Ya todos los sabemos: nada mejor que una buena historia, pero ¿no pierde la gracia cuando los personajes son planos o sosos? Además, a veces nos marcan más las actitudes e ideas concretas de los personajes, sus excentricidades, sus peculiares maneras de actuar y resolver los distintos escollos de la vida. En suma, nos queda todo ese cúmulo de cosas que los vuelve memorables.

La novela francesa del siglo XIX, en particular, fue la catapulta que mundializó a toda la literatura francesa alrededor del orbe. Serían incontables los periódicos en todo el mundo, en los que se publicaban capítulos semanales de tantas novelas por entrega, y no es exagerado afirmar que muchos de estos escritores se convirtieron en auténticas celebridades.

Así que ese esplendor literario del siglo XIX nos legó genuinas joyas que ahora consideramos nuestros clásicos en la narrativa occidental, sin contar que siguen siendo modelos de aprendizaje para quien se quiera iniciar en el arte de la novela. Es por eso que crear un top sería en este caso improcedente e injusto, por lo que apenas se hará un brevísimo repaso de lo que las letras francesas de esa época nos dejaron. Como siempre, la advertencia no está de más.

¿Conoce las anécdotas sobre las fiestas o los tributos en vida que recibió Víctor Hugo, o de los escándalos causados por Guy de Maupasant, y ni qué decir de la exposición pública que recibió Gustave Flaubert por su Madame Bovary? Eso solo por mencionar lo inmediato. Hasta mediados del siglo XX era de lo más común leer en los periódicos entrevistas y opiniones de escritores, en los asuntos más variopintos. En algunos países del mundo no se pierde esa costumbre, aunque ya no es como antes. Es decir, los escritores dejaron de ese superestrellas y se dedican a lo que mejor saben hacer: trabajar en la orfebrería de las palabras.

Pero la costumbre no se perdió: ¿quién no sigue creyendo, allá en el fondo de la fantasía, que podríamos haber conocido algún escritor que en el futuro se convertirá en alguien famoso? Es una interesante ilusión. Pero lo cierto es que si algo está destinado a sobrevivir mucho más, si se lo merece, es la obra de un escritor. Y si en esa obra hay personajes memorables, esos podrían traspasar las fronteras de los siglos y convertirse en modelos, arquetipos y hasta mitos.

Es por eso que ahora le traigo algunos personajes memorables, para que si los había olvidado o no los conocía, se anime a repasarlos o leerlos por primera vez. No le miento al decirle que todo será ganancia. En sus respectivas novelas, cada uno se ha ganado su lugar a pulso.

Adolphe

Cómo olvidar este personaje de Benjamin Constant de Rebecque, en cuya novela del mismo nombre nos muestra a un hombre alienado, indeciso, con esa peculiar doble moral que se moldea y flexibiliza según sus deseos y motivaciones… y cuántas veces hemos sido con Adolphe, que somos incapaces de tomar una resolución real en la vida, y nos dedicamos a mantener algo que nos daña, o por el contrario, no aceptamos aquello que nos pueda hacer bien, porque tememos a lo desconocido. ¿Necesita exorcizarse con una historia de amor tóxica? Conozca la historia de Adolphe. Lo odiará, pero también, de alguna manera, lo comprenderá.

Georges Duroy

La novela Bel-Ami, de Guy de Maupassant, creó en su tiempo admiradores y detractores por igual, como a su autor le agradaba, ya que lo importante era llamar la atención. Ambicioso, seductor, advenedizo, oportunista y con ese no sé qué, que nos indica que también hay en él un poco de locura, Georges Duroy es de esa clase de personajes que no dejan escapar una oportunidad. En estos tiempos de antihéroes no estaría mal una buena adaptación (guiño-guiño… háganle llegar la propuesta a Netflix, de parte de los Grafomaniacos).

Tartarín de Tarascón

¿Quién no se divierte con esos personajes mitómanos, pícaros, charlatanes y fantasiosos? Es molesto tenerlos en nuestras vidas, pero cómo nos divertimos con ellos cuando son de ficción. La novela de Alphonse Daudet, que lleva el nombre del mismo personaje, nos muestra a un hombre que tiene mucho de quijotesco y que quizá por lo mismo le perdonamos todas las faltas, las que incluso a veces podemos ver con ternura. ¿Hasta dónde podemos llegar para hacer creer a los demás algo en lo que creemos que podemos hacer, aunque ni por cerca nos hemos preparado? Ahora es un libro muy popular entre algunos lectores jóvenes, pero en el siglo XIX no existía esa distinción.

Nana

Una de las combinaciones más curiosas que podemos encontrar en las características de una cortesana descrita en ese siglo, con altos y bajos morales en casi idéntica proporción: inocente y perversa, con reacciones pueriles y a la vez sensuales, con caprichos y pucheros, pero también con la maestría de una buena manipuladora. Nana despertó y provocó acusaciones que incluso en nuestro tiempo consideraríamos misóginas, pero también dejó en evidencia la doble moral de la época, donde lo que vemos es el reflejo de lo que buscamos. En otras palabras, si hay oferta es porque sigue existiendo demanda, por lo que la cadena de culpas sigue siendo un eslabón enmarañado.

Capitán Nemo

Los niños y los jóvenes de ahora gozan de un menú amplísimo, lleno de superhéroes y sagas juveniles. Y aunque los héroes y los superhéroes tienen cientos de años de existir (y eso da para hablar en un tema futuro), lo cierto es que la mística, el estilo misterioso y oscuro del Capitán Nemo, a bordo de su Nautilus, marcó varias generaciones. Si ya es audaz surcar los mares, ¿no es más atrevido arriesgarse en los abismos marinos? Julio Verne nos regaló a uno de los antihéroes más interesantes de la literatura de aventuras de los últimos 150 años. Si de casualidad no lo conocía, le recomiendo leer Veinte mil leguas de viaje submarino y La isla misteriosa.

Julien Sorel

Stendhal nos dejó con la boca abierta con su protagonista de la novela Rojo y negro. Inteligente, ambicioso, seductor y con atractivo para el común de su tiempo, Sorel sabe jugar sus cartas cuando se trata de buscar una salida a su situación personal. No podemos odiarlo, pero tampoco podemos amarlo. Eso sí, como bien apuntó Eco, Sorel no logra alcanzar el carácter de mito, porque sus características, aunque por momentos poco realistas, se parecen demasiado a la voluble naturaleza humana.

Eugène de Rastignac

Y hablando de no saber si odiar o amar, Rastignac es el ejemplo de persona a la que comprendemos, pero que no podemos aprobar ni desaprobar del todo, a menos que nos afecte directamente. Comparable a las características ideales de Sorel, con Rastignac hay que añadir astucia y un sentido que pocos desarrollan, que metafóricamente es aprender cuál es la dirección del viento, la tendencia de nuestro tiempo. Ahora le llamamos a eso arribismo y solemos ver mal a quien con descaro lo practique. Pero Rastignac logra crear empatía y por momentos incluso admiración. Balzac nos legó un personaje que poco le faltó para ser de carne y hueso. Si no lo conoce y quiere leerlo desde sus comienzos, debe irse inmediatamente hacia Papá Goriot. De todos modos, en otro post le contamos sobre algunas opciones disponibles sobre La comedia humana.

Edmond Dantès

Las acciones de Dantès son condenables, pero ¿cómo podríamos odiarlo, si con solo leer su historia nos da una inmensa catarsis, porque alivia la sed de venganza de la humanidad entera que comprende las injusticias de la vida? El arquetipo del vengador perfecto y del hombre que se sale con la suya, al menos en una buena parte y sin hacerle spoiler a quienes no han leído El conde de Montecristo, nos recuerda que nuestros deseos pueden llegar a consumirnos y que el primer paso para no perder la tranquilidad de nuestro interior es aprender a vivir con nuestra propia humanidad. Pero igual, ¿qué sería de Dantès como personaje, si no es todas las aventuras y desventuras que nos ofrece? Es la curiosa evolución de cómo un hombre pleno y feliz pierde la inocencia hacia la vida.

Emma Bovary

Desear algo y no poder obtenerlo. No estar dispuesto a vivir una vida normal, aunque aceptar que de vez en cuando se puede caer en la rutina, sin que por eso nuestra existencia tenga que ser tediosa. Podemos sobrellevarlo todo, menos tener una vida insípida, sin sueños ni perspectiva de nada. ¿Le suena conocido? Emma Bovary es una mujer compleja, que nos recuerda mucho a nosotros mismos, a nuestra íntegra oscuridad que enmascaramos con la cotidianidad y simpleza de cada día. Y aunque no lo crea, hay más Bovarys en el mundo de lo que quisiéramos (que conste que esto aplica tanto para hombres como mujeres). Pero ahora nuestra alienación viene de la mano de series, películas, novelas, personajes que no son reales pero que quisiéramos ver materializados en las personas que conocemos (ya sea bukowskiano, sabatiano o los idealismos que provoca Jane Austen en algunos lectores). No digo con esto que la literatura o los productos culturales que consumimos sean malos… pero por increíble que parezca, a veces nos afectan como a Emma Bovary le afectaron las novelas románticas. Si no conoce a este personaje, la novela Madame Bovary, de Gustave Flaubert, es uno de esos libros que se convierten en imprescindibles.

Jean Valjean

Abrir al azar una versión escolar de Los miserables y encontrarse con la siguiente frase: “La cólera puede ser loca y absurda. El hombre puede enojarse injustamente. Pero solo se indigna cuando tiene razón en el fondo, por algún lado. Jean Valjean se sentía indignado”. Recuerdo que en ese momento desconocía la estatura de Víctor Hugo, pero esa frase me erizó la piel y sabía que tenía que leerlo… y qué recompensa… Jean Valjean es uno de los personajes más extraordinarios de la literatura de todos los tiempos, si se me permite la exageración. Y Los miserables es esa clase de novela que todos deberíamos de leer. Gozó de una popularidad que en su tiempo llevó a su autor al estatus de figura reconocida. Valjean es golpeado por la vida como muchos en este mundo lo siguen viviendo cada día… pero su temple, decisión, tenacidad, su disposición para sobreponerse a todo lo que venga, sin mermar su voluntad aunque se encuentre cansado de la vida. ¿Cuántas veces no hemos estado dispuestos a rendirnos, pero seguimos en la lucha de cada día porque no queda de otra? Por eso Valjean nos es tan entrañable, porque nos recuerda que no podemos dar el lujo de cansarnos, porque solo nosotros podemos subir nuestra propia montaña.

* * *

¿Cómo fue que lo expresó Borges? Recuerdo, parafraséandolo, que decía algo así: Inglaterra tiene a Shakespeare, España tiene a Cervantes, Italia tiene a Dante, Alemania a Goethe, pero ¿Francia? Hugo tal vez, pero no es suficiente. ¿Montaigne? Es y no es canónico. ¿Y entonces? Quizá Francia en ese sentido sea una literatura rica en dinamismos, donde nadie puede alzarse con ninguna corona definitiva.

Por otra parte, si bien exageraría al afirmar que la muerte de Víctor Hugo fue un acontecimiento mundial, nadie me dejará mentir en que sí fue un suceso internacional. Hay registro en cientos de periódicos y hay constancia histórica de que en esos días fue incluso tema de conversación cotidiana en muchos círculos de escritores y de gente culta del mundo. No sé si El Salvador no fue la excepción, pero cómo olvidar aquel poema de Joaquín Méndez, en el que nos cuenta una anécdota cotidiana de cómo en algún círculo particular (quizá real, imaginario, inspirado en una reunión de salvadoreños… no sabemos…) se tomó y se conversó sobre la muerte de Víctor Hugo:

LO QUE DIJO UNA NIÑA

Se hablaba ayer, en íntima tertulia,
de que el gran Víctor Hugo había muerto,
y cada cual, entre asombrado y triste,
así le consagraba sus recuerdos:

—¿Quién es y qué merece? —exclama un joven:—
Mucho amor en la tierra y en el cielo
al amigo constante del que sufre,
al defensor del débil y del bueno.

Una madre. —Es Jesús que ama los nidos.
Un emigrado. —Es Dante en el destierro.
Un poeta. —A la vez es Víctor Hugo
Dante y Virgilio, Calderón y Homero.

Un artista. —Es el Fidias de la estrofa.
Otro. —Goya y Rafael del pensamiento.
Un marino. —Colón de la poesía.
Un justo. —El Aristides del ingenio.

—Yace en el Panteón? —Le ha puesto Francia
en el Arco de Triunfo. —Bien! —Soberbio!
—Por blandón ese túmulo reclama
la Estatua de Bartholdi. —En bronce. —En hierro.

—No ha menester su gloria nuevos lampos.
—¿Al siglo actual la historia del progreso
“le llamará de Napoleón o de Hugo”?
—El Arco de la Estrella ha de saberlo.—

Unos le dan coronas de laureles,
otros por epitafio el firmamento,
los rumores del mar por elegía,
y por culto el cariño de los pueblos.

Un anciano le ofrece a su memoria
el corazón más noble como templo;
y, mientras un hipócrita sonríe,
dice una niña: —¡Yo le diera un beso!

¿Qué sería del mundo sin Los miserables? No me responda… sabemos que la vida sigue, que quizá otras novelas aparecerían y nos causarían gran impacto. Pero en esta realidad y en este presente no solo recordamos a personajes como Jean Valjean, Rastignac o Emma Bovary: tenemos una constelación de seres que nos han marcado la vida, que nos han enseñado con sus historias ficticias que podríamos hacer las cosas distintas, que podríamos aprender de sus errores y que desearíamos cada una de sus virtudes, aunque estas sean producto de la imaginación de una mente genial.