Cuando se trata de querer escribir literatura, hay un par de cosas que en el camino nos encontramos como regla general: un texto no debe condicionarse moralmente, aunque en el fondo responderá a la ética y moral de la época que pertenezca, ya sea para reafirmarla o negarla. Sin embargo, participar de forma directa de la explicación trascendental —no importa si con un narrador o un personaje— destruiría la magia que podría encerrar el texto, porque la moral y la ética cambian, pero una buena historia siempre será una buena historia.

Además, aprendemos en el camino que comprender un texto a nivel estético no nos da garantías de nada. Los artilugios y las mañas sirven, pero a la hora de escribir solo se podrá depurar con propiedad el resultado si hemos practicado con conciencia. Y con conciencia me refiero a ensayar la frase y no conformarnos con las formulaciones demasiado prácticas (las tentaciones de los lugares comunes). De eso ya tenemos millones de textos, que vemos en estados, frases, comentarios o chistes que la gente escribe en cualquier plataforma social. La salida fácil es una tentación poderosa.

Aquel fragmento de Walter Benjamin (últimamente lo veo muy popularizado en algunos círculos) es muy esclarecedor al respecto, por lo que es de rigor citarlo aquí:

Cada mañana se nos informa sobre las novedades del planeta. Y, sin embargo, somos pobres en historias singulares. ¿A qué se debe esto? Se debe a que ya no nos llega ningún acontecimiento que esté libre de datos explicativos. En otras palabras: ya casi nada de lo que sucede redunda en provecho de la narración, casi todo en provecho de la información. Porque si se puede reproducir una historia preservándola de explicaciones, ya se logró la mitad del arte de narrar. Los antiguos eran maestros en este arte, Heródoto a la cabeza. En el capítulo catorce del tercer libro de sus “Historias” está la historia de Samético. Cuando el rey egipcio Samético fue vencido y tomado prisionero por el rey de los persas Cambises, Cambises se empecinó en humillar al prisionero. Dio órdenes de hacer parar a Samético al costado de la calle en la que harían su entrada triunfal los persas. Y además dispuso las cosas de tal forma que el prisionero pudiera ver pasar a su hija como sirvienta yendo con una vasija a buscar agua a la fuente. Mientras todos los egipcios se quejaban y se lamentaban ante ese cuadro, Samético permanecía parado solo, inmóvil y sin pronunciar palabra, los ojos fijos en el suelo; y cuando al poco tiempo vio que su hijo era conducido junto con otros para ser ejecutado, siguió sin conmoverse. Pero cuando después reconoció a uno de sus criados, un viejo hombre empobrecido, en la hilera de los prisioneros, se golpeó la cabeza con los puños y dio señales del más profundo dolor. En esta historia se ve lo que es un verdadero relato. El mérito de la información pasa, en cuanto ésta deja de ser novedad. Ella sólo vive en ese momento. Debe entregarse a él y explicarse sin perder tiempo. Pero con el relato sucede otra cosa: no se agota, sino que almacena la fuerza reunida en su interior y puede volver a desplegarla después de largo tiempo. Así Montaigne volvió al relato del rey egipcio y se preguntó: ¿por qué el rey se queja recién al ver a su criado y no antes? Montaigne responde: “Como ya estaba lleno de dolor, bastó un mínimo incremento para que éste rebasara”. Ésa es una forma de entender esta historia. Pero la misma también admite otras explicaciones. Cualquiera puede trabar conocimiento con muchas de ellas, si plantea esta pregunta en el círculo de sus amigos. Uno de mis amigos dijo, por ejemplo: “Al rey no lo conmueve el destino de lo monárquico; porque ése es el suyo”. Y otro: “En el escenario, nos conmueven muchas cosas que no nos conmueven en la vida; este criado sólo es un actor para el rey”. Y un tercero: “El dolor intenso se acumula y sólo sale a la luz cuando la persona se distiende. El reconocer al criado fue la distensión”. “Si esta historia hubiera sucedido hoy”, dijo un cuarto, “entonces en todos los diarios diría que Samético quiere más a su criado que a sus hijos”. De lo que no cabe duda es de que todos los periodistas la explicarían en un abrir y cerrar de ojos. Heródoto no la explica ni con una palabra. Su relato es el más seco. Por eso, esta historia del antiguo Egipto puede provocar asombro y reflexión aún hoy, después de milenios. Se parece a las semillas que durante miles de años estuvieron herméticamente cerradas en las cámaras de las pirámides y conservaron su capacidad de germinar hasta el día de hoy.

Lo anterior está dicho con las palabras justas: no podría escribirlo mejor, a menos que utilizara mayor palabrerío, lo cual denotaría la inutilidad de mi esfuerzo.

Pero lo importante es el meollo de este asunto, que es preocuparse ante todo por contar la historia. Ese es el clásico consejo, al menos desde los novelistas franceses decimonónicos y la preceptiva literaria de los últimos cien años. Un par de buenos ejemplos los encontramos en Bukowski o en Carver, por mencionar dos ejemplos ilustrativos y relativamente recientes: se atienen a los hechos, cuentan la historia y que lo demás lo ponga el lector.

En este punto creo que en general hay mucho que agradecerle a los paisajistas bucólicos latinoamericanos. El costumbrismo tuvo los excesos de embellecer demasiado con las palabras, abusando del recurso y forzando el alma del lector, por un tiempo lo suficientemente prolongado como para caer en un anquilosamiento del lenguaje similar al que en su tiempo provocó el barroco. Es por eso que quizá el género no ha sobrevivido bien, aunque no por eso deja de ser popular. Incluso conozco lectores que siguen asombrándose con algunas descripciones, las cuales cuando son bien logradas evidencian sensibilidad, persuasión y extrañamiento en el lenguaje. Pero el punto es que los realistas, los costumbristas y los ejemplos citados se preocupaban por mostrarnos cosas con las palabras.

Hay que ser honestos y la verdad es que resulta encantador cuando uno lee un texto y el autor narrador hace digresiones de los más variados géneros. Se me ocurre la escena de Víctor Hugo en Los miserables, cuando explica esa mañana decisiva en la batalla de Waterloo, o la escena de la ejecución pública de unos condenados a muerte, en El conde de Montecristo. Después de leer esas acotaciones interpretativas o digresiones uno siente que creció en algo, que despertó a una nueva naturaleza, como si acabara de tomar una pastilla de sabiduría.

Pero siguiendo con la idea planteada por Benjamin, lo cierto es que esa es una habilidad que no todos pueden aprovechar: el que Hugo o Dumas lo hayan hecho, no implica que todos corramos con la misma suerte, y en ese sentido deberíamos de aprovechar las lecciones que nos deja el cuento como género literario. Como dijo Cortázar (si mal no recuerdo): “El cuento es una síntesis centrada en lo significativo de una historia”.

Es por eso que tiene sentido también que con frecuencia se nos aconseje escribir cuentos a granel, antes de acercarse a la novela: es el equivalente a aprender a escribir poesía pasando primero por la métrica (para aprender precisión y música en las palabras), para al final hacerlo como nos sintamos más cómodos, sea en verso libre, poema en prosa o incluso quedarnos en la tradición de rimar con musicalidad. El equivalente en el teatro sería como aquel ejercicio de colocarse el lápiz en la boca y forzarnos a hablar, para que después de un tiempo con esta práctica logremos una pronunciación impecable. Y bueno… no quiero pasarme con las analogías, aunque sé que estas siempre sirven.

Después de todo lo dicho no me extrañaría que se preguntara por qué menciono todas estas cosas, si precisamente no soy alguien que comparta cuentos propios: no los hay ni en este sitio y tampoco jamás he publicado un libro o en una revista famosa. Es decir, desde un punto de vista del mundillo de la literatura no soy nadie. De hecho, desde que escribo en las redes solo he compartido uno, y en realidad era un ejercicio personal (me obligué a escribir una cantidad estricta de palabras). Aquí es donde debo poner una carita que represente la vergüenza: todavía no siento que mis intentos literarios sean lo suficientemente buenos como para compartirlos, aunque sea en este espacio, y ya no digamos para publicarlos de verdad, en algún medio impreso.

Como me escribió una compañera de plataforma, en alguna ocasión, parafraseándola un poco: todo lo escrito quizá son comentarios para los demás, pero que en realidad son consejos o notas del bloguero Edwin para el bloguero Edwin, a modo de recordatorio, quizá porque en en el fondo sigo buscando y quisiera dar algún día (más pronto que tarde) con mi propia receta y pueda entonces sentirme satisfecho con mis escritos.

No me lo está preguntando, pero dejando lo anterior de lado, confieso que siempre me ha preocupado no transmitir la emoción precisa y al mismo tiempo ser demasiado seco. De hecho, soy de un lenguaje muy, pero muy simple, a la hora de mis intentos literarios. Y aunque tengo intentos personales para embellecer un poco con palabras, al final me siento demasiado artificioso, y vuelvo a escribir todo seco, como cuando uno cede a la tentación y decide con impunidad comerse un buen pedazo de pastel de chocolate después de cenar.

Al final quizá lo único que queda es seguir ensayando las frases, y de ser necesario, ensayar también los párrafos. El viejo consejo de seguir a un maestro es tentador, pero en lo personal nunca se me dio bien: quisiera poder escribir como Stefan Zweig, quien siento que es capaz de perforar y escarbar en los asuntos más triviales, encontrando una grandeza inusitada. Pero cuando hago mis intentos siento que precisamente caigo en el error que señala Benjamin: me dedico a explicar, donde hay que mostrar. Zweig sabía manejar su propia receta. Yo debo encontrar la mía, aunque por supuesto no está mal observar con detalle el buen arte de los demás.

En todo caso lo que tenemos que hacer (para quienes nos gusta escribir) es seguir la ruta de oficio de Flaubert, o de Vargas Llosa, para poner un ejemplo latinoamericano: se puede llegar a ser escritor a fuerza de persistencia, pero que esta no sea monolítica y mucho menos monótona. Un artista marcial puede practicar 10,000 veces un movimiento hasta internalizarlo y lograr ejecutarlo casi inconscientemente. Pero el peligro radica en que su movimiento es tan preciso (por haberlo hecho miles de veces), que un buen oponente lo leerá como a un libro que repite las mismas fórmulas. Es por eso que la analogía de meterse en la madriguera del conejo blanco, donde nos enfrentaremos a lo desconocido, siempre es pertinente en estos casos.