Ha sido una tradición que las etiquetas históricas las utilicemos para movernos en los periodos estéticos, movimientos sociales (sobre todo la prevalencia imperial, económica y cultural de una región en particular), filosóficos y espirituales. Y por lo general la etiqueta se discute por mucho tiempo, por lo que rara vez nombramos de manera consensuada la realidad contemporánea.

Hay excepciones, por supuesto, y justo ha ocurrido en los últimos 250 años gracias a la socialización de las ideas. Es por eso que un grupo se puede autodenominar movimiento estético o cultural, y que estos ganen adeptos que se sumen y asuman la etiqueta identitaria. Eso sí: solo el tiempo dirá si la nominación sobrevive.

Pero nombrar nuestros periodos de la historia no es una cosa arbitraria ni tampoco absoluta. Son mapas que nos ayudan a movernos no en islas separadas, porque jamás han existido las eras en estado puro (si no cree, pregúntese: ¿quién o qué es 100% renacentista?), sino en archipiélagos, donde las miles de interconexiones nos permiten más o menos adivinar y sistematizar las rutas de la humanidad, en todos los ámbitos que se nos ocurran.

Es por eso que nombrar el presente no es solo una tentación, sino casi un mal necesario, incluso cuando creamos que no sirve para nada. ¿Qué sería de nosotros si no intentáramos al menos explicarnos la realidad con generalidades y reduccionismos? Sería como no tener calendario. Para muchos sería privarse intelectualmente de un ejercicio fundamental para comprendernos en lo global.

Así que, aunque todo intento pareciera imposible o insuficiente, muchos pensadores e intelectuales han intentado ponerle nombre y apellido a esta realidad tan caótica y aparentemente indefinible. ¿Qué nombre le pondría usted a esta era? Mientras lo piensa, conozcamos algunas etiquetas que están disponibles y razonadas.

Posmodernidad o La condición postmoderna

Hay demasiados autores y ensayos como para ampliar apropiadamente toda la discusión que ha ocurrido en torno a este término. Este intento será somero y quizá atrevido. Igual y es probable también que sea el término más conocido y bastardizado de todos.

En principio puede considerarse posmodernidad como la muerte de los grandes relatos (el relato marxista, capitalista, fascista, religioso, etc.). Dicha muerte no implica que el relato desaparezca, sino que muta nuestra relación e intervención para con él (repensar las izquierdas y los feminismos, por mencionar un ejemplo). Por cierto, con este asunto de la muerte de los relatos, los primeros detractores del término se agarraron para afirmar que entonces encasillar algo de posmoderno es una forma de autosaboteo y falsacionismo.

Por otro lado, el posmodernismo es la mezcla de elementos de todas las épocas, sin seguir el guion y la rigidez de un gran paradigma universal, como siempre se había creído (la Historia Universal con mayúscula, el canon artístico, etc.). La modernidad parece ahora dogmática, por lo que la posmodernidad decide escuchar y comprender desde la otredad y los pequeños relatos y discursos (la reivindicación de todas las minorías ignoradas a lo largo de la historia por el discurso eurocentrista). Lo popular entra a las grandes galerías y la erudición para iniciados nos deja pequeñas cápsulas en nuestros programas de televisión preferidos. La relatividad y la reconceptualización serán quizás las únicas constantes.

O… ¿Transmodernidad?

En menos de 10 años de la aparición de posmodernidad, un grupo de intelectuales, con el relevante protagonismo de la filósofa Rosa María Rodríguez Magda, consideraron que la etiqueta era insuficiente. No todos los grandes relatos habían muerto, porque la globalización se ha convertido en el nuevo gran relato. Pero no es una globalización que busca la totalidad epistémica (como en el pasado dominado por el eurocentrismo), sino que pretende incluir todo en una amalgama irreconocible en relación con todos los cánones que nos anteceden. Las categorías de la realidad son desde el presente y para el presente, y los espacios son inclusivos no solo con el relato humano, sino con todo lo que lo rodea, llámese flora o fauna, o simplemente naturaleza.

Es por eso que los transmodernos piensan de nuevo en la relación genuina con el medio ambiente y con los espacios, en las relaciones del lenguaje con la realidad (si es o no lo suficiente inclusivo), y el replanteamiento de los paradigmas con lo que implica coexistir con una multiplicidad de voces. No busca respuestas definitivas, pero de igual manera es una filosofía de optimismo, de llegar a alcanzar esa unidad en medio de la diversidad y tolerancia.

La Aldea Global

Esta concepción no riñe necesariamente con las anteriores. A lo mejor hasta podrían relacionarse de forma directa o indirecta. Quienes creen que estamos viviendo en la era de la Aldea Global (el máximo representante de la etiqueta es Marshall McLuhan) consideran que no es que esté ocurriendo la muerte drástica de los relatos, o que el mundo esté a punto de globalizarse gracias a la influencia de los vínculos comunicativos. Sencillamente la aldea se está volviendo más grande y cómoda, sin dejar por ello de ser tangencial y anecdótica, según nuestro involucramiento con la realidad.

Pero vivir en la aldea no sería solo para enterarse de los chismes más lejanos. Al pasar a una ciudad global (concepción capitalista de la evolución humana) nos convertiríamos en ciudadanos del mundo, y con ello deberíamos de crear importantes redes de cooperación en lo ecológico, desarrollo sustentable, políticas globales y un gran etcétera. Ser aldea tiene su lado positivo y negativo. Por un lado podríamos estar enterados de todo (en el ideal), pero por otro una cosa pequeña podría escandalizar o afectar para bien o para mal a lo universal, a nuestra concepción material y espiritual de las cosas.

La era de la Información

Parece relacionada con la anterior, pero en realidad es mucho más prosaica: la humanidad sigue siendo igual de diversa, como lo ha sido por miles de años, pero los medios de comunicación e información han llegado a tal nivel de poder, que puede hablarse de una propia era para todos ellos. Así que vivimos engañados con la idea y posibilidad de una humanidad mucho más unida por los vínculos de la comunicación, pero en realidad solo estaríamos sirviendo como caldo primigenio para seguir alimentando a los dueños de esta era.

La Sociedad del Espectáculo

Desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días podríamos estar viviendo ante el renacimiento del cinismo y el hedonismo, mezclado con la infantilidad propia de una sociedad que se niega a asumir su papel frente a la realidad (no identificar directamente el bien y el mal, sino que legar la responsabilidad a quien pueda definirlo y determinarlo).

Guy Debord es el filósofo francés que acuñó y popularizó el término, y con ello intentó describir a una sociedad que fue traspasada por los límites culturales, utilitarios y materialistas que nos ofreció el capitalismo. En ese sentido, estaríamos viviendo las consecuencias de la enajenación extrema, corriendo el riesgo de jamás volver a ser conscientes para poder actuar y realizar los cambios pertinentes.

Esta sociedad estaría basada más en la complacencia y en la búsqueda de sus respectivos cinco minutos de fama. Nos preocuparía más la representación que la autenticidad. Y acostumbrados a un mundo de píldoras, probablemente dejemos con gusto en manos de tecnócratas nuestro posible futuro. Para quienes creen en esta era, la transitoria respuesta posible es repensar la cultura para contrarrestarla con una futura contracultura.

La era del los datos o Dataísmo: también llamado el Big Data

Creer en que todo puede medirse con estadísticas o que un algoritmo puede ser más certero que una opinión humana que podría ser demasiado contextual. Legar la mayoría de actividades humanas a un computador central que se preocupe por cosas que nosotros ya no queremos. Suena ideal, ¿verdad?

Pero si un aparato comprende hasta las mínimas sutilezas de una emoción personal, manifestada en un proceso bioquímico, con una leve variación en los latidos del corazón, podríamos estar a las puertas de una imparable dictadura tecnológica. Si dichos algoritmos serán los vigilantes del mañana, ¿quién vigilará a los vigilantes?

Estas y otras preguntas surgen para quienes se cuestionan la posible hegemonía de esta era. Para algunos es un paso natural del progreso, pero para otros es una era preocupante. En dependencia de su nivel de conspiranoicismo, en el futuro usted tendrá que preguntarse, cual episodio de Black Mirror, si prefiere que un algoritmo determine su porcentaje de compatibilidad con su futura media naranja, o si prefiere seguir realizando su búsqueda personal de forma tradicional.

Quien se dedica a responder con mayor amplitud y solvencia (o al menos hace un excelente intento) es el historiador Yuval Noah Harari. Son recomendable sus libros Homo Deus: Breve historia del mañana y 21 lecciones para el siglo XXI.

La Apostasía o la última posibilidad de un Avivamiento espiritual

El término apostasía no es exclusivo del cristianismo ni tiene unicidad de usos y significados. Pero en este caso se usa como nombre genérico para una simplificación.

La iglesia cristiana en general (católica y protestante) considera que estamos viviendo la era de la Apostasía, donde la mayoría de la humanidad se ha alejado de los caminos de Dios. Eso sería señal solamente de dos cosas: o ocurre la debacle espiritual que podría llevarnos al próximo Avivamiento (el tan ansiado renacer espiritual que toda iglesia esperaría, para cambiar una humanidad devastada y procurar vivir el camino espiritual en la tierra), o está cerca de ocurrir la Segunda Venida de Cristo, lo cual trae muchas implicaciones, como el hecho de que Dios traerá juicio a la humanidad.

La era de Acuario

Para quienes creen en esto se puede hablar de una era astronómica y otra astrológica. En este caso, nos referimos al grupo humano que cree que los astros y la energía cósmica pueden influir directamente en la realidad circundante.

Para quienes creen en que estamos en la era de Acuario, en realidad estaríamos viviendo los primeros síntomas de un gran cambio en general. Por un lado estaríamos viviendo los últimos rescoldos de una cultura demasiado egoísta y materialista, pasando por fin a una comprensión mejor del entorno, lo cual llevaría a las nuevas generaciones a vivir una mejor condición humana, una más consciente que la que nos tocó.

Es por eso que todavía estaríamos en la etapa donde existen personas aferradas al pasado, egoístas e inconscientes, al mismo tiempo que aparecen jóvenes que aman más la naturaleza, el medio ambiente y tienen una percepción del mundo mucho más amplia y menos limitada por la religión o la implacable prueba positiva de todas las cosas (esa tendencia de la ciencia a exigir pruebas aparentemente irrefutables para todo, además de la verificación por pares).

El Antropoceno

Principalmente utilizado por algunos historiadores contemporáneos, esta etiqueta sirve como una forma de establecer nuestra relación directa con el mundo, mientras hemos sobrellevado nuestro relato como humanidad.

Es decir, nuestro impacto en el mundo es tan fuerte, al menos desde que podemos considerarnos la especie más dominante sobre la superficie terrestre, que si la humanidad entera desapareciera ahora mismo, podrían pasar en algunas regiones hasta cientos de años y nuestras huellas seguirían aquí, a la espera de otra civilización con inteligencia que pueda encontrar todos esos vestigios.

Ya que nuestro impacto en el mundo ha dejado una huella poderosa, no podemos ignorar que quizá sencillamente esta es la era de la mayor huella humana en el mundo, así a secas.

Modernidad líquida

Acuñado y popularizado por Zygmunt Bauman, en lugar de esta viviendo una posmodernidad o transmodernidad, en realidad estaríamos viviendo una modernidad tardía, la cual está en su etapa volátil y decadente.

Una modernidad líquida sería aquella que (a grandes rasgos) nos presenta la fragmentación (que no eurocentrismo… aunque reconoce que las influencias imperiales pueden ser determinantes) como respuesta de la decadencia de lo que otros reconocen como muerte de los relatos, lo cual equivaldría al iceberg que poco a poco se dispersa en pequeños pedazos. Los paradigmas generales seguirían siendo los mismos, pero mucho más débiles y por consiguiente volátiles. Esto puede parecer simple, pero quienes creen en esta era consideran que todo lo sólido tarde o temprano se desvanece.

La Nueva Edad Media

Umberto Eco acuñó el término y puede considerarse su máximo representante, aunque en los últimos años ha ido ganando sus propios adeptos.

Al parecer estaríamos ante una nueva era de ignorancia e intolerancia, en la cual estaríamos tan saturados de información y facilidades, que por nuestra condición humana elegiríamos con olímpica placidez la ignorancia. Por ejemplo, antes hacer una tarea académica compleja implicaba un viaje de descubrimientos a través de los libros, lo cual nos confrontaba a una constante serendipia. Ahora Google ofrece la respuesta al interesado, por lo que nada más copiaría y pegaría, sin comprender en toda su dimensión el valor de la información ganada.

De igual manera, si la lucha por lo políticamente correcto no se lleva por una senda más apropiada, podría conducirnos a una era de intolerancia donde podríamos llevar al ostracismo a miles de personas y por las razones equivocadas.

A esto se debe añadir la jugarreta de miles de medios que desinforman y otros tantos que lo hacen de forma sesgada y a medias, por lo que estaríamos ante una avalancha de bulimia intelectual que podría resultar contagiosa. Es la ventana a una nueva de era de oscurantismo, con todo y los logros humanos alcanzados.

La era Neobarroca

Es posible que ahora resulte un término desconocido. O quizá no. La cuestión es que, aunque no lo parezca, a principios de la década de los noventa fue cuando gozó de una gran popularidad y apogeo entre las más importantes capas intelectuales de América y Europa. Se podrían citar una gran lista de autores y adeptos. Pero el ensayo que facilita el propósito de resumir es el de Omar Calabrese, La era neobarroca.

Según Calabrese, son nueve los rasgos definitorios de esta era neobarroca: ritmo y repetición (la repetición hasta el paroxismo de productos culturales cuyas únicas variantes son contextuales o generacionales, como ver series de tv con los mismos personajes cliché de siempre); límite y exceso (las disonancias que contraríen los valores históricos que nos anteceden, como el excesivo culto al tatuaje y piercing en nuestro siglo, por mencionar un ejemplo simple); detalle y fragmento (ya no nos gusta tratar de comprender el todo, porque siempre estamos corriendo, pero agradecemos como un hallazgo mágico cuando descubrimos los detalles esenciales de un fragmento repasado); inestabilidad y metamorfosis (la estabilidad de las formas clásicas es agradable, pero parece tener algo de moral y anticuado, por lo que preferimos la parodia, la representación y la mirada que de continuo se transforma); desorden y caos (la estructura ordenada nos parece una limitación histórica, por lo que queremos comprender qué puede ofrecernos la teoría del caos o la comprensión del efecto entrópico en una aplicabilidad social, antropológica y cultural); nodo y laberinto (queremos establecer nuevas redes de comunicaciones, para ampliar nuestro campo de posibilidades, pero ya no nos importan las respuestas definitivas, ni encontrar la salida al laberinto); complejidad y disolución (a medida que la sociedad se complejiza, la reinventamos con la facilidad de deshacer una figura, remoldearla y pretender que vuelva un estado inicial, cuando en el fondo sabemos que es imposible… y avanzamos a expensas de ello); “más o menos” y “no sé qué” (la subjetividad, el relativismo, las acotaciones y los matices han vuelto en imperativo el principio de incertidumbre, llevándonos también a híbridos antes no concebidos); distorsión y perversión (puede considerarse la síntesis conceptual y filosófica de todos los anteriores, donde el orden del discurso, el orden natural de las cosas queda por siempre trastocado).

Relativismo y transición

Si no está conforme con nada de lo planteado con anterioridad, puede asumir el camino más sencillo para muchos: que de alguna manera es prematuro colocar nombre a una realidad tan diversa, que parece a la espera de un acontecimiento rector que permita señalar con contundencia un nombre genérico y particular que nos represente con amplitud. Un nombre nadie lo elige al azar, pero ciertamente pasa como todo en la vida: cuando se sabe, se sabe. Es probable que este algún día llegue y que mientras tanto nuestra opción es vivir el presente sin preocuparnos demasiado por ello.

Es eso o nos tocará esperar a que las generaciones futuras nos pongan la etiqueta histórica, como siempre ha ocurrido.

* * *

La obviedad me gana en este asunto: lo más evidente es que vivimos en una era a la que todavía no podemos ponerle nombre, pero que abarca un poco de todas las características anteriormente mencionadas.

Además, quizá solo dos destacan realmente por sobre las demás: el Dataísmo y el Antropoceno. No por ello son la verdad de este mundo. Sí para tener en cuenta, pero no para considerar la realidad desde ese filtro. Lo cierto es que cada vez como humanidad realizamos menos observación directa de la naturaleza y de las cosas y del mundo, y nos dedicamos a matizar según la necesidad. Eso dificulta las cosas, por si queremos comprender en lugar de solo saber. Pero saber y comprender también tiene sus propios males y afanes.

Nunca está de más hacer alguna pequeña aclaración al respecto, para hacer el esfuerzo de dejar de alguna forma toda instancia salvada. Si bien he mezclado tendencias estética, etiquetas sociológicas e incluso nombres espirituales, no ha sido mi intención poner a competir unas con otras, ni considerar unas y excluir otras. Sencillamente, como se aclaró al principio del post, la idea era presentar algunos de esos nombres con los que los diferentes grupos humanos han nombrado nuestra realidad contemporánea. Cada uno decidirá por lo que hay o quizá esté destinado a inventar un nombre nuevo.