Estimado lector, sé que disculparse antes de tiempo es un acto muy desagradable, pero en esta ocasión creo que mis motivos son legítimos. Lo primero, mientras escribo estas líneas, apenas hace una hora o menos acabo de terminar de leer la novela que comentaré. Lo segundo es que la novela me gustó, por lo que este comentario es muy probable que en general carezca de rigor, seriedad y todos las cualidades para darle más atención de la debida. Lo tercero es que no escribo reseñas de libros, por lo que esto no será un reseña clásica, sino un comentario personal. Y cuarto, no sé en qué punto esto tendrá spoilers y se mezclará con la avalancha de pensamientos al azar que en este momento están haciendo estallar mi cabeza.

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Lo primero que tengo que decir es que la novela se lee en cinco o seis horas, como mucho. No lo digo por ninguna implicación mayor a la evidente: la novela está en el intermedio, más del lado de la brevedad y alguien con ganas de leerla puede hacerlo de una sentada. Yo comencé a leerla (creo) a eso de las ocho y algo o nueve de la noche (no vi la hora exacta), y ya para las tres de la mañana estaba llegando a las últimas líneas. Claro está que en gustos nada está escrito, por lo que alguien podría no pasar de las primeras páginas, mientras que otra persona podría leerla en menos tiempo. En mi caso la novela me enganchó y luego de no poder dormir por más de una hora fue que entonces comencé a teclear.

Debo añadir que jamás había leído nada de la escritora Elvira Sastre y que el libro llegó a mis manos, le di la respectiva hojeada exprés y no tenía intención de leerlo. Al menos no en lo inmediato. No soy muy adepto a las historias de amor. Al menos la última novela que leí del mismo género debió ser una de Agnes Martin-Lugand, allá por 2013. Por otra parte, en el ejercicio de tratar de no ser un lector supersticioso (como nos aconseja Borges), tenía expectativas neutrales con la novela, sin dejarme llevar por las reacciones desmedidas de ambos bandos: por un lado la abundancia de comentarios negativos y por otra una proporción gigantesca en comentarios positivos. La buena y la mala crítica parece ser desmedida y dividida, con espacios reducidos para la saludable aurea mediocritas.

Pero nada como el criterio propio y la experiencia personal, por lo que —como quien no quiere la cosa— solo comencé a leer las primeras líneas y lo demás fue viajar en autopista, a toda velocidad. Pero esa fue mi experiencia y no puedo garantizar que le ocurra igual, estimado lector.

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Cuando leí el punto y final lo primero que pensé fue que una novela así solo podría escribirla alguien con experiencias fuertes relacionadas con el amor. O como mínimo conocer de primera mano algunas vivencias de gente muy cercana. Dejando de lado un momento los asuntos estéticos en una creación literaria, lo cierto es que cualquier persona puede intentar escribir una historia de amor, pero el nivel de reflexión que esta novela ofrece, y para el que podríamos denominar el público lector para quien va dirigida la historia, es para aquellos que han amado con locura, con entrega absoluta, independiente de si esto es bueno o malo, de si representa o no la afamada prudencia y madurez, o de si se perciba o no como patético o como un argumento muy manido.

Dicho esto hay que añadir que son pocos personajes, pero que son los suficientes para alcanzar el objetivo de la historia. Sus caracterizaciones son contundentes, o por lo menos a mí me lo parecen por los siguientes motivos: Descripciones concretas, dos o tres frases sobre el carácter de un personaje, dejar que funcione en situaciones concretas sin mayores añadidos, y la imagen resultante es eficaz. Eso sí, la mejor caracterización pertenece a la abuela Dora. Me sentí identificado con el hecho de que sobresale ese rasgo de complicidad entre abuela-nieto que nos es común tal vez no a todos, pero sí a casi todos aquellos que hemos tenido el privilegio de compartir ese vínculo.

El narcisismo de Marta, el amor de Gael, puede resultar complaciente para algunos, pero muy ilustrativo para otros: es un símbolo de uno de los grandes males de nuestra generación, independiente del género y de las preferencias que cada quien tenga.

Gael, el personaje protagonista, es joven e inconforme, por lo que es fácil llegar a identificarse con él. Pero también es fácil simpatizar con la historia de amor de la abuela Dora, la cual nos llega de su boca con muchos años de recuerdos y ausencias. Los malestares y fracasos espirituales que nos causan la oposición de la familia, la sociedad y la institución académica es un mal que se junta con la avalancha del esplín moderno y con el poder del peso de un siglo de desgracias. La novela es lo suficientemente cotidiana como para hacernos ese necesario recordatorio. La inconformidad con la que vivimos en la sociedad contemporánea nos llega añejada, aunque quien se enfrente a la lectura no tenga ni los 30 años de edad o el conocimiento histórico de todo lo que en este mundo antecede. Y es un interesante punto de partida, para que desde el principio tengamos la noción de la conciencia que el personaje tendrá a lo largo de toda la novela. Por eso es fácil verse en un espejo emocional.

El camino que el personaje se ha trazado en la vida parte de una profunda determinación y esta nos es presentada de una manera precisa. Para quien tenga demasiada exigencia como lector podría pensar en un perfil cliché, pero en ningún momento falla a la verdad. ¿Quién no está dispuesto a luchar cuando se ama de verdad? De hecho, su optimismo es casi infantil, en una mente adulta que sigue soñando, por lo que la verosimilitud está presente. Muchos jóvenes de la presente generación no evitarán identificarse. Para rematar dicha verosimilitud basta con resaltar que el personaje de la abuela Dora es la voz de la conciencia de Gael: donde en él nace la duda, el dolor o la preocupación, aparece la voz de la abuela para recordarle cómo ella cargó con todo eso y más, y que igual pudo sobrevivir. Gael cuenta con un respaldo de experiencias que le sirven como medicina para sus propias circunstancias.

Por otra parte, he leído muchos comentarios injustos sobre las frases cliché o el supuesto exceso de lugares comunes. Prefiero no tomar posición en ese caso, porque lo primero que me pregunto es: ¿qué es un lugar común en más de mil años del género novela? Claro, podríamos discutir sobre los supuestos estándares artísticos en la narrativa o en cómo una buena y sabrosa prosa puede satisfacer el espíritu y el oído de un buen lector. Pero ¿no hay tantas variantes en el estilo, como para precipitarse con un juicio demasiado desmedido? Pienso, por ejemplo, en las frases de algunos prosistas norteamericanos de novela negra que solían utilizar una frase inicial más o menos cliché, para luego sortearla y tapar el bache con una frase complementaria que le daba la vuelta de tuerca. En prosa no hay nada definitivo. ¿Cuál es el equilibrio perfecto entre un lenguaje demasiado embellecido o demasiado seco, entre la prevalencia de lo que ofrece el lenguaje sobre el argumento?

La fortaleza de su prosa no se basa en la frase bien elaborada o en digresiones poéticas con una gran multiplicidad de significados, aunque, por supuesto, no quiere decir que no estén presentes a lo largo de la novela. En realidad su fortaleza radica en que apela muy bien a las emociones del lector, sobre todo en aquellos que posean vivencias similares a las planteadas en ambas historias, la de Gael y la de Dora, además que su seducción es más poderosa en quienes caemos rápido por conmovernos con una gran facilidad.

Ambas historias de amor que se nos presentan son, a mi parecer, de una gran valentía. ¿Cómo escribir una historia de amor en el siglo XXI? ¿Cómo escribir una novela de romance sin caer en el desdén de quienes hace tiempo no han vuelto a enamorarse o se han olvidado de los vaivenes de una relación aciaga? ¿Cómo presentar el amor en esta era de cinismo y utilitarismo, bajo un esquema que para muchos es caduco, aunque para otros es esperanzadoramente entrañable? El lector sofisticado promedio podría llegar a sentir los escenarios, las acciones, los personajes y los contextos como algo patético, pero si lo piensa por un momento, ¿qué historia de amor no tiene algo de patético? ¿Qué historia de amor es pulcra y perfecta? ¿Cómo escribiría usted una historia de amor con la conciencia de la pesada tradición occidental a sus espaldas o aferrándose a ella como medida y parámetro? La valentía de esta novela es que su autora decidió contar la historia, a su manera, con su propia honestidad, porque tenía que contarse, porque necesitaba asumirla, sin pensar en qué lugar entra o sale de los esquemas.

En casi toda la novela se mantiene el tono melancólico, el peculiar morbo romántico hacia lo prohibido, lo cual da una fantasiosa sensación de que es solo eso, el suspiro seductor de nuestras propias historias perdidas, de nuestros propios amores cobardes por los que nunca nos atrevimos a luchar. El suspiro seductor viene solo, como catarsis sencilla, sin la necesidad de querer materializar nada. Eso sí, el hábito shakespereano sobrevive muy en el fondo: transgredir, pero sin saber qué es lo que sigue, qué se asoma en la incertidumbre, por lo que para mientras resulta preferible que el mundo entero se mantenga en su confortable lugar, porque es mejor el infierno conocido, que eso nuevo de lo que apenas vislumbramos algo. No hay intención de final feliz, pero el optimismo se sobreviene como una manera de supervivencia, porque Gael aprendió de su abuela Dora a convertir el dolor en una poderosa fortaleza para crear anticuerpos.

Si la novela es declarada culpable por su prosa melancólica, hay que decir que en estos tiempos es necesario que alguien nos recalque esas supuestas obviedades (y digo supuestas, porque en el fondo las sabemos por simple conocimiento, aunque ninguno las vive igual). Esta es una sociedad con una moral en total bancarrota y con un ascenso desmedido del cinismo y el carácter volátil, por lo que el relato del amor, con sus millones de variantes, se nos viene como oasis y pan necesario: Esa olvidada certeza de la fugacidad de la insalvable juventud y de los sentimientos que dejamos perder cuando se nos escapa de las manos la edad de la inocencia. Pero para no sonar como niño pucheroso y fatalista, hay que decir que quien ha amado con locura no evitará sonreír para sí cada tanto.

Toda buena historia de amor nos deja esa sensación en el pecho, el saudade que contiene el aire de siglos y universalidad. Cambie las épocas, los vestuarios, los escenarios, los contextos, las facilidades o dificultades: esa historia de dos seres humanos que se fusionan y que los vuelve uno con el universo siempre será algo que nos impresione, sin importar a qué tiempo pertenezcamos. Es por eso que, independiente de la suficiencia o insuficiencia de elaboración que la actual crítica considere, a mi juicio la autora de la novela no tuvo miedo de enfrentarse a esa aparentemente apabullante universalidad que contiene la trascendencia de toda buena historia de amor. Lo afrontó de manera directa, con sus propias incertidumbres, pero también con sus propios aprendizajes, como buena ciudadana del siglo XXI que necesita plantearse sus propias respuesta.

A veces presenta frases o apreciaciones éticas y de apuesta de vida que pueden sonar idealistas, pero ¿no es el amor de un optimismo agridulce, en el que apostamos todo, aunque sabemos que en el siguiente giro de la ruleta podríamos perderlo todo?

La novela en ningún momento lo dice de forma explícita, pero nos presenta una verdad que siempre hemos sabido y que nos negamos a aceptar por culpa de los emocionalismos que podrían representar la cárcel de nuestras propias circunstancias: el amor, aunque es un sentimiento que puede ser perecedero, también es tenacidad, persistencia, equilibrio y, en cierto modo, es también un acto de una voluntariosa y profunda disciplina. Los amores que han resistido los años lo saben muy bien, y también los amores que han sobrevivido a los problemas graves y a las grandes pérdidas.

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Uno de los comentarios más injustos que leí fue que la novela contiene banalidad y poco mérito estético. Yo no soy experto, pero a mí no me lo parece… al principio advertí que quizá he perdido el rumbo y solo estoy opinando desde la emoción que la novela me causó, pero para mí pesa mucho lo que nos hace sentir, independiente de las supuestas carencias estéticas. Apelo a una voz más autorizada para que enumere los defectos, si tal asunto le place. Yo me quedo con lo que el texto me hizo sentir.

Hace años amé con locura, con una entrega que hasta para familiares y amigos fue absurda. Sé que lo se siente que el corazón de uno lo dejen caer pisos abajo hasta hacerse pedazos. Sé qué se siente perder a alguien también. Sé que se siente ser utilizado y sé qué se siente ser amado. Sé que se siente estar en el lado equivocado de las cosas y querer salvar a alguien, cuando en realidad jamás debí arrogarme ese derecho.

Y quizá por eso, aunque no es mi género predilecto, de alguna manera la novela logró calarme hondo, como si hubiera estado esperando estas pequeñas reflexiones. Si para unos eso es el equivalente de la autoayuda, para mí es una suerte de bildungsroman. Yo me conformo con mi propia ganancia y creo que estas horas de lectura fueron bien invertidas.

¿Que si la recomiendo? Bueno, en lo personal no me gusta recomendar libros. Solo lo hago con mis amigos más cercanos. ¿Y qué diantres hago escribiendo todo esto entonces? —podría preguntarse alguien—. No sé, la verdad. La respuesta simple y llana es que leí la novela de un tirón y sentí la urgencia, la terrible necesidad de escribir toda esta perorata.