimas de tragedia. Si la mayoría del campesinado de la época la pasaba mal, ¿se imagina cómo podía pasarla un perro callejero?

BONUS TRACK: Novelas salvadoreñas recomendables y que no incluí en la lista

¡Vamos! ¡Déjeme ser! Ya que esta lista me quedó demasiado larga, al menos debo consolarme con el párrafo-resumen-reduccionista. A lo mejor se anima con alguna de las que no estuvieron mencionadas en la lista principal.

A-B-Sudario y El asesino melancólico, ambas de Jacinta Escudos; Trenes, de Miguel Ángel Espino; Jaraguá, de Napoleón Rodríguez Ruiz; Cerdo duplicado y Heterocity, ambas de Mauricio Orellana Suárez; El asco, El arma en el hombre, Baile con serpientes, La diabla en el espejo y Moronga, todas de Horacio Castellanos Moya; Corazón ladino, de Yolanda C. Martínez; Una grieta en el agua, de David Escobar Galindo; Íngrimo, El señor de La Burbuja y El Cristo Negro, todas de Salarrué; Barbasco, de Ramón González Montalvo; Odisea del norte, de Mario Bencastro; ¿Quién secuestró a Scott?, de Waldo Chávez Velasco; Una vida en el cine, de Alberto Masferrer; Caperucita en la zona roja y Cuzcatlán, donde bate la mar del sur, ambas de Manlio Argueta; El perro en la niebla, de Roger Lindo; ¡Justicia, señor gobernador…!, de Hugo Lindo; Trece, Los héroes tienen sueño y Los años marchitos, todas de Rafael Menjívar Ochoa; y Ola Roja, de Francisco Machón Vilanova.

* * *

Bueno, bueno, a lo mejor me excedí y debí haber creado una segunda parte de la lista. Pero ¿quién me garantiza que usted regresará? Con ser así, estoy segurísimo que más de algún lector me mencionará alguna buena, cuya omisión habrá sido grave en espacio. Estoy siendo demasiado subjetivo, pero creo en los logros estéticos de la literatura nacional. Mea culpa. Igual, sé que esto es solo una lista de títulos, por supuesto: pero no pierdo la esperanza de que alguien nuevo se anime a leer. A lo mejor un nuevo lector de novelas salvadoreñas anda navegando por aquí, todo indeciso.

Y con esa vaga pero reconfortante esperanza prefiero quedarme.