El libro del Carnero de Josué Andrés Moz, poeta salvadoreño, es alucinante. Desde el (CAPÍTULO I) INTRAVENOSA, te arrastra hasta un mundo repentino y enlutado que cruje; a un caos sin redención porque Ya antes del opio mi alma estaba enferma, como consigna en el epígrafe. La parte armoniosa se zambulle en el descenso hacia el vacío antes de que en esta habitación hay un canto siniestro de fármacos y jeringas. La tensión se va acumulando en la lectura de VALIUM, una vivencia primaria anclada en el lenguaje que se disemina por el tejido cutáneo hasta la fosforescencia de un éxtasis atizado por los recuerdos reales como los fantasmas y los graníticos dolores de una voz, de una sombra, de un hueso que hilvana la muerte en el telar del cuerpo.

<Cada esquina de la noche tiene mi cuerpo dibujado;/mi rostro tres disparos, mi costilla seis navajas/y mi tristeza degollada para repartir a los testigos. />

La ciudad es también un paño fúnebre que flota entre el sopor y la desolación, apenas con la luz fantasma de los cuerpos ensangrentados sobre la piedra temblorosa y mortecina. Vértebra para el aullido de la carroña: < […] su primer llanto sepultado bajo su última muerte. […]> Funciona el dispositivo de las variantes de los alucinógenos como fijación ante la incertidumbre de la vida que se adhieren como mediación con disloques lexicales que adviene como una expansión en la lectura: blanca siempre blanca la locura, la sangre ahora blanca, silaba deforme devorada por gusanos, palabras muertas cicatrizadas entre las palabras de los vivos. Y, ahí estamos aceptando la invitación de A este poema (y son todos) se entra con los pies descalzos.

(CAPITULO II) SANGRE. No hay resistencia al devenir del dolor no como escasez de voluntad sino como irreductible sometimiento al destino del poder, al símbolo perverso del reino temporal de lo irreal posible que tiene el designio de generar violencia, vasto imperio de la filial exterminación del hombre. La cruenta afonía que se ritualiza en las piedras vencidas de las calzadas. <El silencio no existe en una ciudad perfumada por la sangre. /Pienso en el hijo que tendré para morir a través de su mano. /en el aroma de alacranes tartamudeando en el plomo, /en la voz del padre de mi padre coagulada sobre mis ojos. />Imágenes que se desplazan como una eclosión de mordazas y silencios en una estirpe que resucita en cada sacrificio como semilla en el hijo y la voz del padre de (su)padre, donde el cuerpo es también calendario de cicatrices.  

< […] Hoy/me veo regresar al vientre de mi madre, /hacia la primera gran herida que escribí con este cuerpo/hacia la primera lágrima que llorarían mis hijos/y aborrecerían calladamente mis nietos.> Ver-se regresar, percibirse a sí mismo, volver al sentido de la existencia en la comunión del vientre materno es un deseo primordial de la narración del amor que se oblitera en el espacio de idolatría del poder que aniquila toda esperanza. Ir hacia lo primigenio, por eso, es ir hacia la primera gran herida, hacia la lágrima de los hijos y hasta el desasimiento callado de los nietos.

El texto, LAMENTO DEL CARNERO, desnuda la sombra de la angustia, discierne la paradoja de la existencia, despoja de cualquier accesorio la verdad sagrada de su desciframiento: dolor, sangre, fracaso, llanto, terror, soledad y retorno a los cuévanos de la niebla y de los espejos. Hay una obsesión en afirmar la condición humana a pesar de la mueca del terror que calcina, en clara referencia a la matriz nutricia. < […] Madre, ¿me escuchas? Estoy escribiendo sobre una lápida que lleva el nombre de tus hijos y de los nietos que no llegaste a conocer/ […] Desde aquí te escribo, madre, desde tu vientre y mi renuncia/ […] Estoy solo desde antes que te fueras/ […]> Encuentro una explosión de ternura, una conciencia pura y desgarrada que se rebela a la no-existencia, a la desaparición, al enigma de los fantasmas, se enciende la primacía de la voz poética en una angustia afectiva auténtica que en su soledad triza la granítica planicie del mármol con la gravidez de los nombres que se agitaron alguna vez en el hogar y ahora fecunda la memoria. Sangre que desde la bruma muerde los cristales y disuelve el plomo.

CAPITULO III. AQUELLA MEMORIA. Es génesis y vestigio de un desgarramiento que va horadando en la raíz y en el nombre de una patria. Una historia que se encarna en el desmembramiento de la razón contaminada por una violencia Ad infinitun, de un poder que sacraliza su presencia, su espíritu manipulador en el rito del terror y la sangre. En el contexto histórico real, por eso 1932 no es una fecha de ficción, hay una transferencia de proximidad en la voz poética, un signo que se ubica en el inicio de un desplazamiento de la historia que solo puede ser comprendida en la enunciación desde el tentáculo terrenal del pavor como experiencia testimonial. En MANICOMIO: MONÓLOGO ACERCA DE LA MEMORIA:

< Afirmo:

   toda mi rabia es péndulo,

   todo mi cuerpo repetición,

   todo mi país, toda la historia.

Aquella bala del 1932

tiene lugar en el pecho compartido de mis hijos.>

Un Estado que materializa la guerra sin la contraparte de un enemigo esencial. Sin un antagonista es para decirlo como el poeta una aguja sedienta de sangre. Devasta al pueblo y acalla la voz profética (Asesinato de 6 jesuitas como Ignacio Elacuria y del Arzobispo de El Salvador (Arnulfo) San Romero de América) porque descose la necesidad de su corporeidad y su entelequia. La represión tiene su narración de trueno y una respuesta lírica sostenida como un manantial, afilada como el latido de la carne:

<Escucho la bota contra los dientes,

el beso metálico del rifle contra el cráneo,

una lanza umbilical atravesando el costado,

un helicóptero desordenando los nombres repartidos en la

 hierba,

una granada rompiendo las ventanas.

Nacimos para desparecer.>

Las imágenes no son elusivas ni trazos de un masoquismo errante, tienen ritmo, musicalidad, sintagmas embellecidos por la ternura y el dolor, impecables círculos de cadencia, dominio estremecido de la ironía en una marea desconcertante de un campo de desolación y angustia metafísica:

<Veo a las ratas enamorándose del abismo.

Veo: antiguos-niños-hermosos arrodillados frente a la soga,

…con las sobras de aquella fe que les hicieron masticar.

               [La inocencia no suaviza la caída;

                            nunca la ingenuidad evitó la fractura]

…Los veo venir, caníbales de su tiempo,

los escucho marchar sobre las tumbas,

hacer rondas de orgullo sobre carne soterrada;

los escucho espantar las moscas

los escucho convertirse en las moscas.

[Hace tantos años que el terror también tuvo la forma del milagro]>

En MISTER COP, la ironía zumba los oídos y perfora la mirada, cumple la función interrogadora de la justicia, es el desafío a la ubicuidad de la muerte en las vertientes cotidianas de la represión.

<No necesito calzar su uniforme para hablar de la muerte

ni conocer el oscuro abecedario que le besa los dientes,

                                                                                /señor policía.>

(CAPÍTULO IV)

Se dice de la carne. El amor a pesar de ser encuentro <: […] Digo tu nombre como decir el agua, /tibio rastro de espuma a las orillas de mi voz. / […]>.

Continúa con la mediación de las tensiones, con el espacio vacío en donde se agota el aliento y los sueños son pesadillas.

< […] Un temblor recorre los huesos, /un canto violeta que atraviesa los párpados. Veo mi rostro y apenas identifico mi aliento. / […]Tengo frío, y no hay abrazo para mi rabia. /> Son espejos que se mueven, encuentros sin identificación, borrosas convergencias de voces en la inercia solar de la sombra, en la que el eslabón del dolor sigue con su irracional entraña primando sobre el sentir, la vivencia en la que en algún momento hay hasta un Dios como antagonista con el que hay que combatir.

El CAPITULO V, la escritura sigue meditada y desolada con la fecunda nervadura de una refrescante vanguardia, ensimismado en las más claras y profundas vertientes de la poesía contemporánea. De manos encrespadas de fuegos y sudores en una apocalíptica paradoja que busca en el abismo la incandescente armonía de la vida.

Con Josué Andrés, el extraordinario poeta ecuatoriano Alfredo Gangotena, anticipa la siega de este intenso relato histórico en el mismo hilo de significación ontológica y   < […]“Donde el árbol deja sus hijos nómades,/”Como lo hacemos con nuestra palabra/ “Sobre tus palmas próximas, camarada”.>