Una pareja de jóvenes astrofísicos descubre unas emisiones de neutrinos procedentes de un cuadrante del firmamento. Su experimento no prospera y las cintas con los registros del flujo pasan de mano en mano, incluyendo las de un par de charlatanes, hasta que un físico de formación los somete a un análisis cuyos resultados indican que las emisiones se repiten periódicamente, como un mensaje. 

Al calor de este descubrimiento surge MAVO (La Voz del Amo, o The Master’s Voice), una especie de Proyecto Manhattan de las estrellas, volcado a resolver qué hay detrás del enigmático flujo. 

Con ese propósito, el gobierno estadounidense rehabilita una antigua base de pruebas nucleares en el desierto de Nevada –con su propio polígono de bombas– y planta ahí una variada flora: matemáticos, físicos, astrofísicos, bioquímicos, informáticos, lingüistas, filósofos, psicoanalistas y más con la misión de discernir y descodificar la “Carta de las estrellas”.

La Voz del Amo recoge las memorias de Peter E. Hogarth, un genio de las matemáticas puras que ha sido incorporado al contingente de investigadores cuando el proyecto ya se encuentra en marcha. El narrador hila la historia y las desventuras de MAVO con erudita ironía, y a su cinismo no escapan ni los burócratas de Washington ni sus colegas científicos, ni veinte siglos de historia humana. No estamos frente a un relato con platillos voladores o criaturas con múltiples extremidades. En el prefacio de su libro, Hogarth aconseja al lector que solo busca “estremecerse de placer como cuando uno ve películas de suspense”, que mejor abandone la lectura en este punto antes de llevarse una decepción.

Se puede decir que el relato ofrece su propia variedad de suspense.  En su recorrido por el historial de MAVO, Hogarth despliega ricas y abundantes reflexiones filosóficas en torno a la cultura y la existencia humanas, que acompañan al torrente de especulaciones, hipótesis, contradicciones, sospechas y desencuentros que se incuban en este claustro de las ciencias situado en primera fila para participar del “Primer Contacto”.

Dentro de la colonia científica, la naturaleza humana no pierde su esencia. Se forman bandos y abundan las suspicacias y las puyas. Ninguno de los científicos da un paso “sin llevar encima un pequeño aparato antiescuchas, y la verdad es que disfrutaban como niños al ver desbaratado el vasto sistema de vigilancia al que se les había sometido”. Solo se les ocurre desconectar los aparatitos cuando se les antoja compartir chistes, especialmente si son obscenos, para irritar a los patrones. 

“Los roces entre los humanistas y los naturistas estaban a la orden del día”. Los primeros son los Humos y los segundos los Fisios. Las reuniones conjuntas suelen terminar en peleas abiertas. “Los que más se sulfuraban solían ser los psicoanalistas”. “Exigían que los expertos descifraran el ‘estrato literal’ del mensaje de las estrellas para a continuación ocuparse ellos mismos del universo de símbolos utilizados por la civilización de los Emisores”.

De trasfondo, el gran misterio: qué diantres contiene el mensaje. Ante la falta de certezas, las interpretaciones son inagotables. Unos sospechan que podría tratarse de un artefacto (los del Pentágono, para el caso, infieren que una civilización superior desea compartir elementos para confeccionar una superbomba o algo parecido).  Dos equipos por separado sintetizan, a partir de lo que interpretan como un subtexto del mensaje, excreciones o sustancias que denominan “Huevos de Rana” y “Señor de las Moscas”, respectivamente. Algunos científicos creen que los efectos biófilos de la carta representan la recreación del protoplasma originario de los Emisores. “Según estos eruditos, si consiguiéramos materializarlo en su totalidad, siguiendo las instrucciones, tendríamos ante nosotros, procedente de alguna civilización galáctica, a un individuo vivo e inteligente, telegrafiado directamente a los receptores terrestres mediante el chorro de una emisión de neutrinos”. 

No faltan, por supuesto, los convencidos de que detrás del misterio animan planes para conquistar la Tierra.

En medio de la profusión de teorías persiste una duda maldita: si el mensaje de neutrinos no pasará de ser un portentoso y caro despiste, algún tipo de radiación natural o algo similar.

A fin de cuentas, La Voz del Amo ofrece una rica y espesa lectura.

La Voz del Amo, de Stanislaw Lem (Polonia; 1921-2006). Editorial: Impedimenta
Stanislaw Lem nació en la ciudad polaca de Lvov en 1921 en el seno de una familia judía. Cuando los nazis invadieron su país abandonó los estudios de Medicina y se unió a la resistencia, en la que participó en acciones de sabotaje. La mayor parte de sus novelas se ubican dentro del género de la ciencia ficción. Una de las más conocidas es Solaris, en buena parte porque fue llevada al cine en la era soviética. Hace unos años, Hollywood produjo su propia versión. Lem fue expulsado de la Asociación Americana de Escritores de Ciencia Ficción (SFWA), a la que pertenecía, por comentar en una ocasión que la ciencia ficción estadounidense era de inferior calidad.