Así es el juego, dice Josué Andrés Moz, callarse o joder con un poema. Pero esta vez hará una excepción de cuarentena domiciliar para joder en una entrevista con esta revista, Grafomaniacos.

Joder, del latín futuĕre, que significa practicar el coito, poseer a alguien sexualmente, echar a perder algo. Apuesto a que en esta cuarentena domiciliar han jodido hasta en la librera, hasta que el temblor del orgasmo arroja al suelo Trópico de capricornio, de Henry Miller, y recuerdan, con sonrisa cínica, una cita que, tiempo atrás, subrayaron con un marcador: “La amarga experiencia me ha enseñado que lo que sostiene el mundo es la relación sexual. Pero la jodienda, la auténtica, el coño, el auténtico, parecen contener un elemento no identificado que es mucho más peligroso que la nitroglicerina”.

Aunque, pensándolo bien, quizás a ninguno se le haya ocurrido joder en la librera. Pierdan cuidado, esta presentación es solo ganas de joder, de joder de verdad, no de copular. ¿Qué estará haciendo Josué Andrés Moz en este encierro? Bueno, ¡no tiene una librera! Pero sí tiene tiempo. Mucho tiempo. Y lo ha tenido para conversar con nosotros, Grafomaniacos. Ahora sí, pongámonos serios.

Carlos Altazor: Hace unos días, en Grafomaniacos publicamos una breve selección poética de un joven escritor salvadoreño. La publicación generó algunos comentarios sobre la poesía que se está escribiendo en el país. Te resumiré los planteamientos de esos lectores: ¿Por qué los poetas de hoy no se exigen más? ¿Acaso la poesía consiste en superponer frases? Uno de los lectores incluso afirmó que estamos viviendo en una era caracterizada por “la ralentización del genio”, que la propuesta poética salvadoreña carece de sustancia, que los poetas se dedican a amontonar frases corrientes y vacías como resultado de una creación que repite “patrones acomodaticios”. ¿Crees que estos comentarios están justificados?

Josué Andrés Moz: Tuve la oportunidad de leer tanto la selección de poemas como los comentarios que surgieron a partir de ella. Me parece que las posturas de los sujetos que condenaron la publicación están regidas más por una apasionada nostalgia colectiva hacia autores del siglo pasado y antepasado (ya muy conocidos y estudiados), como lo son Lorca, Darío y Bécquer, y por el desconocimiento de la evolución de las estéticas.

En esos comentarios encontré aseveraciones como “en esta generación no hay Daríos”, o con la colocación en pedestal de la “elegancia” como único camino para lograr aproximarse a la poesía; o afirmaciones más aventuradas como de que “en la propuesta nacional de poesía, de cuento o de novela, etc., no hay nada de sustancia”. Y es precisamente luego de esto que no puedo tomarme con seriedad los comentarios de estas personas, pues se termina evidenciando que en ellos no existe una lectura de la literatura contemporánea salvadoreña, ya que, de haberse encontrado con autores como Claudia Hernández, Mauricio Orellana Suárez, Jacinta Escudos, Jorge Galán, Vladimir Amaya, Elena Salamanca, Pedro Romero Irula, Alejandro Córdova, etc., etc., etc., solo por mencionar algunos de nuestros escritores vivos menores de 60 años, no habría manera de llegar a dicha conclusión.

No falta sustancia en la literatura nacional, hace falta que el lector acomodado investigue y se permita descubrir obra publicada recientemente.

Por otra parte, si bien es cierto la selección del poeta Denny Romero, que es la que generó estos comentarios, podría haber sido más depurada, también es cierto que son textos de un autor que ha venido evolucionando y tratando de encontrar su propia voz y que con el tiempo llegará a entregar poemas dotados de mayor madurez. Todo es cuestión de tiempo. Allí hay un poeta.

Por mi parte, me alegré mucho al ver su evolución, y se lo hice saber. Yo confío en que mantendrá ese rumbo. Por último, me parece lamentable y considero un error tremendo tratar de encontrar réplicas de Darío, Neruda, Lorca, Roque, Bécquer, y ese larguísimo etcétera de autores notables a los que todos nos hemos enfrentado y que nos han marcado o no en nuestras vidas de lectores. Eso no significa otra cosa más que construirse barreras y con ello privarse de otros goces estéticos. Al momento de leer los ataques de estas personas me resultó inevitable preguntarme si habrían ya leído Poeta en Nueva York de Lorca o Las historias prohibidas del Pulgarcito de Roque, por mencionar únicamente dos de los libros más arriesgados y para nada cercanos al “genio clásico” al que tanto hacen alusión.

Carlos Altazor: Yo creo que, como en todas partes, aquí hay buenos y malos poetas. Recuerdo que hace tiempo leí una entrevista a Emilio Porta. En una parte de la entrevista, Porta afirma que hoy en día existe una “inflación de mala poesía”, de “autores que confunden lo poético con lo sentimental”, que no dominan el lenguaje ni la escritura y producen, cada año, libros sin ningún valor.

No quiero que me malinterpretés, no digo esto porque secunde los comentarios ni porque crea que al poeta que publicamos es un mal poeta. De ser así, no lo hubiéramos publicado en la revista. Pero lo cierto es que sí existe ese tipo de poeta, poetas que, por ejemplo, ni siquiera tienen un compromiso real con el lenguaje.

Yo, que soy corrector de estilo, ya lo sabés, no me tomo tan en serio cuando leo a un poeta que escribe con muchas faltas de ortografía. Y no es que sea un policía del lenguaje, pero creo que, como poeta, lo mínimo que podés hacer es aspirar a la excelencia, sea cual sea la forma poética en la que escribás. Y para ello hay que comenzar con el lenguaje. ¿A qué crees que se deba esto? Es decir, ¿por qué la falta de interés de muchos jóvenes poetas en aprender a dominar apropiadamente la herramienta principal del oficio?

Josué Andrés Moz: Para iniciar, matizaré un poco, desde mi visión particular, sobre el cierre de tu pregunta, porque me parece que la ortografía “adecuada” tiene poco o nada que ver con la calidad de una obra literaria. Pienso en autores como Proust o Saramago, cuyos hábitos de puntuación distan muchísimo de la norma; o poetas como Parra y Vallejo, que al escudriñar sus obras identificaremos numerosos errores ortográficos, y esto en ningún momento nos aleja de la efectividad de sus palabras. Sin embargo, comprendo hacia dónde dirigís la interrogante.

Dicho lo anterior, concibo el manejo del lenguaje como la capacidad del escritor de transmitir y conectar con el otro desde su estética particular, permitiendo que los discursos (valiosos) lleguen a puerto, siendo interpretados como al lector le sea permitido. Es decir, enviar y permitir que ocurra el desembarque, de allí en adelante el lector decide qué es lo que tiene entre sus manos.

Ahora, con las citas que hacés de Emilio Porta, creo que esa confusión de lo poético y lo sentimental hace referencia directa a los fenómenos editoriales de los últimos años. Pienso en llantos fáciles, en fórmulas gastadas de llegar a las sensibilidades y en la venta de la imagen del autor o autora por sobre la madurez e inteligencia de su obra. Si nos permitimos ponernos jocosos, no sería para nada difícil que caigan sobre la mesa nombres de autores como César Brandon Ndjocu o Quetzal Noah, o si queremos mencionar uno de los ejemplos polémicos más clásicos de estos años: Elvira Sastre. Autores, al fin y al cabo, que tienen la capacidad de vender y en buenas cantidades y que tienen un público lector, pero que por otro lado le quedan debiendo muchísima poesía al lector, por lo menos al lector iniciado.

Y esto hablando de autores jóvenes y con un alcance internacional. Pero si pensamos en otros pequeños crímenes locales y de edades avanzadas, sabemos muy bien que la infiltración de este tipo de textos que pretenden ser poéticos existen en el país desde hace mucho. Debería bastarnos con pensar en libros de Alexander Campos o del quezalteco Rubeld Molina, cuyas páginas están repletas de discursos nocivos. Textos que aún en la actualidad circulan dentro de instituciones y se les entregan de manera irresponsable a jóvenes estudiantes, diciéndoles que eso es poesía. Y esto no desemboca en otra cosa más que en obtener beneficios económicos sin ningún cargo de conciencia. Al final creo que todo se resuelve en el hecho de subestimar a los lectores, en buscar obtener ingresos económicos a toda costa y en una falta abrumadora de conciencia por la obra propia, independientemente de la edad que tengan los autores.

Carlos Altazor: Claro, pero esos fueron casos especiales dentro de la literatura. A esos autores les precedía una obra consolidada y, por tanto, podían permitirse, y se lo permitían, porque dominaban el lenguaje, cualquier tipo de licencia. Pero, bien, dejemos en paz a los demás y hablanos de vos. Leí por ahí que en una ocasión dejaste de escribir por algún tiempo. ¿A qué se debió esta renuncia momentánea a la escritura?

Josué Andrés Moz: Se debió a que me di cuenta de que no estaba escribiendo poesía con la rigurosidad y el respeto que merecía. Así que me dediqué a leer mucho. Abandoné muchos textos , abandoné las intenciones que tenía de escribir cuento y decidí nutrirme, consumir mucha literatura de distintos países y épocas y luego volver a buscarme. Nunca fue una renuncia como tal, fue más una pausa por respeto a mi propia escritura y con el afán de redirigir el oficio. Desde allí, no dejé de consumir arte en general, y eso me permitió construir lo que haría más adelante.

Carlos Altazor: En una ocasión tuve la oportunidad de hablar con David Escobar Galindo, un gran poeta salvadoreño subestimado y desdeñado por algunos por causa de la obcecación ideológica de estos. Pero, bien, no es mi intención hablar de política. El punto es que le pregunté si tenía dudas respecto al oficio de escritor. Él me respondió: “Todos las tenemos, solo hay que saber gestionarlas”. En otra conversación, le pregunté lo mismo al escritor cubano Juan Calero Rodríguez. Este me respondió en términos similares, salvo que añadió que, por muchos elogios que reciba, nunca se cree el cuento de que ya se ha ganado un lugar en el podio de los consolidados. ¿Has tenido dudas alguna vez respecto al oficio de escribir? ¿Cómo las gestionás? ¿Es posible saber cuando un poema es, digámoslo así, medianamente decente?

Josué Andrés Moz: Siempre tengo dudas respecto a la escritura. Si no las tuviera creo que realmente estaría en problemas. De un tiempo acá, lo que he intentado es trabajar mi obra a mi ritmo, sin cumplir una cuota de cantidad. Por ejemplo, sin exigirme concluir un libro en un año o algo parecido. Y realmente no sé si he aprendido a gestionar estas dudas, siempre dudo mucho de los textos y por eso los dejo reposar y realizo revisión constante, hasta que me siento agotado y ya no encuentro más cambios que realizar.

La “decencia” de un texto, al final, la acabará advirtiendo el ojo que lo lea. Lo que intento es dejar el texto lo más cercano a algo que yo disfrutaría leer y luego lo dejo caminar por su propia cuenta.

Carlos Altazor: Leí Manuscritos de lo que llevo en la piel, de Amy Loan, uno de tus heterónimos femeninos. Es un poemario con bastantes connotaciones eróticas, o, en todo caso, amatorias. Sin embargo, en tus creaciones poéticas, las de Josué Andrés Moz como tal, no existe esta característica. ¿A qué se debe esto? ¿No ama ni desea Josué Andrés Moz? Ja, ja, ja.

Josué André Moz: Ja, ja, ja, un librito del cual apenas me sobreviven ahora dos textos en mi cariño… Y, pues, sí, es muy erótico y creo que los poemas que he escrito (como Andrés Moz) alrededor del amor son muy poco conocidos. Sin embargo, sí existen. Quizá sea porque considero que son poemas muy difíciles de escribir y que tienen precisamente el riesgo de dejarte en ridículo si el abordaje es apresurado. Tengo en proceso un poemario de esa índole. Quizá en un par de años vea la luz.

Carlos Altazor: He oído decir que en el mundillo literario salvadoreño, como en cualquier otro, supongo, hay mucha pedantería y arrogancia, incluso he leído por ahí que existen “clanes” que se apoyan entre sí y que de algún modo menosprecian las voces de los demás, en una especie de “carrera poético-literaria” por alcanzar la aprobación y el reconocimiento. ¿Existe esta arrogancia y rivalidad entre grupúsculos poéticos? ¿Tiene Josué André Moz un enemigo confeso en el ámbito literario?

Josué Andrés Moz: Yo creo que ninguno de nosotros puede escaparse de la arrogancia y de cierta pedantería. Lo que toca es saber gestionar esas enfermedades y evitar caer en la miseria de llegar a niveles desbordantes en que se cree tener las claves de algo o haber llegado a algún lugar.

Las rivalidades existen y usualmente se resumen en ridículas luchas de egos y considero que estas son más del territorio de lo extraliterario. Son pocas las ocasiones en que he escuchado que hay un conflicto porque no concuerdan dos autores estéticamente.

Respecto a lo último, no considero tener enemigos. No soy alguien que haga enemigos. Sin embargo, sí he tenido algunas discusiones con ciertos poetas mayores que han emitido juicios “agudos” sobre obra de autores jóvenes, pero que, al cuestionarles cuáles eran sus motivos para desdeñar dichas obras, no sabían responder, porque no las habían leído. El salvadoreño no está acostumbrado a discutir para intercambiar y aprender; suele ser reaccionario y querer la victoria a toda costa, tanto que llega a las injurias. Y eso es triste. Ante esto, suelen quedar dos opciones: quedarse callado o joder con un poema. Suelo elegir la segunda porque es divertido.

Carlos Altazor: En El asco, ese librillo sacrílego, el protagonista llega a decir que Dalton, ofuscado por la ideología, “redactó” sus más vergonzosos poemas sociales. Puede parecer una frase mordaz sin ningún valor, pero la verdad es que, desde un punto de vista estético, Roque tiene muy mala poesía social. ¿Puede y debe en estos tiempos ser la poesía un instrumento ideológico como lo fue en el siglo pasado?

Josué Andrés Moz: Yo no creo que la poesía “deba” ser un instrumento ideológico. Sin embargo, en ocasiones lo es. Y en ocasiones muy afortunadas se logran conciliar con genialidad la naturaleza instrumental de un texto y la poesía en un mismo lugar.

Ahora mismo, un par de autores viejos han dicho que no existe poesía “comprometida” en el país, pero esto es visto únicamente desde el ángulo en que no se escribe de la guerra. Pero es que ya no estamos en la guerra, nos encontramos en un período interminable de posguerra, y la poesía ahora mismo da cuenta de los temas propios de ella: migración, violencia por pandillas, la corrupción de las instituciones, los fallos jurídicos que afectan al pueblo, los abusos de poder, los crímenes de odio, etc., son temas que ahora mismo están presentes en poetas contemporáneos. Así se vuelve tan poema como instrumento un texto de Vladimir Amaya que hable acerca del abuso de poder por parte de la policía como un poema de Alberto López Serrano en que se denuncie el transfeminicidio.

Para mí, la celebración debe estar donde ambas parten logren encontrar armonía. Porque, si no es así, allí se tienen poemas de espíritu y discursos anacrónicos que nos hablan de tomar ahora mismo las armas, con una ingenuidad alarmante.

Carlos Altazor: ¿O sea que es un nuevo compromiso, acorde a los tiempos que vivimos? Mister Cop, entonces, es parte de ese nuevo compromiso de los poetas jóvenes con la realidad de la posguerra…

Josué Andrés Moz: Podría serlo, aunque sin la intención de crearle un nombre. Creo que simplemente se está haciendo poesía como en cualquier época y que cada autor habla de lo que le atañe.

A mí en particular me interesa el tema de la policía y la manera en que muchos romantizan su papel en la sociedad. Me interesó explorar esa arista del día a día en que la policía, tristemente, ya no resulta una institución que te genere paz, sino otro aparato del terror.

Carlos Altazor: Me llama la atención ese poema porque, pese al tema que trata, no cae en fórmulas prosaicas. Con esto no quiero decir que lo prosaico sea una condición incompatible con el discurso poético. Bolaño y Parra son ejemplos claros de esto. ¿Cómo es tu proceso reflexivo en torno a la creación poética? ¿Pensás en el ritmo antes que en la imagen o en la imagen antes que en el ritmo? En pocas palabras, si acaso puede explicarse, ¿cómo nace un verso en tu inteligencia linguística?

Josué Andrés Moz: Pues, no suelo reparar en el orden en que las cosas ocurren, porque creo que, al hacerlo, todo se volvería un proceso mecánico y a eso sí le tengo auténtica miedo. Sin embargo, sí te puedo decir que suelo tener largos períodos de reflexión buscando las maneras de abordar un nuevo poema, períodos de días o semanas en que no escribo, sino que solo pienso en qué forma podría llevar el poema, cuál será el tono y qué es lo que quiero decir. Ya la forma en que todo sale y la limpieza son procesos variables. Y me alegra que sea de esa manera.

Carlos Altazor: ¿Por qué crees que hay más poetas que narradores en El Salvador? Poetas hay miles. La producción poética, comparada con los otros géneros literarios, es descomunal desde Miguel Álvarez Castro hasta Jorge Galán. ¿Será que muchos piensan que la poesía es el género más fácil?

Josué Andrés Moz: No sé por qué hay más poetas que narradores. No tengo una respuesta para eso. Pero sí puedo decir que hay muchísima narrativa que no se conoce, porque no han existido editoriales dedicadas netamente a la difusión de esta.

Vivimos en un país, es más, en una región en que las editoriales independientes son las que se encargan (solventando las deudas del Estado) de la publicación y difusión de obras literarias con sus propias capacidades y limitantes. Y en el caso particular de El Salvador, siempre ha habido más espacio para la poesía.

Esto es una fortuna para quienes escribimos poesía, pero una obvia desgracia para quienes escriben narrativa. No es hasta la aparición de Editorial Los Sin Pisto cuando hemos visto publicaciones constantes de narrativa, teniendo la posibilidad de encontrarnos con nuevas voces que, de otra manera, no habrían comenzado a tener proyección.

Este es de los proyectos editoriales que mayor emoción me genera en la actualidad, al igual que el proyecto editorial de La Chifurnia, que el año pasado también comenzó a publicar narrativa, y que recientemente sacó a la luz una nueva edición de Operación Amor, una de las novelas que yo considero de culto en El Salvador.

Carlos Altazor: Pero me parece muy curioso que haya más poetas, siendo que el público lector de poesía siempre ha sido más restringido aquí y muchas partes del mundo.

Josué Andrés Moz: A mí también me lo parece…

Carlos Altazor: Ya para terminar, me gustaría que recomendaras, o enlistaras, 10 libros de poesía que todo lector de este género debe conocer… Yo incluiría Muerte sin fin, ja, ja, ja.

Josué Andrés Moz: Ja, ja, andás con preguntas difíciles. No reparé demasiado en mi selección porque me comenzaría a atormentar, diré los primeros diez que se me vengan, sin una jerarquía particular:

  1. El guardador de rebaños, de Pessoa.
  2. Poemas humanos, de César Vallejo.
  3. Los estados sobrenaturales, de Alfonso Kijadurías.
  4. Libro del frío, de Antonio Gamoneda.
  5. Los juegos peligrosos, de Olga Orozco.
  6. Tránsito de fuego, de Eunice Odio.
  7. Salamandra, de Octavio Paz.
  8. Taberna y otros lugares, de Roque Dalton.
  9. Night sky whit exit wounds, de Ocean Vuong.
  10. Poeta en Nueva York, de Lorca.

Sabiendo que luego me arrepentiré de haber dejado muchísimos libros fuera, pero así es el juego.