Antes de que acuse a este post de morboso o pretencioso, al menos primero revise la lista y encuentre algo de su interés. Luego revise si el tema fue tratado de forma inapropiada y solo entonces podrá formarse una opinión más sustentada. Sé que todo esto lo sabe de antemano, pero es un recordatorio para que se tome su tiempo de leer con cabeza fría y así enterarse de paso de algunas historias que incluso son dignas de compartir en alguna conversación particular no por simple cotilleo, sino por que en verdad son interesantes.

De todos modos, por si acaso colocaré un letrero de advertencia que considero importante:

advertencia - responsabilidad

Curados en salud con todos los conjuros y advertencias, entonces podemos pasar al tema que nos compete en esta ocasión.

Generalidades

La obviedad del día: los escritores son seres humanos. Y como tales no están alejados de las controversias y anécdotas pintorescas que nos atañen a todos. Eso implica la dinámica culpabilidad-inocencia. Algunos escritores han vivido injusticias y también fueron víctimas de las circunstancias y de su tiempo. En cuanto a señalar culpabilidades concretas, en realidad me arrogo el derecho de pasar la bola a manos especializadas.

Este será apenas un brevísimo repaso de asuntos por de más conocidos (al menos para los círculos e interesados en asuntos de cultura local), por lo que solo me mueve la intención de informar en un solo lugar, para que el lector interesado se pueda mover a investigar por su cuenta.

El Salvador, muy en particular, tiene salpicada su historia de rumores, hechos trágicos y situaciones que incluso pueden considerarse penosas para una sociedad que en la actualidad se autoconceptualiza como democrática y civilizada.

Encarcelamientos, censura, asesinatos, chambres de mundillo y círculos intelectuales, exilios, acusaciones controversiales sobre la vida privada… El Salvador es todo un caldo de cultivo sociológico y cultural.

Solo de los encarcelamientos y los exilios se podría sacar una lista demasiado amplia, lo suficiente como para servir de termómetro cultural. De igual manera ocurriría con enlistar los rumores sobre preferencias sexuales (que en esta sociedad mojigata ultraconservadora es el pan de cada día) y la libre elección de pareja (acusada de promiscuidad en nuestra sociedad), que por ser tan generales han pasado a convertirse en un lastre y casi cliché en la vida del artista nacional.

En un país donde hasta la posición política y el gusto por la bebida parecen digno de comentario, no faltan las anécdotas que sobreviven a los años y se pegan como un estigma. Es así que el solo escribir este breve repaso será reprochable para muchos, cuando en realidad podría servir como un recuento para reflexionar frente al espejo de una sociedad mohína, cuya actitud puede considerarse casi hostil, si la observamos un poco desde la distancia.

En fin… como no se pueden abarcar todos los casos, tocará entonces mencionar los más interesantes e ilustrativos.

El caso de Matilde Elena López

Cuando hablamos de los históricos y restringidos círculos intelectuales del país, Matilde Elena López es una figura de primer orden. Con todo y eso, como suele ocurrirle a cualquier persona que se exponga al escrutinio del público en general, en varias ocasiones nuestra insigne ensayista fue acusada de plagio, aunque en realidad fueron más rumores que intentos serios por demostrarlo.

Desde acusaciones de recrear (en buen salvadoreño decimos “fusilar”) los trabajos de Arnold Hauser, György Lukács y alguno que otro teórico ruso, hasta asegurar que nada de su obra le pertenecía. Una acusación irresponsable, se vea por donde se vea.

Sin embargo, hay una que parece contundente, aunque nadie se tomó la molestia de demostrarlo. Para que no crea que esto va con mala intención, usted por su cuenta puede googlear para verlo de primera mano. Nuestra gran ensayista es conocida por su trabajo Hamlet, Don Quijote, Don Juan, Segismundo y Fausto, cinco grandes mitos del arte en la edad moderna, publicado en 1966. Ahora busque (puede seguir el link si gusta) Los grandes mitos de la edad moderna: Don Quijote, Don Juan, Segismundo, Hamlet, Fausto; conferencia leída en el Ateneo científico de Madrid, de Blanca de los Ríos de Lampérez, el cual fue originalmente publicado en 1916.

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Como el ensayo de Blanca de Los Ríos fue publicado en 1916 y Matilde Elena López nació en 1919, por fuerza la justificación tendrá que venir de nuestros críticos y especialistas salvadoreños.

Para no caer en la imprudencia, quiero pensar en que quizá solo se parecen un poco los títulos. Y digo esto para aclarar que no tuve acceso al ensayo de la intelectual española, como para tratar de cotejar punto por punto. Si usted, estimado lector, tiene acceso, o conoce alguna forma de tener ambos ensayos a la mano, podría ser el indicado para zanjar este asunto.

El caso de Álvaro Menen Desleal

Conocido principalmente por sus cuentos y su teatro, e injustamente olvidado como ensayista, el escritor santaneco es un referente indudable en la literatura salvadoreña. Pero con ser así no se salvó de las acusaciones de plagio, sobre todo por un error de interpretación de quienes difundieron la calumnia en aquel momento.

Con un libro de cuentos con el que ganó un prestigioso premio de aquel tiempo, nos presentó una carta-prólogo de Jorge Luis Borges. A todas luces se evidencia ese característico estilo, por lo que fácilmente se podría confundir cualquier seguidor borgeano. Fue tanto así, que una editorial argentina incurrió en el error de publicar dicho prólogo, en una recopilación titulada El círculo secreto, que data de 2003. Si quiere leer mayores detalles de esta historia, le recomiendo el maravilloso artículo del escritor Rafael Menjívar Ochoa.

En una posterior reedición del libro podemos encontrar una nota al pie explicativa: “Años después de publicado este libro, se descubrió que esta carta es apócrifa”. Es curioso que colocaran ese comentario, si tomamos en cuenta que en una investigación y recopilación hecha por expertos en la obra de Borges tendrían que haber detectado, de inmediato, que algunas combinaciones interoracionales se pueden hallar en el prólogo del libro Discusión, publicado en 1932. Y eso sin mencionar las otras influencias, por supuesto.

En una anécdota contada por el escritor Adolfo Bioy Casares nos enteramos de lo siguiente:

Miércoles, 11 de septiembre. Come en casa Borges. Dice: «Tengo que consultarte sobre algo». Trae un libro, Cuentos breves y maravillosos, de un salvadoreño, un tal Menen Desleal, y una carta, de otra persona, guatemalteca según creo, que le ha enviado el libro. El título, obviamente, recuerda el de nuestra antología Cuentos breves y extraordinarios. A manera de introducción, el libro trae una carta de Borges, muy elogiosa de los cuentos incluidos. La carta es indudablemente apócrifa: una suerte de centón de frases de Borges hilvanadas. Borges comenta: «Con tal de que Madre no haya contestado por mí, sin decirme nada». Pronto descartamos la hipótesis: la carta era demasiado larga, su madre no la hubiera escrito tan larga; él, menos aún… La madre no hubiera imitado el estilo de Borges. En cuanto a las grandes barbas rizadas, Borges está seguro de no haber escrito eso.

Leemos algunos cuentos. Uno, titulado «Los cerdos», es gracioso. En una aldea, cuando el molinero lee unos manuscritos que descubre en el molino, se convierte en cerdo. Luego lee los manuscritos la mujer del molinero y también se convierte en cerdo. Igual suerte corren niñas y niños, el cura, etcétera. Hacia el final del relato se habla de unos estudiosos de no sé qué universidad, que observan el molino desde una distancia prudencial.

El libro trae un postfacio en que el autor pide a Borges disculpas por la carta apócrifa. El guatemalteco que envía el libro dice que él escribe sobre los auténticos valores salvadoreños y aun de toda Centroamérica, pero que llama la atención sobre este plagio. La carta apócrifa habría valido a Desleal un Segundo Premio Nacional de Literatura.

Borges no sabe muy bien qué hacer. Piensa que el autor es persona más inteligente que el corresponsal pero que alguna razón tiene éste, porque, para que la carta apócrifa pasara como parte de una broma, el autor no debería hacerla trabajar en provecho propio: los generosos elogios de sus cuentos invalidan su carácter de obra desinteresada. Yo le digo: «No podés ponerte en contra de un pobre individuo bastante inteligente, que has montado hasta tal punto que no tiene libertad ni posibilidad de escribir, sino como imagina que vos escribís». Contesta, por fin, sin dar mayor importancia al asunto: con elogios para el libro y aun para la carta apócrifa.

Como sería de mala educación dejarlo sin conocer la supuesta carta-prólogo de Borges al libro de Álvaro Menen Desleal, se la adjunto para que pueda leerla.

Mi querido amigo:

Al conocer sus Cuentos breves y maravillosos, pienso que no fue meramente accidental que Kafka escribiera La muralla china: se repite en usted la nota de lo que con Bioy Casares llamamos las antiguas y generosas fuentes orientales. Se repite y se prueba mi idea de que el número de fábulas o de metáforas de que es capaz la imaginación de los hombres es limitado, pero que esas contadas invenciones pueden ser para todos, como el Apóstol. Limitado o no, lo cierto es que usted prueba a su vez que ese número no está en manera alguna agotado. Debo agradecerle ese descubrimiento: si repara en “La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga” verá que, en efecto, yo no solicito otra virtud que la de su acopio de informes; pero la joya la dejo allí, impenetrable, delicada, límpida, como la concibiera un día en Elea el discípulo de Parménides, negador de que pudiera suceder algo en el universo. Mas usted le da nuevo engaste y logra con intensidad lo que otros, en más de veintitrés siglos, no lograron con extensión. Por eso yo no acepto el homenaje que me rinde al declararse mi seguidor. Si de algo es usted seguidor es de sus propios sueños. La mejor prueba de este aserto está en “El mapa ecuménico”.

Su cuento “Misión cumplida” es el cabal logro de algo que perseguimos todos: el equilibrio de lo esencial en lo narrativo juntamente con el episodio ilustrativo, el análisis psicológico, el adorno verbal. El terrible tema de las motivaciones, del libre albedrío, se encuentra encerrado en esas dos páginas: Alguien, quizá de grandes barbas rizadas, me dicta ahora desde Casiopea A estas líneas para usted; es Él Mismo que impidió vernos cuando usted pasó por Buenos Aires.

Creo que no debe preocuparle su predilección por los temas orientales. Es razonable lo que usted piensa de que de ninguna manera ese surrealismo sui generis que lleva el pathos oriental, puede significar una literatura “de evasión”. No fue por evasión que la fábula china floreció especialmente en los siglos III y IV antes de nuestra era y en los siglos XVI y XVII. Bien lo supieron las dinastías Chou y Ming. Por lo demás, no se limita usted a presentar simples traducciones, sino que recrea y hasta llega a la total invención como ocurre con “La edad de un chino”, cuya poesía y cuya forma chinas no las destruye ni el saber que nombres de personajes, trama y fuentes no son sino invención suya. ¿O estarán en alguna biblioteca de Casiopea A esas “Crónicas del Reino del Dragón Eterno”, del siglo XIII…?

Pienso que, además de los mencionados, cuentos como “El cocodrilo”, “El viaje inútil”, “La hora de nacer”, “Los cerdos”, “El suicida” y “El último sueño” son tan redondos y tan bien logrados, que han de quedar dentro de la mejor literatura que se escriba en América en este siglo. Lo mismo puedo decir de las pequeñas joyas que son “El sueño soñado”, “El cuento soñado”, “La sequía” y “El cazador”. Estos y otros cuentos suyos son flor para los años.

Su amigo, Jorge Luis Borges.

Está tan bien lograda, que provocó un pequeño escándalo entre la intelectualidad salvadoreña de la época (y aunque usted no lo crea, el rumor y la acusación duró muchos años en varios círculos). Fue tanto así, que el escritor guatemalteco-salvadoreño Alfonso Orantes le escribió a Borges, para tener la prueba contundente que cerrara de tajo el asunto. Esta fue la respuesta de Borges:

Estimado señor:

Mucho agradezco su carta del 29 del pasado.

No recuerdo haber escrito la generosa y acaso justa epístola que me atribuye el señor Álvaro Menen Desleal, a quien no conozco; sospecho que se trata de un ingenioso mosaico de frases mías, tomadas de diversos textos y amplificadas por el mismo señor A.M.D.

Ya que el volumen consta de una serie de juegos sobre la vigilia y los sueños, queda la posibilidad de que mi carta sea uno de tales juegos y travesuras.

Suyo, muy cordialmente,

Jorge Luis Borges

Entre conocedores de la obra de Álvaro es una anécdota clásica por excelencia. Y ahora que poco a poco su obra comienza a internacionalizarse, no faltan los comentarios sobre este asunto. Es una lástima lo que el escritor tuvo que soportar injustamente. Pero como todos sabemos, el tiempo es el juez al que le toca hacer lo suyo y eso puede tardar más que nuestros contados años de vida.

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Esta historia de la carta apócrifa y su publicación adjudicada al mismísimo Borges hace pensar en que la realidad supera a la ficción. Si el ilustre escritor supiera sobre esto, de seguro le habría parecido gracioso.

El caso de Mario Hernández Aguirre

El poeta y ensayista tuvo menos suerte que los escritores anterior mencionados. Incluso para usted, estimado lector, es posible que su nombre le resulte totalmente desconocido y en cierto modo es comprensible. Pero antes de la acusación de plagio, en su tiempo Hernández Aguirre gozó de un gran prestigio intelectual, llegando incluso a servir a la nación como diplomático.

Pero en un certamen literario (no logré corroborar el dato de si realmente fue en los Juegos Florales de San Salvador de 1969) participó con el poema El hombre a quien la aurora señalaba, el cual estaba dedicado a Alberto Masferrer. Y resultó que en realidad era un plagio al escritor argentino José Portogalo, autor del poema El hombre del alba, dedicado al pensador José Carlos Mariátegui. El descubrimiento lo hicieron Otto René Castillo y Manlio Argueta, siendo este último quien nos cuenta con mayores detalles esta interesante historia.

El caso de Mario Rojas

Es el caso reciente más conocido y quizá el más escandaloso, gracias a que vivimos en la era de la información y del internet.

Mario Rojas ganó los Juegos Florales del año 2012, en 2013 su trabajo fue convertido en libro y hacia el final de ese año se descubrió que a excepción de un par de cuentos suyos, el resto fueron plagios íntegros a diferentes autores. Se hizo tanto escándalo, que el jurado calificador de esa edición de los juegos se tuvo que pronunciar.

Muchos escritores dieron opiniones y desaprobaciones en tono y palabras solemnes, pero con el tiempo, como siempre ocurre en estos casos, todo quedó en el olvido. El Diario de Hoy realizó una entrevista al respecto. Por cierto, el artista salvadoreño Javier Ramírez escribió una columna de opinión sobre este suceso en general, que me parece muy interesante.

Dicho sea de paso, hay un rumor sobre el cambio de último momento de las bases de los Juegos Florales de 2013, lo cual benefició a ganadores de la segunda y tercera premiación (cuando se hacían tres convocatorias anuales), quienes en su mayoría no cumplían con uno de los requisitos que las bases de ese año exigían. No logré encontrar información confiable en ningún sitio para confirmar. Eso sí, me pareció curioso ver que las bases habían sido eliminadas del sitio oficial (incluso no las pude encontrar con la herramienta que ofrece archive.org) y comprobar que en la primera convocatoria sí premiaron a escritores menores de 30 años, lo cual era un requisito inicial (en teoría ese año se convocaban a noveles para brindar oportunidad… pero al final premiaron a varios con trayectoria). La única manera de comprobarlo sería que alguien tuviera en sus manos las bases impresas que la Secretaría de entonces distribuía en diferentes instituciones. Hasta entonces quedará como un rumor sin fundamento.

Poetas mártires

Aunque no lo fue en el rigor más absoluto, a Roque Dalton se le considera un poeta mártir por excelencia. En realidad su caso es más complicado que eso, pero de eso ya escribí un poco en otra ocasión.

En realidad podemos considerar como poetas mártires a aquellos que perdieron la vida en los albores de la guerra civil salvadoreña o durante la misma. Como son varios, solamente puedo remitirlo al extraordinario artículo que escribió el escritor Mauricio Vallejo Márquez, quien con más propiedad hace tratamiento del tema y cubre al menos un poco de ese gran vacío histórico del que se adolece en este caso.

Alfonso Hernández, Lil Milagro Ramírez, Amílcar Colocho, Arquímides Cruz, Delfina Góchez Fernández, Jaime Suárez Quemain, Mauricio Vallejo, Leyla Patricia Quintana Marxelly son algunos de los poetas y mentes brillantes que murieron tempranamente, dejando truncada la posibilidad de llegar a convertirse en escritores con una obra más sólida y madura. Así que quedaron para siempre jóvenes, con esa frescura y esa tristeza que no dejó de lado jamás a la esperanza.

Poetas suicidas

En El Salvador el poeta suicida más famoso es Alfredo Espino, quien se quitó la vida a los 28 años de edad, en 1928. Que por cierto, la manera en la que lo hizo no está del todo clara, ya que se conocen varias versiones.

El segundo caso más conocido es el de Orlando Fresedo, de quien no se esclareció jamás si fue un acto deliberado (un suicidio a toda regla) o accidental, ya que fue hallado muerto en un cuartucho, y la causa de muerte fue intoxicación alcohólica (muy al estilo de Amy Winehouse, para dar una referencia contemporánea y más popular). Hay que añadir que fue enterrado en una fosa común del cementerio La Bermeja, y a su sepelio asistieron poquísimas personas, casi todas amistades del poeta.

Pilar Bolaños, José Calixto Mixco y Armando Rodríguez Portillo son otros casos de poetas salvadoreños que decidieron quitarse la vida. Y si no me equivoco creo que hay más casos, pero encontrar información al respecto es muy difícil (lo usual es que solo se mencionan en las minibiografías cuándo nació y cuándo murió un escritor, y rara vez se añaden los detalles). Intuyo que los hay, porque abundan los escritores salvadoreños que fallecieron a temprana edad. Ya sea por pura estadística o probabilidad, de todos modos si no murieron por suicidio el asunto es que muchos escritores salvadoreños han fallecido tempranamente.

El último caso que se conoce es el de Daysi Carolina Jiménez, quien se sabe estaba a punto de publicar su primer libro.

La literatura del chambre

Por si llega a leerme alguien de otro país, en El Salvador se le llama chambre al chisme, al cotilleo. El término lo tomé prestado de un artículo de Jacinta Escudos, el cual se publicó en el libro Literaturas centroamericanas hoy, compilado por Werner Mackenback y Karl Johut, en 2005.

Básicamente aquí entran todas esas novelas y cuentos que literalmente convierten los rumores (y a veces calumnias) en material literario. De seguro es algo que ocurre en las literaturas de todo el planeta, pero en particular en El Salvador se puede crear una lista amplísima.

Y creo que desde que escribo en este blog será la primera vez que me autoncensure tanto, porque me abstendré de mencionarle ejemplos concretos (algunos de esos escritores, aunque de pura casualidad vinieran a parar aquí, se lo tomarían demasiado a pecho y como un ataque directo).

Para no dejarlo decepcionado, basta con decir que en la literatura salvadoreña se podrían identificar con facilidad al menos 17 libros (la mayoría novelas) dedicados al chambre.

Censura

Desde revistas y otros medios impresos mandados a guillotinar, hasta la prohibición de circulación de algunas obras en El Salvador. Y aunque usted no lo crea, los últimos rumores que se conocen es de una revista cultural que mandó a ser destruida a último momento, hace apenas unos años. Pero rumores son rumores y quiero pensar que en el presente siglo ya no ocurren esas cosas.

Es muy conocido el caso de Miguel Ángel Espino, a quien se le obligó a cercenar partes completas de su novela Hombres contra la muerte, cuando fue publicada en Guatemala la edición que se distribuiría en el resto de Centroamérica. El otro caso más conocido es el del escritor David Hernández, a quien en 1995, a una semana de la publicación de su novela Putolión, la mandaron a destruir e incluso se dice que buscaron a los primeros compradores, para convencerles de regresarla. Es evidente que esto último suena a exageración, pero la verdad es que de mi país creo que no me sorprendería.

Dos exilios en la época de la paz

Desde la fundación de la República, pasando por la dinastía Meléndez-Quiñones, la dictadura de Hernández Martínez, todos los gobiernos militares y los primeros gobiernos de civiles hasta terminada la Guerra Fría, la ingente cantidad de exilios da para un amplio tratado.

Y sé que sonará feo, pero visto en retrospectiva hasta me parece normal que todo ello ocurriera, dados los respectivos contextos a los que se vio sometido el pueblo salvadoreño, gobernado casi con barbarie, aunque el solo decirlo me haga ganar el reproche de muchos que extrañan los gobiernos militares.

Pero firmados los Acuerdos de Paz en 1992, suena en cierto modo impensable la posibilidad de un exilio. Al menos no uno oficial, lo cual es importante aclarar. Hasta donde sé, los dos casos que mencionaré a continuación no son exilios en el sentido clásico en el que se entiende, ya que ambos escritores pueden entrar y salir del país cuando quieran. Sin embargo, en su momento ambos denunciaron recibir amenazas, por lo que buscarían salir del país, para no arriesgar sus vidas.

Creerle o no a un escritor en estos casos es algo de lo que no voy a opinar. Pero es importante añadir el dato, para que usted, estimado lector, juzgue el asunto por su cuenta.

El primer caso es el de Horacio Castellanos Moya, quien tras publicar su novela El asco: Thomas Bernhard en San Salvador, en 1997, recibió amenazas de muerte por teléfono, las cuales recibió la madre del escritor y se las comunicó. A medida que aumentó la hostilidad, a la primera oportunidad el escritor salió del país, y en alguna ocasión ha comentado que a pesar de los años se sigue sintiendo incómodo cada vez que viene a estas tierras.

El segundo caso es el de Jorge Galán, quien después de publicar su novela Noviembre recibió amenazas de muerte y decidió irse del país en la oportunidad más inmediata. En su momento incluso el tema fue noticia y no faltó quien intentara desacreditar la situación del escritor. Aunque… bueno… debo decirlo… en El Salvador se suelen invalidar casi todos estos casos y solo hasta que ocurre lo peor la gente suele pronunciarse con gravedad.

No olvide que de ambas novelas se ha escrito minirreseñas en este otro artículo, por si tiene interés en alguna de estas obras.

Los poetas novios de Cuscatlán

Es como se les conoce a Ana Dolores Arias y Rafael Cabrera, poetas y grandes intelectuales de su época. De su relación hay muchos rumores e idealizaciones, aunque todo indica que hay mucho de verdad, por el signo trágico al final de su historia.

En algún momento Rafael Cabrera viaja a Guatemala, donde sigue su trabajo personal y escritura, hasta que de repente se enfermó. No dejó de tener comunicación con ella, pero todo se agravó y él falleció en 1885. Tres años después ella falleció. Se sabe poco de las circunstancias específicas en las que ella murió. Si él nació en 1860 y ella en 1859, entonces él murió de 25 años y ella de 29 años. Desde entonces se les sigue recordando como Los poetas novios de Cuscatlán, y hay que añadir que ambos escribieron exquisita poesía, la cual es un gran legado para El Salvador.

* * *

Me sentí tentado a escribir un apartado sobre escritores salvadoreños asesinados (no mártires, sino asesinados así, nada más, según eventos circunstanciales), pero al final me pudo más la autocensura. Si bien eso puede ser una contradicción de mi parte, tomando en cuenta que escribí los otros apartados, debo admitir que el asesinato sin motivo o la muerte accidental o por enfermedad me resulta tan desolador, que admito que por eso prefiero evadir el tema.

La muerte a todos nos tocará, pero por lo mismo es que como humanidad tenemos el consenso de tratar de no banalizar tanto el tema.

Es una tragedia el cómo terminaron muchas de las vidas de nuestros escritores y también cómo los casos de plagio alimentaron el imaginario de nuestro pueblo salvadoreño, quien las más de las veces suele ver con desdén la producción nacional.

De todos modos es importante conocer estos casos, para recordar que hasta en las circunstancias históricas más impensadas hay material para suficiente reflexión y aprendizaje personal.

Quería cerrar con un breve comentario sobre la Guirnalda salvadoreña, para darle un final más gracioso, pero esta entrada de por sí quedó demasiado larga. En fin… a lo mejor cuento la anécdota en otra ocasión.