Hay un impulso básico, una chispa que todos tenemos, que siempre nos empuja hacia la vida. Queremos vivir, muy a pesar nuestro, aunque en muchos casos sea en modo pasivo, automático.

Según el tamaño de esa chispa algunos se vuelven competitivos o monárquicos, otros se vuelven místicos y otros se vuelven pragmáticos, unos buscan la inteligencia, otros la sabiduría y otros buscan una respuesta espiritual. De ahí que muchos se impongan y otros sean seguidores de algo. Y también los hay aquellos que les ahogan o que por sí solos agotan la chispa, y de repente están cansados de vivir.

Pero en la búsqueda de ese algo hay un no sé qué que nos impulsa, que puede ser fe, esperanza, amor o la búsqueda de una verdad. Es así que cuando menos lo pensamos nos vemos sumidos en el camino de una utopía personal, o como prefieren llamarlo ahora, de emprender nuestro propio viaje.

Esa búsqueda de la verdad a veces no entiende de razones y eso siempre llevó a muchos a la ambición desmedida de poder de algún tipo, ya sea material o poder sobre otros. Puede que solo fuera canallada, locura, el deseo de llenar un vacío o ese impulso, ese querer ver algo al final del camino.

Ocurre lo mismo en todas las áreas de la vida. Así se logró el fuego griego o el acero damasquino. Así perfeccionamos a través de los siglos las técnicas de la agricultura. Así tuvimos tiranos voraces que jamás se cansaron del lujo y la depredación. Y así también algunos ambicionaron alcanzar la obra de arte, con todo y lo subjetivo que eso pueda significar.

Un día alguien quiso alcanzar la perfección en la elaboración de una encuadernación y otro día alguien creó los violines más perfectos que el mundo haya visto. Y desde las innovaciones de Guido de Arezzo hasta nuestros días, cientos de músicos se convirtieron en polvo cósmico y llenaron a nuestro mundo de las armonías más impensables. ¿Y qué de las artes plásticas? Miles de horas, técnica y dedicación dejaron una huella que ahora llena todos los museos de nuestro planeta. De igual manera, cuántas esculturas, cuántas obras arquitectónicas nos quitan ahora la respiración. Y ni hablar de las artes escénicas: miles de ojos fueron privilegiados por presenciar el magnetismo, el estilo y el carisma de aquellos que nos asombraron con sus interpretaciones y maravillas.

¿Y la literatura? No podía faltar en este recuento. Y quizá sea una ingenuidad de mi parte el afirmarlo, pero Ojo, que en toda forma de arte el proceso estético se completa con la complicidad del receptor. Pero en el caso de la literatura todo está en las palabras, sin que el autor haga acto de presencia con su arte. El doble filo, pues, radica en el tira y encoge de la variedad y la exigencia.

Con sensibilidad e imaginación uno puede llegar a conocer un tipo de adicción que dura para toda la vida, y que con fortuna se puede contagiar, y siempre beneficia a la mente y el espíritu, que es el placer de la lectura. Si lo supiéramos todo no habría lugar para deslumbrarse, para volverse adicto a saciar la curiosidad. La lectura sacia hasta tal punto, que por eso muchos cometen el error de creerse mejores que otros, cuando en realidad solo se puede ser una mejor versión de uno mismo, sin más ni menos. Y eso solo en el interior y muy tal vez en lo práctico. Pasar del pensamiento a la acción es otra cosa, como bien sabemos. Pero todo comienza por ese efecto, ese algo que el aprendizaje nos dejó y que nos hace sentir diferentes.

Pero en cuanto a la palabra, el reto es justo ese: ¿cómo alcanzar a expresar con ellas lo que queremos? ¿Cómo ser eficaces con un verso, con una frase? Y parece que cada vez es más difícil lograr este cometido. El arte con las palabras ha sido llevado a tal nivel, que la nueva obra maestra se nos vuelve más escurridiza, además que a medida que pasa el tiempo los lectores de cada generación forman su propio canon, su propia visión de lo trascendente.

Lo más interesante de esto es que, aunque importa la naturaleza de las ideas que se expongan o las emociones, las situaciones que se cuenten, preferimos que la forma en que algo esté dicho nos seduzca, nos persuada, que sea estéticamente agradable y nos transmita algo, y de ser posible, que también nos muestre sin opinar de forma directa o nos sugiera con una peculiar sutileza, sin que el autor nos dé todo en la boca o sea demasiado obvio con una postura personal.

Además que, con algún azar misterioso que no podemos dilucidar del todo, que ese algo sea lo suficientemente vital, universal y humano como para que trascienda las barreras del tiempo. Esto nos deja una sensación de renovación constante, de un perpetuo presente que siempre tiene algo que decirnos. Es el misterio de la obra que permanece en el tiempo. Es por eso que cuando una obra reúne todo eso y otra que aparezca mucho tiempo después también cumple con lo mismo, no le queda de otra a esta última que tratar de ofrecer, además, algo de innovación, al menos para la generación que venga y lo aprecie.

La obra que sobrevive, vista desde el siglo XXI

Los casi 1,500 libros que se han publicado en nuestro idioma en lo que va de 2019, y que es un dato que representa solo a las editoriales más reconocidas, sin contar toda la producción en el resto de idiomas del mundo, nos dan cuenta del esplendor del Dataísmo, la época de oro donde es fácil reproducir y almacenar textos.

Vivimos en un siglo con varias generaciones que conviven y que consideran que tienen mucho que decir. No fueron así de afortunadas las que nos preceden y sin embargo gracias a nuestro afán acumulador hemos sido capaces de reconstruir una respetable torre de Babel, con la que procuramos rendir tributo a las obras que consideramos merecedoras de esta posteridad.

De ellas podríamos reconocer varias vertientes, pero si pretendiera enlistarlas entonces esto dejaría de ser un simple comentario y caería en la embarazosa pretensión de ser algo más. Así que solo mencionaré lo que considero básico e ilustrativo. Está de más decir que de aquí en adelante cometeré el impune pecado del reduccionismo.

Hasta la llegada de la Ilustración

De la Antigüedad hemos recibido menos de lo que tenemos noticia. ¿Cuánto se perdió en la Biblioteca de Alejandría? ¿De cuántos autores hemos recibido apenas fragmentos o comentarios de terceros? ¿De cuántos ahora solo sabemos el nombre o alguna noción engañosa y mítica?

Desde aquella época se recurría a lo mnemotécnico (siete sabios de Grecia, los nueve poetas líricos…) o el cuido de copias únicas, resguardadad hasta que apareciera algún copista o especialista. Es por eso que desde entonces, en menos de mil años solo sobrevivió lo que cada generación del momento consideró pertinente rescatar. Para comprender la gravedad de lo que esto implica, basta con mencionar un simple ejemplo: De las casi 100 obras que se cree que escribió Demócrito, apenas sobrevivieron unos cuantos fragmentos… es decir, en solo unos cientos de años nuestros antepasados convirtieron su legado en apenas un rumor y fue lo que recibimos en este presente.

Pero saltemos al Renacimiento y de este hasta la Ilustración. Gracias a la imprenta y al paradigma humanista en pocos siglos, poco a poco, comenzó a gestarse con fuerza una memoria, y se establece con humildad y asombro un nuevo canon, con el que sobre todo prevalece como modelo a seguir lo grecolatino.

La formación de primer orden en esas generaciones ha dado forma a todas las ideas de nuestro presente, para bien o para mal.

En literatura esculpieron su nombre en piedra Dante Alighieri, Shakespeare, Cervantes, Michel de Montaigne, y además una larga lista pasaron a ser referentes nuevos de esa modernidad. Y hasta la llegada de la generación de la Ilustración fue que nos quedó la costumbre permanente de buscar, clasificar y estudiar la obra de arte. La búsqueda de la verdad universal se volvió un asunto complejo, que nos atañe a todos, desde diferentes ópticas y ámbitos.

Desde la Ilustración hasta el siglo XIX

Siempre la literatura tuvo su lugar especial entre la gente común, muy al contrario de lo que se cree. Pero es gracias a la Ilustración que la literatura dejó de ser un asunto exclusivo para iniciados y ahora era válido estudiar cualquier estilo y época, con solo seguir la línea de formación múltiple que aquel tiempo ofrecía. Eso sí, hay que decirlo, fue el Romanticismo el que nos dejó claro que el arte se puede crear y amar con desmesura, al mismo tiempo que nos enseñó a enorgullecernos de la tradición con pasión espiritual, y extrañamente también nos enseñó a darle coherencia, aunque esta sea solo un relato, un ideal, un sinsentido ante el poder del rigor histórico.

Es por eso que aunque ya pasó más de un siglo, sentimos cierto nivel de cercanía en muchos aspectos con el siglo XIX, ya que incluso los géneros literarios que prevalecieron en ese entonces siguen siendo paradigmáticos hasta hoy, en especial la novela.

Para entonces la lista de nombres canónicos había engrosado tanto, que comenzó a tomarse en serio la búsqueda de la gran obra maestra, el Olimpo y los titanes de la literatura universal. La narrativa alcanzó tal nivel de desarrollo y esplendor, que el lector actual acude a esa producción, considerándola clásica a veces por encima de cualquier periodo anterior. Dickens, Edgar Allan Poe, Balzac, Flaubert, Maupassant, Dostoievski, Victor Hugo… ¿cuántos narradores más habría que mencionar para no parecer tan reduccionista?

El caso de Goethe es especial. Antes del esplendor de la novela, la poesía y sobre todo el teatro mantuvieron siglos de magisterio. Es cierto, el Quijote vivió su gloria desde su aparición, pero es una excepción que confirma la regla. El teatro inglés, el barroco español, el neoclásico francés, los grandes proyectos poéticos que ahora pocos se atreven a leer… de repente la narrativa tomó la batuta y en particular la novela se quedó con la mejor parte, pero solo Goethe, que si bien también escribió narrativa y gozó de popularidad con ella, él prefirió depositar todas sus fuerzas en un proyecto que sintetiza siglos de tradición: el Fausto contiene ese algo, esa peculiar episteme de lo clásico. Aunque hay que admitir que sus lectores cada vez son menos.

El siglo XX

El siglo pasado visto en perspectiva parece contener toda la fuerza del universo, y uno no sabe si sentir alegría o temor. El vértigo es inevitable: a este ritmo no sabemos qué pasará en el XXI. Cualquier intento de pensar en lo que vendrá siempre es insuficiente.

Pero en lo que a literatura respecta, ¿qué podemos decir de las vanguardias, de los nuevos cánones, de la exploración de los umbrales y límites de lo sublime y la literariedad? Tampoco se dejó de buscar la obra maestra. Lo usual es que se quiera forzar su magisterio desde la novela: Kafka, Joyce o Proust son solo los nombres más inmediatos. Si reivindicáramos cada propuesta sería la de nunca acabar, además que a medida que las comunicaciones se ampliaron nos comenzamos a leer unos con otros, como la aldea global que ahora somos.

Es así que Latinoamérica también tiene sus propios nombres. Darío, Neruda, Vallejo, Cortázar, Borges, García Márquez, Vargas Llosa… de nuevo el problema de tratar de no parecer injusto por dejar fuera uno y otro nombre.

En cierto modo el siglo XX fue soberbio y solo pensó en el ya, utilizando incluso el aquí y el ahora para filtrar todos los siglos que nos antecedían, cual dictador que se arroga la interpretación única del presente. Eso es un acto de valentía y hasta podría decirse que de buena autoestima, pero también roza los peligros del autoengaño, de la inconsciencia. En el siglo XXI nos debemos la responsabilidad de reparar, de reflexionar lo que se hizo en el siglo pasado, incluso el derroche de técnica, para no olvidar que somos el resultado y consecuencia de una totalidad, y no solo la inmediatez de nuestro presente.

El rescoldo del siglo XX en pleno siglo XXI

Si le pidieran crear una lista de imprescindibles, no le quedaría de otra que recurrir al gusto personal. El autor que yo coloque en un pedestal usted bien puede aniquilarlo, solo porque sí. El siglo XX nos enseñó a darnos ese lujo. La vida no alcanzará para leer a tantos, y sin embargo no podemos evitar la inquietud de querer encontrar la gran obra, la que nos asombre y nos muestre alguna verdad, alguna serendipia. Para eso ahora podemos leer sendas traducciones de los clásicos o quedarnos con autores más cercanos en el tiempo y realidad, ya sea del canon de nuestros propios países, del continente o contemporáneos de cualquier parte del mundo.

Es una herencia que inició desde el XX, pero en realidad solo en el presente siglo nos enfrentamos a una indeterminada cantidad de voces que llamamos multiculturalismo, lo que ha vuelto caótica y maleable la noción de estar actualizado, de saber para sí y de estar medianamente informado. Porque ¿cómo no poner en duda sobre si nuestra formación es demasiado eurocentrista, cuando las realidades que siempre fueron periféricas pueden gritar ahora con tanta fuerza? La nueva obra maestra, si esta llega a aparecer, nos cambiará nuestra percepción del mundo. No hay que dudarlo.

Una búsqueda que jamás terminará

En un siglo XXI, donde vuelve a prevalecer la creencia en el temperamento propio y la bandera de la propia genialidad, la actual generación de escritores por momentos parece obviar que el trabajo y la soledad no olvida ni aniquila la realidad circundante, por muy ficción que sea lo que se escriba. No olvidemos que en un Pedro Páramo o en una Cien años de soledad se siente el palpitar estoico de un continente.

Pero no hay que ser absolutistas. En la obra maestra se busca algo incomprensible, que puede ser misterioso y personal, o puede ser también el espejo del grito colectivo de toda una generación. Ante ese poder del capricho histórico y colectivo hay que añadir los azares del tiempo y de circunstancias concretas. ¿Cuántas obras maestras del pasado reivindicaríamos ahora y cuáles pasaríamos al ostracismo? ¿Qué se ha perdido ahora mismo, por culpa de asuntos extraliterarios?

Hay una noción en la búsqueda, con la que sabemos que persiste el deseo de una verdad, el gen que impulsa a nuestra mente y corazón a querer llenar con algo las ansias que todavía no tienen forma definida, que no están expuestas con las palabras y la forma justa, que están posiblemente esperándonos en un futuro que ojalá no sea tan lejano y que igual puede estremecernos, hacernos vibrar, que nos dé consuelo a nuestros huesos cansados de buscar y que le ponga nombre a aquello que todavía no lo tiene.

Porque, curiosamente, el alma humana sigue siendo insaciable y parece siempre buscar una respuesta pasada, presente o actualizable, donde sabemos que todo está dicho y sin embargo nada está escrito, porque es legítimo, si se nos ocurre, volver a decirlo todo.

Es por eso que usted y yo no podemos dejar de leer ni tampoco podemos dejar de escribir. El alma universal y de todos los tiempos, en esta época tan diversa e indefinible, nos hace sentir la obligación de seguir buscando ese algo que nos es común a todos, aunque sea solo de manera general.