Pensar en Centroamérica es pensar en un territorio siempre convulso y pensar en El Salvador desde la literatura significará desmontar la visión de territorio que poseen sus escritores; explorar tanto las estéticas a las cuales se adscriben como aquellas que rechazan, y profundizar en los temas y elementos recurrentes de su producción para comenzar a descubrir el gran discurso que se encuentra detrás de su trabajo literario.

Y como todo lo anterior no resulta especialmente una tarea fácil, es necesario delimitar los alcances que pretende el texto que ahora nos ocupa. En ese sentido, este no busca ser un estudio exhaustivo, sino la puerta hacia una discusión más amplia acerca de las temáticas que interesan. Por lo tanto, la muestra está comprendida por algunos escritores representativos y sus trabajos literarios publicados en los primeros 18 años del siglo XXI, ya sea en formato libro, plaqueta, suplemento cultural o revista literaria en formato físico o digital, es decir, no todos los autores que se citarán a continuación poseen un libro con un alto tiraje ni con amplia distribución.

Habiendo aclarado lo anterior, es indispensable realizar un ejercicio de memoria y recordar aquellas temáticas que predominaron en la poesía salvadoreña de mediados y finales del siglo pasado. Y es que aunque con el conflicto armado en El Salvador la mayoría de poetas incrementó su interés por escribir acerca de las luchas de los pueblos, de los horrores vividos en esos años y de la esperanza que tenían puesta en el proyecto revolucionario (algunos de ellos incluso llegaron a tener participación directa en la lucha),1 ya en años anteriores (aquellos que podríamos llamar de gestación del conflicto) fueron fundados grupos literarios de gran trascendencia que se comprometían con los temas de desigualdad y violencia operante. Pensemos en la Generación Comprometida en el año 50 y el Círculo Literario Universitario, nacido en el 56 y tan ligado mencionada anteriormente, en Piedra y Siglo,2 colectivo fundado en 1966 y más adelante en 1985, o en los primeros años oficiales de la guerra y la fundación del Taller Literario Xibalbá,3 solamente por mencionar algunos.

Retomando la idea anterior, de manera simultánea, como ocurre en todo país y en toda producción artística, existieron autores cuyas preocupaciones literarias no se encontraban directamente enmarcadas en las luchas de los pueblos y otros cuya poesía se alejaba de manera deliberada de estas trincheras o en el caso de autores como David Escobar Galindo, con una visión ideológica distinta a la de la mayoría de poetas de esa época acerca del mismo conflicto armado.

A su vez, hubo autores como Roberto Armijo cuya poesía no desembocó en un afán militante y que aun cuando fue tildado de escapista por algunos de sus contemporáneos sus búsquedas poéticas se dirigieron mayoritariamente a la introspección, sin olvidar estrictamente a su país. O poetas como Alfonso Kijadurías, quien se dedicó a otro tipo de búsqueda, a construir un universo personal a través del cual le fuera posible hablar de todo desde una óptica surrealista y filosófica. También hubo autores cuya producción literaria pareciera haber perdido interés luego de la firma de los Acuerdos de Paz, tanto como hubo quienes aun llegado este interminable período de posguerra supieron reinventarse y abordar otros temas o quedarse resolviendo los mismos temas con mucha inteligencia, demostrando que estaban tan comprometidos con la lucha como con la poesía misma. Pero por el momento no ahondaremos en estos últimos y serán material para un texto futuro.

Ahora bien, luego de haber trazado estas rápidas líneas históricas, se vuelve fundamental pensar en todas las consecuencias de la guerra: el caos económico, la migración (antes, durante y después del siniestro), el fenómeno pandilleril, tan ligado a la misma, en los crecientes índices de violencia, en el daño psicológico que jamás se buscó atender en el pueblo salvadoreño y en quienes se volverían los padres de las próximas generaciones, así mismo en las nuevas búsquedas existenciales e identitarias. Con lo anterior no pretendo reducir las consecuencias de la guerra, pero menciono estas, entre tantas más, porque son las que nos llevan finalmente a los temas que operan en la poesía salvadoreña contemporánea.

Maro-estética y la poesía del infortunio

Cuando hablamos del fenómeno de pandillas, solemos olvidar que la imagen que ahora tenemos al respecto se debe a la trágica transformación que sufrieron estos grupos, tras las amargas experiencias en procesos de deportaciones, encarcelamientos y la cultura que derivó de estos escenarios, además de la incesante búsqueda de beneficios económicos. Las pandillas que ahora conocemos, por las prácticas de secuestros, extorsiones, tráfico de armas y drogas, sicariato, trata de personas y control territorial desmesurado, no resultan ser las mismas a las que en la década de los ochenta ofrecían protección a los recién llegados a tierras estadounidenses, en respuesta al maltrato que recibían por parte de otros grupos latinoamericanos que se encontraban ya asentados en dicho lugar y de las autoridades norteamericanas, cuya discriminación era tangible.

Con respecto a estos antecedentes, y a esa imagen del pandillero de aquella época, recientemente tuve acceso a un texto del poeta Jorge Ávalos, quien precisamente en 1983 escribe La balada del Ángel Tuerto, poema que se ubica en su producción temprana y que, aparte de hacer referencia a un personaje real de la primera pandilla salvadoreña, utiliza la máscara poética y lo que se enuncia se hace desde la voz lírica de este personaje, construyendo la imagen de un tipo de héroe que acepta de antemano su condición de futuro muerto y nos deja ver cuán violento es y cómo a través de ello resiste frente a las autoridades. Ya en este poema advertimos elementos que luego serán recurrentes en los autores salvadoreños que en el siglo XXI deciden abordar la temática, tales como los disparos, el territorio, la muerte, los alias y el barrio, entre otros.4

Contrario a este poema de Jorge Ávalos que mencionamos, al verse alterada la imagen del miembro de pandillas, también el tratamiento que los poetas darán en su obra irá tomando nuevas formas. Y es que si bien en el poema de Ávalos hay una enunciación desde este ‘Ángel Tuerto’, es hasta el poema titulado La onda está así, va del poeta Manolo Flores, publicado en el 2012,5 que el lenguaje con el que se trabaja tiene una correspondencia directa con los miembros de los distintos grupos delincuenciales. En el poema encontramos palabras de uso popular del pandillero salvadoreño, como jaina, vato, carnalito y gerla, y la aparición constante de expresiones pragmáticamente complejas como simón, va. En este poema conversacional se construye la sensación de peligro, pues desde su primera estrofa es capaz de transmitir la angustia tradicional de encontrarse con uno de estos personajes.

Ey, vato
Con vos quiero hablar unas ondas
No te abatás
Que no te voy hacer nada

Poema La onda está así, va, del libro Los hermanos de Chac Mool, de Manolo Flores.

Manolo Flores es capaz de darnos a conocer ideas tan fundamentales como el asedio que sufren los habitantes de un territorio controlado por pandillas, la necesidad que existe de tener una relación diplomática con ellos y realizarles favores en beneficio de la seguridad personal. Sin embargo, su juego discursivo toma otro rumbo en el final del texto, cuando los últimos versos nos dejan ver que el pandillero que aborda al poeta solo quiere que él escriba un poema de aniversario para regalárselo a su novia y cambiar al menos un poco la imagen que ella misma tiene de él, cumpliendo a la vez con la función de rehumanizar el rostro de este personaje marginal.

Ya en 2014 nos encontramos con el libro El Disparo. Cuentos del Barr(i)o, del poeta Luis Borja, publicado en España por Editorial Visor, luego de obtener el accésit en la edición XXIV del premio internacional de poesía Jaime Gil de Biedma. En este libro nos enfrentamos con la ciudad y su putrefacción y con la dureza del país. Si buscáramos un poema representativo, llegaríamos a El pómulo abierto, poema a través del cual revisitamos al pandillero que busca redención en su madre al estar a un paso de la muerte.

En los ejemplos anteriores encontramos que el yo poético se ubica en los zapatos del personaje marginal, pero un ejemplo del yo poético afectado directamente por la violencia y las costumbres de las maras se halla en el libro Este quemarse de sangres entre lágrimas y excrementos, poemario publicado por Vladimir Amaya a mediados de 2017, donde hace un recorrido por la miserable y violenta historia de El Salvador, las maneras en que se ha heredado la rabia, su estado actual, lo desalentador que es sobrevivir a las calles de dicho país cuando la propia policía es capaz de afectar a los ciudadanos y por supuesto por las maneras de enfrentarse a la muerte y a los rituales particularmente siniestros de las pandillas.

Dentro del libro encontramos el poema que nos ocupará brevemente en las próximas líneas: Y cómo te reconstruyo ahora, el cual es un poema de largo aliento donde a partir de la muerte se habla del amor y a través del amor se habla de lo que significa perder todo a manos de los grupos delincuenciales. En el poema se involucra el lenguaje de pandillas de una manera más dosificada y se habla de una pareja cuyo amor se ve interrumpido por la amenaza de asesinato que desemboca en el desmembramiento de la novia y el novio, terminando la cabeza de este último sobre la banca del parque en la cual se dieron su primer beso.

Sin duda, estos textos modélicos son capaces de crear un esbozo del tratamiento que dan los poetas salvadoreños contemporáneos a los temas relacionados con las pandillas; sin embargo, es claro que ellos no son los únicos autores que en estos años los han abordado, por eso es necesario considerar la obra de poetas como Miroslava Rosales y su plaqueta editada en 2017 República del excremento; luego la poesía de William Morales, que ha sido publicada en revistas digitales y en el número 122 de la Revista Cultura, participando con su poema Sparky. Por otro lado, tenemos autores como Willy Palomo, Javier Zamora y Cynthia Guardado,6 quienes en algunos poemas hacen referencia a las maras y forman parte de la maro-estética, pero que, por otra parte, también nos abren las puertas para ejemplificar lo que por ahora llamaremos la poesía del infortunio.

Esta clasificación busca de alguna manera no encerrar a todos los autores contemporáneos que tocan procesos de violencia o a toda su obra dentro de una ‘maro-estética’,7 sino diferenciar aquellos poemas que tratan temas que tienen relación con el fenómeno, ya siendo consecuencias o causas, o poemas cuyo contexto pueda relacionarse con las pandillas, sin que sean el centro del eje temático.

Me explico de otra manera, la poesía del infortunio es la categoría que propongo para abordar aquellos poemas enmarcados en las condiciones de este territorio centroamericano, donde aparecen temas como la migración, la visión de la diáspora contemporánea, el retratar países con autoridades corruptas, en los personajes que habitan las cárceles pero que no necesariamente forman parte de las pandillas, en temas como visitas conyugales o sobre crímenes sexuales, pobreza, drogas y otros temas que parecería pueden entrar en una maro-estética, pero que siendo más cuidadosos advertimos que ni el lenguaje ni referencias resultan pertenecer directamente a este campo particular, sino que, como es el caso del poema La visita íntima, de Miroslava Rosales, aunque el ambiente del poema es carcelario y hay elementos que nos pueden hacer pensar en el contacto obvio que se tiene con las pandillas dentro del encierro, el poema en sí habla de la soledad, condición humana y de cómo volver a sentir la vida y la libertad a través del amor y el placer. Otro ejemplo de esto sería Servir y proteger: la mentira, poema de Vladimir Amaya, que parte del conocido caso judicial de Daniel Alemán, joven que fue sometido a un encierro injusto, luego de la fabricación de falsas pruebas por parte de policías que buscaban mantenerlo en el encierro a toda costa y que aun luego de haber sido declarado inocente se ha reactivado la persecución en su contra y se busca nuevamente crear motivos para encerrarlo. O el caso del poema Where we see Mama’s back, del poeta salvadoreño-estadounidense Willy Palomo, quien reconstruye la experiencia de una madre en su viaje al lado de un coyote y todo el sufrimiento que significa llegar a Estados Unidos.

Finalmente, para cerrar este apartado es necesario considerar algunos aspectos fundamentales. Lo primero es el cuidado que debe tenerse tanto con la escritura de poemas enmarcados en la maro-estética o en la poesía del infortunio como en la lectura e interpretación de los mismos, pues un escritor que no logre dimensionar la profundidad de estos temas puede llegar a escribir apologías a la violencia y basar su poética en un simple exhibicionismo de imágenes generadoras de shock y vacías de discurso; así, como un lector poco reflexivo puede configurar apreciaciones altamente peligrosas. Y por último, pensar que estos poetas que hablan con honestidad, responsabilidad e inteligencia de la historia inmediata de El Salvador, aun cuando no toquen directamente el conflicto armado, sin lugar a dudas son los que representan aquello que podemos comenzar a llamar el nuevo compromiso.

La familia o la gran ventana para hablar de otras muertes

No es extraño que entre los temas universales el amor filial tenga desde siempre un lugar en la literatura y especialmente en la poesía. A lo largo de la historia, en El Salvador han aparecido distintos autores hablando sobre su familia, baste con citar un ejemplo altamente conocido: Alfredo Espino con su poema Las manos de mi madre, poema que recurrentemente era memorizado por los niños de escuelas y colegios, con la finalidad de recitarlo a sus madres en las celebraciones del 10 de mayo. Pero en este apartado no tengo la intención de rastrear ningún antecedente, puesto que resultaría imposible y además estéril emprender tal labor. En las siguientes líneas simplemente quiero hablar de cómo percibo un fenómeno que se puede resumir en distintos poetas (en su mayoría nacidos en las décadas de los setenta, ochenta y noventa) utilizando el tema de la familia como vehículo para hablar de otros temas aún más amplios.

Partamos de la idea de que las temáticas, especialmente en literatura, no son abordadas de manera lineal y mucho menos aisladas de otras. Si recordamos el último poema que catalogamos dentro de la poesía del infortunio, y que fue citado en el apartado anterior, Where we see Mama’s back, de Willy Palomo, observamos que a partir de la evocación de la madre aborda el fenómeno migratorio con todas sus consecuencias y que su poema se mueve sin ningún problema entre las dos fronteras.

De esta misma manera, traigo algunos ejemplos de otros autores salvadoreños, simplemente para iniciar la discusión acerca de esta tendencia que no puedo catalogar de otra manera sino como orgánica.  Pues aun cuando el conflicto armado tiene cierto protagonismo, y podría explicar parcialmente esta actitud como una respuesta ante el desamparo experimentado por parte de los autores que vivieron el final de la guerra o de aquellos que nacidos en los noventa la experimentaron a través de las anécdotas o traumas de sus padres, me parece que deben existir otras razones que aún no hemos considerado para que sea tan común utilizar el gran tema de la familia como punto de partida para discutir sobre su propia identidad, sobre la memoria, sobre la guerra misma, sobre el duelo, el abandono, la pobreza, la migración o los vicios.

En 2004 la DPI (Dirección de Publicaciones e Impresos) publicó una de las colecciones que más se extrañaría en años posteriores, hablo de la Colección Nuevapalabra, donde fueron publicados libros de poesía de autores como Jorge Galán, Susana Reyes, Manuel Barrera, Krisma Mancía, Nora Méndez y Osvaldo Hernández. Y es de este último autor del cual tomaremos el primer ejemplo, pues él posee numerosa obra dedicada a su familia; sin embargo, en el libro Parqueo para sombrillas, perteneciente a la colección antes mencionada, nos encontramos con el poema titulado El manual de Manuel, texto en el cual no existe solamente una descripción llana de las cualidades de su padre, sino que mediante avanza se ve cómo el poeta ha desarrollado con precisión temas como la pobreza, el hambre y canta brevemente al personaje popular que trabaja la tierra.

Más adelante, Elena Salamanca, en su libro Peces en la boca, editado por la Editorial Universitaria en 2011, nos entrega su poema titulado Cuando robo el labial de mi madre, donde se desarrolla, desde el desenfado, la idea de añorar la llegada a la adultez, cuando todo es un feliz simulacro y el desalentador escenario de entrar finalmente a esta vida adulta. Por otro lado, Vladimir Amaya, que desde el inicio de su obra ha trabajado numerosos poemas dedicados a miembros de su familia, a tal grado de que en su libro Mausoleo familiar, publicado en 2012 por Editorial Equizzero, hace un recorrido doloroso por prácticamente todo ese árbol sanguíneo, tiene además un poema que me parece fundamental para entender el trágico, descarnado y desolado espíritu de aquellos padres que participaron en la guerra civil. Y hablo del poema El titán menor, el cual se incluye en su noveno poemario, Sentado al revés, publicado a finales de 2018. Pues el poema explora las heridas abiertas en el padre como la pérdida del mejor amigo y una novia durante el conflicto armado, esa dificultad de enfrentarse a un nuevo siglo donde todo parece desconocido, generándole a su vez una pronunciada antipatía y donde la violencia está en otras manos, el gran desconsuelo de no saberse útil sino para la guerra: la nostalgia hacia otra época de sangre frente a esta época de sangre.

Y los ejemplos pueden seguir sin ningún problema, abarcando a poetas como Laura Zavaleta con su libro Sentada sobre todo lo imposible, o la poeta Janel Pineda, quien a través de la familia aborda temas como la búsqueda de identidad a partir del idioma, o poetas como Kike Zepeda con su Poema para que no se vaya papá, o Dennis Ernesto, quien en su libro Exhumación de la vida habla en el título Prácticas octogenarias acerca de la memoria y la violencia contemporánea, o textos como los de Ana María Rivas, quien en el número 121 de la Revista Cultura publica un poema titulado Mother, texto violento y desgarrador a través del cual es posible percibir el espíritu de orfandad tan presente en las recientes generaciones, además de un pesimismo que juega con la frustración de no poder alejarse del control familiar y rompe con la idea tradicional de la madre siendo el centro de amor y protección.

Otros casos interesantes para considerar son poemas como los escritos por los poetas Javier Zamora y Roberto Deras. El primero de ellos con su poema El Salvador, que parte de las mismas referencias a la familia para discutir la visión que desde la diáspora recibe sobre la patria que lo vio nacer en contraposición de lo que sus familiares que viven en esas tierras le dicen al respecto; enumera además los peligros de utilizar tatuajes y la facilidad con que estos pueden llevar a creer que se pertenece a un grupo delictivo. En el caso de Roberto Deras, hay también numerosos poemas que operan de la misma manera, pero el que traigo para esta ocasión es Funeral de nuestro primer árbol, perteneciente a Funeral de árboles, publicado en 2018 por la DPI, pues acá desarrolla de forma reposada ideas sobre la muerte y la herencia de las heridas.

Todos los ejemplos anteriores sirvan entonces para romper con las aseveraciones irresponsables e injustificadas de algunos poetas de mayor edad que de manera reduccionista catalogan esta poesía que tiene como punto de partida a la familia con el apodo de ‘‘poesía neoxistencial cuyo único interés es la catarsis’’, pues basta con explorar los poemas publicados en los últimos años, y que operan bajo esta dinámica, para comprender que las búsquedas no se quedan en el llanto fácil o el afán confesional, sino que, según el tratamiento del poeta, sus verdaderos alcances pueden llegar a retratar el espíritu fragmentado de varias generaciones.

Homosexualidad y feminismo: dos caras contra la misma moneda

Centroamérica tiene la mala fortuna de contar hasta estos días con altos índices de machismo, índices que se traducen en violencia contra la mujer, feminicidios, homofobia y crímenes de odio ejercidos contra preferencias sexuales y personas transgénero.

El Salvador entregó en diciembre de 2018 su balance de mujeres asesinadas entre enero y el 9 de diciembre, registrando 365 asesinatos de mujeres e informando además que los feminicidios disminuyeron considerablemente, ya que en 2017 446 crímenes fueron computados en el mismo período (cifra que no deja de ser alarmante). Esta información es correspondiente al portal elsalvador.com y su nota titulada ‘‘Policía asegura que cifra de feminicidios en El Salvador ha bajado un 18 % en lo que va de 2018’’. De la misma manera, indagando por la red y los periódicos es sencillo rastrear un preocupante e impreciso número de personas trasngénero a quienes se les ha arrebatado la vida en El Salvador en estos últimos años.

A partir de todo este contexto, y de otras tantas situaciones tangenciales, es necesario preguntarnos de qué manera se abordan estos temas en la poesía salvadoreña de los últimos años.8 Para emprender esta labor, es preciso ir en orden y hablar de la poesía referida a la homosexualidad, y para ello será fundamental trasladarnos a mayo de 2004, cuando La Luna Casa y Arte publica un libro objeto que se convirtió en un antes y un después para abordar la temática: Injurias, del poeta Ricardo Lindo. En este poemario se desarrolla un canto contundente sobre lo que significa ser homosexual en un país como El Salvador, tan plagado de ideas religiosas y conservadoras. En Injurias, poemas como Danza o El sacrificio nos llevan a explorar un combate discursivo en que el poeta logra equilibrar la ironía y la elegancia del lenguaje mientras profundiza en el amor, señala la hipocresía y desmonta ideas peligrosas como considerar que religión y espiritualidad son conceptos equivalentes.

Y aún dijiste:
“Que una mujer se una a otra en un lecho,
que un hombre a otro acaricie,
perverso es, y vicioso”.
Pero eso no es cierto.
Toda forma de amor si con amor se ejerce
está en Dios y es en Dios.
Violencia, violación y abuso de la infancia
son injusticia,
pero no lo es ser gay.
Y se puede ser gay
y vivir una vida espiritual
sin que haya en ello contradicción alguna.

Poema El Sacrificio, del libro Injurias, de Ricardo Lindo.

Luego de conocer este antecedente, llegamos a encontrarnos con diversos poetas como Alberto López Serrano, Silvia Ethel Matus y Kenny Rodríguez, autores que escriben sobre este tema, pero cuyas obras son capaces de sobrevivir y mantener su importancia tanto dentro como fuera de la temática. El primero de esta lista es un poeta nacido en 1983, cuyo interés por escribir acerca del amor homosexual está presente en muchos de sus libros, pero que no es sino hasta el año 2014 cuando edita su libro Cantos para mis muchachos, un poemario que resulta ambicioso desde su estructura, dividida en 10 partes, hasta la ejecución de los poemas mismos. Este libro habla abiertamente de temas gay a partir de las referencias griegas que tanto caracterizan al autor y es considerado por muchos uno de los libros más interesantes de los últimos años. Sin embargo, parece que algunos lectores, bajo la costumbre de reducir la poética de este libro, buscan catalogarlo simplemente como ‘‘un libro de poesía homoerótica’’, sin considerar que dentro del mismo se encuentran poemas como Pyrra aquilea, donde se denuncia duramente la dolorosa recurrencia de los transfeminicidios.

Silvia Ethel Matus también desarrolla estos temas; sin embargo, su poesía ha transitado por distintos territorios, pues ha escrito, por ejemplo, a Irak y sus conocidos conflictos o sobre la ciudad capital de El Salvador. Pero como lo que ahora nos ocupa es la temática LGBTI, dejo en consideración la lectura del poema Amar a otra mujer, publicado en la selección titulada Antología de mujeres salvadoreñas, libro cuya publicación se realizó a inicios de 2017. En este poema, Ethel Matus nos hace un rápido retrato de esa sensación de plenitud pero a la vez de vulnerabilidad que se experimenta al decidir compartir el amor con otra mujer. De esta misma manera, Kenny Rodríguez explora en su poesía los afanes homoeróticos, pero por otra parte su poesía (tal como ocurre con Ethel Matus, Francisca Alfaro, Gabriela Paz y Lourdes Ferrufino, por mencionar algunas poetas representativas) llega a transitar en la poesía feminista, rompiendo con esas ideas tan propias del imaginario cristiano europeo que colocan a la mujer como pertenencia del hombre. Un ejemplo claro de ello se encuentra en su poema titulado Ahora, poema al cual pertenecen estos versos tan contundentes:

Ya no me contento con sonreír
con caminar de tu brazo
para sentirme segura
ya no me contento con vivir
y acechar como pantera herida
el deseo de tus sábanas
aprendí a reír a carcajada suelta
a burlarme de tus fantasmas ancestrales
y me niego a seguir creyendo
que vengo de tu costilla.

Poema Ahora, de Kenny Rodríguez.

En estos versos se vuelve tangible la imagen de la mujer independiente y el planteamiento de romper con esa siniestra cultura de la sumisión.

Cierre

Llegado este punto, extiendo la invitación a explorar el trabajo tanto de autores contemporáneos como de aquellos que hace tiempo han fallecido y de esa manera poder enriquecer el diálogo al respecto de las temáticas que operan actualmente en la poesía salvadoreña. Aclaro también que me centré en estos temas tanto por su novedad como por la especial atracción que tengo hacia ellos, pero eso no quiere decir que en el país no se esté hablando de otras cosas, pues actualmente autores como Ilich Rauda, Oliver Morales y Luis Borja son ejemplos de la vigencia que puede tener el indigenismo. Y por otra parte, autores como Kike Zepeda esgrimen su discurso partiendo de la tecnología y otros como Roger Guzmán se encuentran desarrollando temas relacionados con la pornografía en su poética, tal como lo hizo en algún momento Carmen González Huguet. Así que las posibilidades para pensar a El Salvador desde su literatura todavía son muchas.


Este texto fue una ponencia del poeta Josué Andrés Moz, en el marco del I Congreso Centroamericano de Literatura, cuyo lema fue ”Pensar Centroamérica desde su literatura”, que estuvo dedicado a la poeta Luz Méndez de la Vega.

Si desea leer con más detalle las muestras poéticas citadas en el presente puede seguir este enlace.


Notas

1 Tales son los casos de autores como Roque Dalton, Lil Milagro Ramírez, Alfonso Hernández, Arquímides Cruz, Amílcar Colocho, Claudia María Jovel y Leyla Patricia Quintana (Amada Libertad).

2 Cuyos miembros iniciales fueron Ricardo Castro Rivas, Jorge Campos, Jonathán Alvarado Saracay, Ovidio Villafuerte, José María Cuéllar, Julio Iraheta Santos, Uriel Valencia, Luis Melgar Brizuela y Rafael Mendoza.

3 Taller cuya lista es muy extensa, pero que entre sus miembros principales están Otoniel Guevara, Kenny Rodríguez, Carlos Bucio, Javier Alas, Vladimir Baiza, Eva Ortíz, entre otros.

4 Con respecto al abordaje de este tema el poeta declara que él no sería el único que en ese momento escribió sobre esta perspectiva de las pandillas de época, sino que era común de la poesía del exilio en los años ochenta. Sin embargo, no se tiene información de cómo localizar estas otras obras afines al fenómeno y por ello nos quedamos con este antecedente.

5 Poeta que en el 2012 publica su libro ‘‘Los hermanos de Chac Mool’’, en la Editorial Public Pervert, de Chiapas, libro del cual se desprende el poema ‘‘La onda está así, va’’. Acá también veo necesario agregar que otro poeta que en épocas tempranas escribió acerca de la violencia relacionada a las pandillas fue William Alfaro; sin embargo, en el texto no se profundiza sobre él, ya que los poemas que escribió allá por el año 2009 tras el asesinato del fotoperiodista Christian Poveda, no vieron la luz en sino hasta el año 2016 bajo el título Amargura, el cual se publicó por el Proyecto Editorial La Chifurnia y porque los poemas no utilizan directamente la máscara literaria, acerca de la cual se discute en los párrafos siguientes. Por otra parte, es innegable que William Alfaro, tal como declara Vladimir Amaya en su prólogo para su libro Parnaso Destroyer, en el 2017, que William Alfaro es parte de esas primeras manifestaciones poéticas conscientes y con búsquedas específicas con respecto al fenómeno de violencia pandilleril.

6 Ellos, algunos de los autores denominados ‘‘Salvi poets’’. Término que sirve para designar a los autores que son hijos de migrantes o que vivieron sus primeros años en El Salvador, pero cuyo final de infancia y adolescencia lo vivieron fuera de sus fronteras. Sus procesos migrantes parten del período de la guerra civil salvadoreña y la inseguridad o búsqueda de mejores oportunidades. Algunos de ellos recientemente han visitado El Salvador y han corroborado el estado en que el país se encuentra, cotejando esto con la información que reciben desde afuera.

7 Término popularizado en el 2017 a partir de la publicación del libro de ensayo de William Carballo, titulado: Primeros brincos hacia una maro-estética – Análisis de la influencia de las pandillas salvadoreñas en la cultura popular masiva. Donde hace un recorrido general por aquellos productos culturales que hacen referencia a las maras, siendo estos: música, programas televisivos, videojuegos y vestimenta. Y poniendo en discusión el papel que juegan estos grupos y sus cabecillas en niveles tan importantes como la política.

8 Acá se hace necesario entender que ninguno de estos temas es tratado exclusivamente en la poesía, pues narradores como Mauricio Orellana Suárez y Carlos Alberto Soriano son precursores por su parte de las temáticas LGBTI, respectivamente en cuento y novela.