Trenes, de Miguel Ángel Espino, es una de las apuestas literarias más interesantes de toda la literatura salvadoreña. Si bien no es uno de los libros más leídos por salvadoreños y a veces se le pasa de largo en nuestros programas educativos, también es cierto que es un libro iniciático, lento y a la vez instantáneo, como si estuviera en un melancólico y perpetuo presente. En otras palabras, demandará mucho de sus lectores posibles, quienes tendrán que poner todo de su parte al prestarse al juego de su lectura, y carece de una historia en ese sentido tradicional con el que pensamos en la narrativa.

Y es que esta obra literaria le rehúye precisamente a esas etiquetas. ¿Qué es Trenes? ¿Novela? ¿Un curioso relato? ¿O un largo e inmenso poema en prosa? No pecaré de pretencioso queriendo dar con una respuesta definitiva, pero la verdad es que nada pierdo con hacer un pinino como buen (o mal) advenedizo, en esto de la reflexión literaria.

Aunque de entrada debo advertirle que con esta reflexión no pretendo pasar por academicista, por fuerza citaré definiciones que yo ni en sueños podría redactar. Si está interesado en leer algo más especializado sobre la vida y la obra de Miguel Ángel Espino, le recomiendo el estudio que hace el escritor salvadoreño Luis Alvarenga.

¿Poema o novela?

En primer lugar, la poesía es con toda seguridad el género más fundamental de la literatura, y eso se debe a que está en todos lados. En todas las civilizaciones de la humanidad no siempre hubo relatos míticos ni tampoco grandes épicas o cantares de gesta. Pero cualquier especialista sabe que en todas las civilizaciones de la humanidad siempre estuvo presente la poesía. Incluso en las formas más insospechadas.

Con esto habré pecado de caer en una terrible reducción al absurdo, pero es un paso necesario: en Trenes hay poesía (como hay poesía en casi todas las manifestaciones literarias que estén bien logradas o que sean obras de arte), pero no se trata de un poema en prosa. Incluso a sabiendas de la existencia de la poesía anecdótica como forma de creación, en realidad en este texto literario Miguel Ángel Espino deliberadamente tiene una intención estética que se acerca más al género narrativo que al género poético. Aunque en principio no lo parezca.

De igual manera hay poesía con diálogos y podríamos discutir sobre los puntos a favor o en contra, para ver si por características y descripciones pega o no. Notará hasta entonces que eso también es un gran embrollo, porque podría caracterizar a muchos de esos larguísimos poemas de la antigüedad como una suerte de protonarraciones.

Pero volvamos al punto. El asunto problemático con la novela como género narrativo es que tiene una variedad de recursos que la vuelven increíblemente versátil. Incluso para muchos teóricos esto es el síntoma de un género en desarrollo, que todavía no está prefijado en reglas inamovibles, por lo que sigue siendo el género narrativo predilecto para experimentar. 

De esta manera, por mencionar dos ejemplos radicales, podemos escribir un párrafo en el que resumimos mil años de historia o podemos alargar un acontecimiento fugaz y ralentizarlo al absurdo. Es así que usted puede colocar —por ejemplo— en una narración: “Iba caminando por la calle cuando recordé…”, y a continuación escribir 300,000 palabras para evocar recuerdos sin cesar, sin que por ello la primera acción deje de tener validez como acontecimiento narrativo.

Lo hemos visto en novelas experimentales españolas, alemanas y francesas, siendo el ejemplo más paradigmático En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, en la que vemos cómo una sencilla cena puede alargarse cientos y cientos de páginas. Por supuesto se puede reprochar al respecto que en la novela de Proust hay cientos de personajes y se evocan cientos de acontecimientos, los cuales fluyen precisamente como narración. Pero vayamos por partes. El segundo artificio clave en este caso es la palabra evocar.

¿Novela poemática?

En este caso quiero auxiliarme de las palabras del escritor español Gonzalo Sobejano, quien de manera muy puntual nos ofrece una explicación interesante en su artículo La novela poemática y sus alrededores:

Apuntado queda lo que cabe entender por novela poemática. No se trata de novela «poética», pues cualquier novela, aun si sus datos pertenecen a la realidad histórica, es poética en cuanto presupone la imaginación del artífice que finge la historia con un fin estético. Tampoco se trata de novela «lírica», que sería sólo la variante más subjetivista e imaginativo-musical. Poemática sería la novela que tiende a integrar superlativamente un conjunto saturado de las virtudes del texto poético por excelencia: el texto en verso (épico, dramático, lírico, temático), en el cual los estratos todos de la obra de arte de lenguaje, desde el sonido al sentido, cumplen un máximo de concentración y perdurabilidad; semiosis (no mimesis), lámpara (no espejo), símbolo (no concreción), mito (no historia), espacio íntimo, tiempo rítmico, acción como vehículo de conocimiento, exploración de las fronteras entre lo perceptible y lo oculto, personajes insondables, narrador omnímodo, lenguaje que más que decir lo visto canta lo soñado. […] La metaficción (la novela autorreflexiva, que se piensa a sí misma) sería, a mi entender, el caso más diáfano de «antinovela»: poner de manifiesto la aventura de la escritura no puede hacerse sin atentar contra el hechizo que la novela quiso siempre ejercer sobre la conciencia del lector. Sin embargo, la antinovela metafictiva nunca se da en estado puro, sino en combinación con la neonovela: se exhibe la teoría de un texto, el cual vale como ejemplo o aplicación de aquélla.

Esta explicación resulta oportuna para acercanos al fenómeno literario que vemos en Trenes: todo apunta a que se trata de una novela poemática, mezclada con antinovela, ya que rompe con la estructura narrativa tradicional, aunque no por ello la niega ni pretende aniquilarla, porque en realidad utiliza el recurso sin reglas, de forma antojadiza.

Para expresarlo de otra manera, recordemos aquellas palabras que el poeta indio Javed Akhtar utiliza en una comparación hermosa e interesante:

De seguro ya ha oído hablar del juego de la cuerda con el guijarro: atan el guijarro a la cuerda y empiezan a hacerlo girar por encima de la cabeza. Poco a poco empiezan a soltar la cuerda y empiezan a hacer círculos cada vez más grandes. Este guijarro es la sublevación contra la tradición: Quiere alejarse. Pero la cuerda es la tradición, la continuidad que lo sujeta. Si cortas la cuerda, el guijarro se caerá. Y si quitas el guijarro la cuerda ya no puede llegar tan lejos. Esta tensión entre la tradición y la sublevación contra la tradición son en cierto modo contradictorias, pero en definitiva son una síntesis. La síntesis de la tradición y la sublevación contra la tradición siempre estarán juntas en cualquier buen arte.

Trenes es una hermosa síntesis de lenguaje modernista, con un peculiar tinte costumbrista, mezclado con algunas de las bellas virtudes del primer surrealismo latinoamericano. Y es una narración metaficcional, apegada más al disfrute estético mismo que la comprensión de una historia tradicional.

¿Poioumenon?

El término lo tomé prestado del libro Kinds of Literature: An Introduction to the Theory of Genres and Modes, de Alastair Fowler. Hay una definición básica en Wikipedia, por si tiene interés. El autor se explaya en al menos 15 páginas explicando el término, pero trataré de simplificarlo lo más que pueda.

De entre los géneros narrativos poco frecuentes tenemos un tipo de novela work in progress, que es un estilo de ficción en el que un personaje o un narrador se dedica a escribir una novela, biografía, autobiografía, diario, cuaderno o cualquier otro tipo de escrito que se presta al juego de narración, abundando en digresiones o autorreferencias al proceso mismo de construcción, por lo que podríamos denominarla como novela que se autoengendra. El proceso puede ser simbólico y puede también representar el proceso creativo en sí. El work in progress es una especie de novela que a veces nos cuenta trozos de historia, pero a veces también prefiere hablar del proceso de la novela. Más cacofónico todavía: es una novela que trata sobre la novela y de paso a veces nos cuenta el proceso, partes de algún tipo de la historia que en teoría nos querría contar.

Una característica usual en esta clase de narración es que quien nos está narrando la historia nos recuerda constantemente que lo que estamos leyendo es una obra de ficción, que tiene problemas con el proceso de creación, que reflexiona los artificios del arte de la novela, que procura tratar un problema o una tesis principal, y cómo todo esto se relaciona con el arte y con la vida. ¿Le suena conocido? Parece que en Trenes se ajusta mucho a esta explicación.

Incluso en el poioumenon se encuentran relaciones textuales del mismo escritor (como en Trenes, que se evoca a San Huracán y otros pasajes de escritura anterior no explicitados de forma directa) y se caracteriza por ser un relato discontinuo. Las acciones pueden ser subjuntivas o de simple evocación, lo cual da la sensación de no ocurrir nada, o que en todo caso la narración está perpetuamente pausada en una especie de limbo del presente. En realidad el juego narrativo en sí es el acto ficticio de creación: el experimento radica en ficcionalizar lo ya ficticio. Esto abona en una característica más: pareciera que en este tipo de narraciones nunca se llega a ningún punto.

A estas alturas incluir o no a Trenes como novela, por cumplir con la mayoría de características anteriormente mencionadas, pasará por la problemática que se planteen las diferentes clases de tipología del género. Para quien considere la novela como un género amplio, sin lugar a dudas el poioumenon podría ser incluido.

Juan Felipe Toruño (texto de la izquierda) afirmó que Hombres contra la muerte (HCM) fue escrita por encargo. Ya sabemos que nunca sustentó su opinión con pruebas, pero es justo mostrar este guiño en Trenes (texto de la derecha), en el que Espino hace referencia a un texto llamado San Huracán. Si nos dejamos llevar por el hecho de que en HCM “San Huracán” se titula el capítulo más largo e intenso, además de ser precisamente el capítulo final, quizá estemos ante un insospechado easter egg, que de paso refuta en sí mismo la afirmación de Toruño. Puede ser indicador también del tiempo que el autor pasó concibiendo HCM.

¿Conclusión?

Aunque discutir un género literario puede ser entretenido y útil, entendiendo esto como un mapa para acercarnos mejor y comprender a un texto literario en cuestión, lo primero, lo más importante, lo fundamental es leer la obra misma por simple placer estético y porque queremos disfrutar la recompensa literaria que está esperando a los lectores más pacientes.

El autor de Trenes nos dice que la novela es el estudio de una emoción. ¿De cuál será? ¿Del amor? De ser así prefirió no decirlo, porque quizá era mejor que sacáramos nuestras propias conclusiones. Después de todo la novela contiene demasiadas aristas: por momentos deja en evidencia el pozo de egoísmo y miseria en el que suele fundirse la humanidad desconsolada. Cuando evocamos recuerdos a veces nos da por ver el absurdo de la vida, por lo que gozamos o quizá nos consolamos recreando relatos y dándole orden a ese caos de seres que han pasado en las diferentes estaciones de nuestras vidas.

El narrador-protagonista Carlos discute con una vecina, con la señorita Brisa, con Doralia, con una mesera sin nombre, y con brevísimas apariciones de otros personajes. Pero también dialoga con su otro yo, quien al parecer es el Antiángel de la dedicatoria o algún tipo de doppelgänger. Ese personaje me pareció una metáfora, una peculiar personificación del tiempo que al final adopta la forma de un tren… o quizá del pasajero de un tren.

La finca de Hauxton y la niña aludida de ese lugar es un motivo al que recurrirá durante toda la novela. Eso hará parecer todo una evocación desde un lugar y tiempo indeterminado, con varios desdoblamientos impresionantes. ¿Ya mencioné que la novela tiene un par de reflexiones que nos recuerdan un poco a la cuarta pared?

El tren como viaje del tiempo y de la vida, donde en cada estación suben y bajan personas. Hay estaciones bien cuidadas o que están llenas de gente esperándonos a manos llenas, y otras en total abandono, donde no habrá ni una sola alma.  Pero eso así es: siempre hay estaciones más pródigas que otras. La novela es como un largo mandala de autoexploración, un viaje interior de autodeconstrucción que no por eso deja de transcurrir como una evocación donde los eventos son capaces de coexistir.

El título de la novela debe comprenderse como el símbolo de lo que implica: los trenes van y vienen… cuando vienen nos traen panoramas y cuando se van nos dejan las ilusiones perdidas, marchitando las falsas expectativas que siempre nos construimos. Y también cuando se marchan, por supuesto, se llevan algo muy nuestro, algo íntimo que nunca volverá.