Por segundo año consecutivo, el premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve, que se otorga en el marco de Centroamérica Cuenta, fue recibido por un escritor salvadoreño: este año, el galardonado fue Allan Barrera, por su cuento 2 de noviembre. Un cuento que, de acuerdo con el jurado, se constituye como “una historia de duelo que funciona como el negativo de una fotografía”.

2 de noviembre habla sobre la muerte y la pobreza, pero lo aborda desde una perspectiva que usualmente no vemos: la intimidad, la cotidianidad. Barrera cuenta una historia de miles de salvadoreños y centroamericanos, escasa de todo excepto de desgracias. El epígrafe, un poema de Álvaro Mutis llamado Amén, resume demasiado bien el espíritu del cuento: Que te acoja la muerte/ con todos tus sueños intactos./ Al retorno de una furiosa adolescencia,/ al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron…

En esta entrevista, hablamos con Allan sobre 2 de noviembre, pero también sobre el lenguaje literario salvadoreño, la industria editorial de la región, la relación entre poesía y narrativa, y algunos otros asuntos literarios.

Pueden leer el cuento completo dando clic acá.

Ricardo Corea: En 2 de noviembre escribís sobre El Salvador, escribís sobre la muerte y sobre un tipo de violencia estructural bien cotidiano: la pobreza. Podrá parecer un tema recurrente en el contexto actual del país, y en tu cuento se percibe como algo profundamente doloroso. ¿Qué significa para vos este cuento?

Allan Barrera: En ese cuento lo que me propuse fue relatar, de manera descarnada, la historia de un hijo cuyos recuerdos sobre su madre fallecida le atormentan. La historia de un trauma familiar, y a partir de ahí quizá se develan todas estas marcas de clase, la pobreza como vos decís. Por otro lado, creo que toda pobreza es profundamente dolorosa, siembra mucha desesperanza en la gente y los destroza. Yo lo que intenté hacer ahí fue poner una carga muy íntima y emocional al personaje protagonista para generar conmoción en el lector. Hablar más desde las emociones que desde lo racional. Para mí, el cuento es la historia de muchas familias desintegradas de San Salvador, está lleno de cosas que yo vi, de las que fui testigo de manera directa o indirecta.

Ricardo Corea: Vos comenzaste escribiendo poesía. De hecho, has ganado premios por escribir poesía. César Aira, el escritor argentino, dice en alguna entrevista que para él la poesía es el taller de experimentación de la narrativa. ¿Cómo asociás vos estas dos realidades? ¿Sentís que influye tu labor poética con la narrativa o no tiene nada que ver? ¿Seguís escribiendo poesía?

Allan Barrera: Sí, es verdad. Primero intenté ser poeta y sigo intentándolo, tengo algunos poemas muy malos y otros medio decentes. Y sí, sigo cultivando el género pero más despacio. Es un género que impone su propio ritmo. Nunca he podido escribir poesía todos los días, de manera sistemática, aunque desearía poder hacerlo. Fue a partir de estos momentos de bloqueo y sequía poética que me aventé a probar escribiendo relatos cortos. Al final lo importante es nuestra relación con la palabra y con el acto creativo. Pienso, además, que no son géneros excluyentes sino complementarios.

Con la referencia que hacés de César Aira pienso que no necesariamente la poesía es una grada anterior para convertirte en narrador. Hay algunos narradores que nunca pasaron por la poesía. Aunque muchos sí lo hicieron. En El Salvador, por ejemplo, escritores como Róger Lindo, Miguel Huezo Mico, incluso Horacio Castellano Moya, o más atrás, Claribel Alegria, Claudia Lars, Roque Dalton, o de Guatemala Marco Antonio Flores fueron poetas antes que narradores. Creo que la narrativa es un género muy versátil que te permite llegar a más lectores que la poesía. Espero seguir cultivando ambos géneros. No quisiera que la poesía me abandonara nunca.

Ricardo Corea: Alguna vez hemos hablado sobre el lenguaje en la ficción. Recuerdo que fuiste vos quien una vez me dijo que había que aspirar a la universalidad, pero desde lo local. 2 de noviembre es un fiel ejemplo de esa convicción, con un lenguaje bien salvadoreño. ¿Cómo te sentiste trabajando con lugares, palabras y situaciones cercanas a nuestra realidad?

Allan Barrera: No sé si es una generalidad, pero me da la impresión que uno de los dilemas, al asumirnos como escritores centroamericanos, es que tenemos miedo a mostrarnos como provincianos, queremos alcanzar la universalidad eliminando nuestra especificidad. Nos da miedo no ser entendidos idiomáticamente por otras regiones, con un público lector más amplio. Yo intento escribir, en primer lugar, para un lector salvadoreño y centroamericano, utilizando los registros lingüísticos de los que dispongo en mi país. En ese cuento, por ejemplo, opto por usar el “vos” en lugar del “tú” que es como nosotros hablamos. Ya si logro atraer otros lectores que hablen otros españoles, pues eso ya es ganancia. Pero no creo que la ruta para alcanzar esa “universalidad”, concepto además problemático, sea necesariamente el dejar de ser uno. Si vamos a aportar algo a esa “universalidad”, que sea desde lo específico nuestro. Mostrando nuestras realidades cotidianas.

Ricardo Corea: El año pasado fue Alejandro Córdova quien ganó este mismo concurso. Lo que me parece interesante, más allá de que el premio quedó dos años consecutivos en El Salvador, es que su cuento reimaginaba la guerra. El tuyo, en cambio, se sitúa plenamente en la posguerra. ¿Cómo ves el panorama de lo que se está escribiendo desde la ficción en el país?

Allan Barrera: En primer lugar, me alegra mucho que el premio se haya quedado en nuestro país. Leí el cuento de Alejandro Córdova, un excelente cuento por cierto, y me pareció una relectura interesante de la guerra, realizada desde el presente de nuestra posguerra. Demuestra cómo dicho conflicto continúa extendiéndose a nuevas generaciones de escritores. En parte porque el trauma todavía tiene muchas heridas abiertas, procesos que todavía no se han cerrado, gente que todavía quiere saber qué ondas con sus desaparecidos y sus muertos, víctimas que todavía siguen esperando justicia.

En mi cuento no se nombra la guerra. El trauma del que hablo ahí es más un trauma familiar, de conflictos que ocurren en el microespacio de las familias pobres de San Salvador. Dinámicas dolorosas que son muy poco visibles, por estar en el ámbito de lo doméstico.

En cuanto al panorama de la ficción actual del país, bueno, yo no estoy tan actualizado. Lo último que leí fue el libro de Luis Flores y el de Ilich Rauda, que ganaron premio de cuento en los Juegos Florales, y ambos me parecieron excelentes libros. También la novela de Claudia Hernández, Rosa, tumba, quema, y Moronga, de Horacio. Me parece que las temáticas de estos escritores son muy variadas y develan matices muy importantes de nuestra realidad salvadoreña y centroamericana.

Ricardo Corea: Ahora una pregunta que parece de prensa rosa, pero que creo que la situación lo amerita: ¿Cómo viviste el momento en el que Sergio Ramírez te llamó para decirte que habías ganado? ¿Qué pensaste? ¿En dónde estabas?

Allan Barrera: Pues no lo creía, hasta que escuché su acento nica. Estaba en mi casa cocinando. Me emocioné mucho porque la verdad no pensé que tenía posibilidades de ganar, por lo mismo de que tengo muy poco de estar escribiendo narrativa. Pero fue un momento muy emotivo. Después me fui a comprar dos botellas de vino para celebrar con mi compañera.

Creo que el premio para mí es un estímulo muy importante, en el sentido de que el oficio de escribir está lleno de muchas dudas, más que de certezas. Y esto me reafirma de que en lo que escribo quizá hay algo valioso que tengo que seguir cultivando.

Ricardo Corea: Estás viviendo en México. Aunque esté geográficamente cerca, hay un mundo entero de diferencia en cuanto a las preocupaciones literarias. ¿Qué te ha parecido la industria editorial mexicana? Sobre todo ahora con la llegada de López Obrador.

Allan Barrera: Lo primero que me impresionó, la primera vez que visité México, fueron sus librerías. Hay una enorme variedad de títulos y editoriales que me hicieron odiar las carencias de las librerías de El Salvador. Pero eso es posible por la densidad poblacional que tiene este país. Con lo pequeño que es El Salvador, y con lo centrado que está todo en la capital, no creo que sea posible que se desarrolle una industria editorial semejante a la de México, a menos que se piense en todo Centroamérica. Lamentablemente, las librerías en nuestro país siempre están al borde de la quiebra.

No estoy al tanto de qué cambiará con la llegada de López Obrador en este rubro de la industria editorial, pero sí puedo decirte que aquí sí se nota que han orientado políticas culturales para estimular la lectura y el consumo del libro.

Ricardo Corea: Realmente no te has desarraigado de El Salvador. Pero con esa cierta distancia que tenés, ¿qué te parece este auge que está teniendo el mundo editorial salvadoreño? Hablo de la aparición de la editorial Los Sin Pisto, pero además de revistas y espacios culturales como La Zebra, Café Irlandés, La Piscucha, incluso Grafomaniacos…

Allan Barrera: Llevo menos de un año viviendo fuera del país. A pesar de eso, mi comunidad imaginada sigue siendo El Salvador. Me pienso todos los días desde ahí.

En nuestro país, cualquier espacio que se abra para la literatura es ganancia. A mí estas iniciativas que mencionás me parecen muy valiosas. Pienso que tendrían un impacto más efectivo si se tuviera una contraparte desde el Estado, impulsando políticas orientadas a la promoción y difusión del libro, y también a desarrollar un público lector más amplio, destinar más recursos a eso. Yo desde la secretaría de cultura del FMLN trabajé en el equipo que elaboró la Ley de Cultura, pero hizo falta su plena implementación. Espero que el nuevo gobierno logre su cumplimiento. Pero por lo demás, me parece que están realizando un excelente trabajo.

Ricardo Corea: Hay un tema que casi nunca se aborda acá y es el de la formación del escritor. En El Salvador, y diría que casi en toda Centroamérica, los que aspiramos a escribir no tenemos muchos espacios para aprender de otros. Justamente, vos y yo nos conocimos en un taller de Jacinta Escudos allá por el 2015. ¿Cómo evaluás vos el que haya este tipo de espacios, talleres, que nos permitan aprender el oficio?

Allan Barrera: Estos espacios son muy importantes porque permiten un diálogo intergeneracional, y que los escritores mayores puedan transmitirnos su experiencia acumulada. Yo empecé a escribir narrativa porque me metí a ese taller de Jacinta Escudos. Ella fue mi maestra. Ella sembró en mí el germen de la narrativa y agradezco mucho sus consejos y sugerencias. Yo quisiera que en El Salvador se hiciera una escuela de escritores, pero no privada sino pública, en donde te enseñen escritura creativa.